El castillo del Reino de la Luz estaba más silencioso de lo habitual. Las velas en los pasillos ardían con una luz tenue, proyectando sombras alargadas sobre los muros de piedra pulida que parecían guardar secretos milenarios y la brisa se colaba a través de las grandes ventanas.
En lo profundo del palacio, tras imponentes puertas de roble macizo, un grupo de soldados se reunía en una sala de estrategia, una de las cámaras más privadas y recónditas del castillo. La Reina Altheria los había convocado.
La sala estaba sumida en la penumbra, con una atmósfera tan densa que parecía casi palpable. Los ventanales se mantenían cerrados, como si el mismo palacio quisiera mantener todos sus secretos dentro, por lo que las únicas luces provenían de velas dispuestas en la mesa de mapas, sobre la cual se extendían pergaminos repletos de rutas estratégicas y fronteras trazadas con tinta escarlata. El aire olía a pergamino quemado, a cera derretida y al metal frío de las armaduras de los oficiales reunidos. Aerion, erguido en la cabecera de la mesa, apoyaba sus manos sobre el borde de la madera, mientras el silencio reinaba. Al otro extremo, la Reina se encontraba con su manto elegante y una expresión enigmática, capaz de someter a cualquiera sin necesidad de palabras.
Finalmente, ella rompió el silencio con una voz que no denotaba duelo, sino un cálculo frío y preciso.
—Con la muerte del Rey del Reino de las Sombras, la guerra se ha detenido momentáneamente.
Sus palabras flotaron en el ambiente, mientras la llama de una vela chisporroteaba, como si intensificara la tensión del instante.
—El acuerdo nos obliga a esperar seis días hasta la coronación del próximo monarca antes de tomar cualquier acción ofensiva —continuó, y sus ojos se posaron sobre Aerion.
—Pero eso no significa que debamos bajar la guardia —añadió con severidad.
Los soldados intercambiaron miradas cargadas de complicidad y temor. Nadie podía negar lo que la Reina insinuaba: la inacción no era opción, y aunque no podía atacar, debían mantenerse alertas.
—Nuestras fuerzas serán enviadas a patrullar las fronteras —ordenó Altheria— para evitar que el Reino de las Sombras recupere fuerza en este período de pausa.
Con voz decidida, sus palabras se dirigieron a Aerion.
—Tú liderarás las patrullas.
En ese instante, Aerion sintió cómo se agolpaban recuerdos dolorosos. Su mandíbula se tensó, y aunque sabía que no podía negarse a cumplir su deber, el mayor tormento era el temor de encontrarse, de ver a Lyra... pero del otro lado.
Más tarde, en la soledad de sus aposentos, Aerion se sentó frente a una pequeña mesa de madera. Una única vela parpadeaba, proyectando sombras irregulares sobre los muros de piedra blanca. Su mente se inundó de recuerdos: la imagen de Lyra, la traición, el dolor insoportable, el vacío que dejó la partida de alguien que lo había abandonado.
Cerró los ojos y apoyó los codos sobre la mesa, entrelazando los dedos con fuerza, intentando ahogar en silencio el recuerdo de aquella despedida. La traición lo carcomía; Podía aceptar que Lyra se marchara, pero no podía comprender cómo alguien tan importante para él se hubiera alejado sin más con el príncipe del Reino de las Sombras, el enemigo del reino.
Con la rabia ardiendo en su interior, Aerion se apoyó en el respaldo de su silla con la mente inundada de preguntas. ¿Cómo pudo hacerlo? ¿Por qué lo abandonó sin decir nada? La confusión se mezclaba con el dolor, creando un nudo difícil de desatar en su pecho.
Cuando el sol se encontraba en su punto más alto, los grandes ventanales seguían cerrados con cortinas imponentes de las cuales la luz entraba a tirones proyectándose en finas líneas sobre las columnas de mármol en los pasillos, siguiendo las figuras que se atrevían a cruzarlos, Aerion se dirigió hacia los establos para prepararse para la patrulla fronteriza. Fue entonces cuando Tharen y Calen lo interceptaron. Los tres se detuvieron en un corredor donde la luz se reflejaba con mayor intensidad en las superficies de mármol.
—Aerion —dijo Tharen con voz firme— necesitamos hablar.
El joven capitán cruzó los brazos, su expresión se tornó fría.
—¿Sobre qué?
Calen dio un paso adelante, bajando la voz.
—Sobre Lyra.
Aerion se tensó y replicó.
—No hay nada que hablar.
Frustrado, Tharen exhaló.
—No podemos ignorar la posibilidad de que la Reina nos haya mentido.
Con la mandíbula apretada, Aerion replicó.
—¿Y qué sugieres? ¿Que ella no traicionó a su reino? ¿Que no huyó con el príncipe por voluntad propia?
Calen, sin apartar la mirada, murmuró.
—Solo queremos respuestas.
Aerion dio un paso adelante, proyectando su sombra sobre ellos mientras hablaba con voz baja, pero afilada.
—Las respuestas ya las tenemos. Ella eligió su destino. Y ahora, es nuestro deber traerla de vuelta a órdenes de la Reina.
Tharen frunció el ceño, retando suavemente.
—Nuestro deber... o tu venganza?
Por un momento, el aire se volvió frío y nadie se movió. Finalmente, Aerion esbozó una sonrisa, pero la frialdad en su expresión publicitaria.
—Cuidado con lo que insinúas.
Tharen retrocedió, no por miedo, sino porque se percató de que algo en Aerion se estaba quebrando, de que la carga de la pérdida y la traición lo estaban transformando.
Desde su balcón, la Reina Altheria observaba la ciudad con mirada calculadora. Sus ojos oscuros se posaron en los establos, donde Aerion entraba sin mirar atrás, absorto en sus pensamientos. Una sonrisa lenta y satisfecha se dibujó en su rostro, y en su mente todo encajaba según el plan trazado. Poco a poco, la ira se consumiría en él, y su único propósito sería encontrar a Lyra. Cuando ese momento llegara, la Reina sabía que él mismo la entregaría en sus manos, completando así un juego de piezas cuidadosamente orquestado.
El aire era espeso y frío, impregnado del olor penetrante de la tierra húmeda y el crujir de hojas secas arrastradas por el viento. Las fronteras del Reino de la Luz siempre habían sido un lugar desolado, un límite casi místico donde la civilización se desvanecía y el abismo de lo desconocido comenzaba a abrirse. Bajo ese cielo sombrío, Aerion cabalgaba al frente del escuadrón, su rostro impenetrable reflejando la determinación de un líder que ya no reconocía al hombre que fue.