Lágrima del Alba

CAPÍTULO 35

El día de la boda había transcurrido tan fugazmente como había comenzado. En el gran salón del castillo, la celebración seguía en pleno apogeo. Los soldados y cortesanos, embriagados por el vino y envueltos en risas, aprovechaban cada instante de esa tregua efímera para entregarse a la celebración, mientras las melodías de la música se mezclaban con el tintinear de las copas. Sin embargo, en medio de aquella algarabía, un silencio casi imperceptible se extendía por los pasillos, un silencio cargado de algo más que calma: era la expectación del destino, la promesa de que lo que se vivía en esa celebración era solo la superficie de un mar de emociones y compromisos ineludibles.

Cuando llegamos a los aposentos de recién casados, el ambiente cambió radicalmente. La habitación, más imponente y espaciosa que cualquier otra en el castillo, se presentaba como un refugio solitario en medio del bullicio. Las antorchas, fijas en las paredes de piedra, lanzaban sombras danzantes que se movían al compás del crepitar de la leña en la chimenea, mientras cada mueble tallado con delicados detalles, parecía contar historias de viejos sacrificios y nuevos comienzos.

En el centro de la estancia, la cama—una colosal pieza cubierta con pieles suaves de texturas contrastantes—recordaba el peso simbólico del matrimonio, una unión que sellaba destinos y entrelazaba vidas para bien o para mal.

Un escalofrío me recorrió, no por temor, sino por la incertidumbre que vibraba en cada rincón. Kael cerró la puerta tras el con una precisión casi ritual, y su rostro, imperturbable a simple vista, ocultaba una tensión sutil en su postura. Este lugar, tan solitario y majestuoso, no era terreno familiar para ninguno de los dos; era el umbral entre lo conocido y lo inevitable. Con pasos cautelosos, me incorporé, sintiendo el suave murmullo de la alfombra gruesa bajo mis pies. Por unos instantes, Kael permaneció inmóvil, como analizando sus propios pensamientos, hasta que, finalmente, rompió el silencio.

—Espera aquí —dijo con voz baja y calmada, dejando claro que sus palabras no admitían discusión.

Levanté la mirada, y en mi interior se debatía una mezcla de alivio y ansiedad.

—Iré por algo de comida y bebida —continuó Kael, dejando entrever preocupación sobre que ninguno de los dos había comido en todo el día.

Sin más, Kael se giró y salió, dejándome sola en aquella habitación que parecía contener tanto misterio como destino. Los minutos de soledad se estiraron, cada segundo resonando en el eco del silencio. Respiraba profundamente, llevándome la mano al pecho para intentar calmar el torrente de emociones que amenazaba con desbordarse. Mi vida había cambiado en cuestión de días, y ahora, al convertirme en la esposa del futuro rey, me enfrentaba a una realidad que no se parecía a nada a la que hubiera imaginado. La unión con Kael, por muy estratégica que fuese, había borrado la línea que nos separaba. Con la mirada fija en mi mano, presté atención al anillo de plata que adornaba mi dedo anular, trabajado con detalles curvos que sugerían movimiento, y en el centro, una esmeralda de tono verde intenso que capturaba la luz del sol que se colaba tímidamente por la ventana.

El sonido de la puerta rompiendo el ensordecedor silencio me sacó de mis pensamientos. Con el corazón acelerado, me incorporé al ver a Kael entrar con una bandeja en las manos. Sobre la bandeja descansaban dos copas, una jarra de plata y varios manjares dispuestos en platos de barro, cuidadosamente preparados. Su rostro, a pesar de mantener una apariencia serena, delataba una incomodidad que pude sentir en el aire.

—Come algo —dijo Kael dejando la bandeja en la mesa de la estancia, en un tono suave que contrastaba con su frialdad habitual, para después despojarse de su pesado abrigo dejándolo sobre el sillón, revelando una camisa oscura de lino que parecía abrazar su figura con sutil elegancia. Sin detener sus movimientos, llenó ambas copas de la jarra, tomé la mía con manos temblorosas pero decididas y tomamos asiento en la pequeña mesa.

Por un momento, Kael esbozó una sonrisa irónica, sus labios se curvaban apenas mientras comentaba.

—No pareces una novia feliz.

Solté una risa breve y seca, replicando con igual ironía.

—Tampoco pareces un esposo emocionado.

El ambiente se volvió denso, cargado de silencios y miradas que decían más que las palabras. Kael apoyó un brazo sobre la mesa, su mirada se posó en los detalles del anillo en mi mano, y sin titubear preguntó.

—¿Te gusta el anillo?

Sorprendida por la genuina curiosidad en su tono, bajé la vista para admirar la esmeralda que brillaba intensamente, como si en ella se encerrara un fragmento del bosque más profundo.

—Es hermoso —murmuré.

Kael asintió con la cabeza, como si la confirmación de ese simple gesto iluminara un recodo de su mente.

—Ha estado en la familia por generaciones, le perteneció a mi madre—dijo, y la revelación cayó en silencio.

Lo miré con asombro, consciente de que ese anillo llevaba consigo no solo un legado familiar, sino un símbolo del compromiso que ambos estábamos forjando. Kael continuó, casi en un susurro.

—Era lo único que tenía digno para darte— dejando en el aire la sensación de que su decisión no era fruto de un sacrificio frío, sino de una aceptación sincera, aunque forzada por las circunstancias.

El silencio se hizo más pesado, y ambos nos sumimos en la dualidad de nuestros sentimientos. Comimos en silencio, con el peso de la realidad y el eco del futuro resonando en nuestros corazones. Fue entonces cuando, sin previo aviso, el ambiente se volvió más íntimo, el murmullo distante de la fiesta parecía desvanecerse, y solo quedamos los dos, solos con dudas y promesas silenciosas.

La conversación continuó mientras las sombras danzaban suavemente en la penumbra del aposento. Sostuve mi copa con ambas manos, dejando que el licor ambarino capturara los últimos destellos de luz que se colaban por la ventana. Con un gesto que revelaba mi nerviosismo, llevé la copa a mis labios y tomé un sorbo del fuerte licor, dejando que el calor se esparciera por mi pecho.




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