La brisa nocturna serpenteaba a través de los pasillos del castillo del Reino de las Sombras, agitando los tapices con el emblema real, Kael caminaba con pasos firmes por los corredores con expresión severa y sus pensamientos envueltos en una maraña de decisiones urgentes. No había tiempo para afrontar el duelo que luchaba por desbordarse de su interior tras la muerte de su padre.
El funeral de su padre era inminente, y con él, el peso de la corona recaería sobre sus hombros. Pero ahora, sabía que el destino de su pueblo dependía de algo mucho más grande que un simple trono.
Iba a su lado, sin apartar mi mirada de él. Había visto lo que mi poder podía hacer y lo que podía significar. El Reino de las Sombras ya no estaba solo en esta batalla.
—Necesitamos comenzar los preparativos —Kael rompió el silencio.
Su voz era grave, cargada de determinación.
—No podemos perder el tiempo. Debemos reforzar las fronteras, organizar a los soldados y asegurarnos de que el Reino de la Luz no se atreva a romper el acuerdo.
Asentí lentamente, cruzando los brazos.
—Los sobrevivientes que los guardianes están reuniendo... ellos pueden ayudarnos.
Kael se detuvo en seco y me miró. Di un paso adelante.
—La Reina nos ha hecho creer que estamos solos. Que ella lo controla todo.
Tomé aire, sintiendo el fuego de mis propias palabras avivarse en mi pecho.
—Pero no es cierto. El Reino de las Sombras aún tiene aliados. Solo tenemos que encontrarlos... y hacer que recuerden.
Kael cerró los ojos por un momento. Recordó los días en que su padre hablaba de los clanes que alguna vez apoyaron al reino. Clanes que, con el tiempo, se perdieron en el olvido, se fragmentaron o fueron exiliados.
Si aún quedaba esperanza de recuperar la gloria de su pueblo... era ahora. Abrió los ojos y asintió.
—Entonces los encontraremos.
El salón de guerra del castillo era un lugar frío, construido en piedra oscura y adornado con estandartes desgastados por los años. Las antorchas parpadeaban, proyectando sombras irregulares sobre la mesa de madera donde un mapa detallado del reino estaba extendido. Kael se encontraba de pie al centro, con Caldor a su lado y un grupo de generales observando en silencio. También me encontraba ahí, en segundo plano con el ceño fruncido y las manos cruzadas, observando la escena con atención sin interrumpir.
—El Rey ha muerto.
La voz de Kael fue clara y autoritaria. El murmullo de los generales fue breve, pero en sus rostros se reflejaba algo más que dolor. Había miedo. Porque con la muerte del rey, las tierras del Reino de las Sombras estaban más vulnerables que nunca.
Kael apoyó ambas manos sobre la mesa y continuó.
—El acuerdo nos da seis días antes de que el Reino de la Luz pueda moverse. Pero sabemos que la Reina no esperará tanto para hacer su próximo movimiento.
Caldor asintió con gravedad.
—Hemos recibido reportes de movimientos inusuales en la frontera. Parece que han comenzado a patrullar nuestras tierras.
Kael mantuvo la mirada fija en el mapa.
—Sabía que lo harían.
Observé cómo sus puños se cerraban sobre la madera, no era solo enojo, era presión. El peso de su reino. De su gente. Me acerqué un poco más y, con voz firme, hablé sin poder contenerme más.
—No podemos sólo esperar.
Todos se giraron hacia mí. Pero no dudé, aunque las miradas filosas de los presentes me escrutaran hasta el más mínimo detalle.
—Tenemos que hacer lo mismo. Debemos asegurarnos de que la Reina no nos corte el paso antes de que estemos listos.
Kael se giró hacia mí y asintió.
—Caldor, manda exploradores a nuestras fronteras. No quiero sorpresas.
El viejo guerrero inclinó la cabeza.
—Se hará de inmediato.
Uno de los generales cruzó los brazos, su expresión endurecida.
—¿Y qué pasa con los aliados? No podemos enfrentar una guerra solos.
Kael respiró hondo.
—Iremos a las Profundidades del Ocaso en cuanto antes a formar alianzas, es la única manera.
Los oficiales asintieron silenciosamente ante la decisión del heredero, Kael, con la mirada fija en los rostros de los comandantes reunidos alrededor de la gran mesa de piedra, ajustó su postura y colocó ambas manos sobre la superficie áspera.
—Terminamos por hoy, cada uno de ustedes conoce su tarea —declaró con voz firme y resonante— las patrullas deben reforzarse en nuestras fronteras. Cualquier anomalía, cualquier movimiento del Reino de la Luz, deberá ser informado de inmediato.
Los comandantes asintieron en silencio; algunos golpearon el pecho en señal de respeto antes de retirarse, dejando a Kael solo con el peso ineludible de su deber. Observó cómo el último de ellos abandonaba la sala, dejó escapar un suspiro cansado y profundo, en respuesta al peso del reino que ya recaía sobre él.
Las antorchas parpadeaban con una luz vacilante, proyectando largas sombras sobre los muros oscuros de piedra y llenando el aire con el aroma a cera derretida, pergaminos viejos y madera quemada. El ambiente estaba cargado de tensión y una incertidumbre que solo un liderazgo firme podía disipar.
Fue entonces cuando mi voz interrumpió sus pensamientos.
—¿Qué son de Las Profundidades del Ocaso? —pregunté curiosa.
Kael me miró, prestandome su atención y con voz pausada explicó.
—Las Profundidades del Ocaso son un mercado clandestino, oculto en antiguas catacumbas en los límites entre el Reino de la Luz y el Reino de las Sombras. Es un refugio de exiliados, mercenarios, traidores y comerciantes que operan al margen de las leyes de ambos reinos. Es un lugar peligroso, pero también donde se pueden formar alianzas valiosas.
—Iremos terminando la cremación del Rey, es el único lugar donde encontraremos aliados fuertes y personas dispuestas a ayudar.
Asentí aún con un millón de dudas sobre el nuevo destino, en la academia no había mapas que fueran más allá del Reino de la Luz y las fronteras con el Reino de las Sombras, pero percibí que no era el mejor momento para abrumar al príncipe con tales dudas.