El sol comenzó a filtrarse tímidamente por las gruesas cortinas de la habitación, bañando las paredes de piedra con una luz dorada y suave. El fuego en la chimenea aún ardía con pereza, reduciéndose a brasas incandescentes que desprendían un calor tenue.
En la cama, la respiración de los recién casados se mantenía pausada, tranquila, como si, por primera vez en mucho tiempo, la guerra que los esperaba les hubiera concedido un respiro.
Kael fue el primero en despertar. Abrió los ojos lentamente, sintiendo la calidez del colchón a su lado, su primer instinto fue moverse, levantarse y prepararse para el viaje...
Pero algo lo detuvo.
Se giró apenas, y su mirada se posó en la silueta dormida de Lyra. Ella aún no había despertado. Su cuerpo estaba girado hacia él, con su cabello dorado desordenado sobre la almohada, enmarcando su rostro con mechones rebeldes. Su respiración era tranquila, sus pestañas largas descansaban sobre su piel pálida.
Kael se quedó admirando en silencio. Era la primera vez que la veía sin la carga de la preocupación en su rostro. Sin la tensión de la responsabilidad. Solo ella. Suave. Serena. Hermosa.
Algo se removió en su interior y antes de poder detenerse, sus ojos recorrieron los detalles de su rostro con un detenimiento inquietante. Sus labios entreabiertos. Las pecas apenas visibles en sus mejillas. La manera en que su respiración se alzaba y descendía en una cadencia perfecta.
Kael tardó más de lo necesario en apartar la vista. Porque en ese instante, por un breve momento, se permitió olvidar todo. La guerra, el deber, el reino y solo verla a ella.
Pero entonces, comencé a moverme. Mi respiración se tornó más profunda, mis pestañas vibraron con el primer vestigio de conciencia. Y antes de que pudiera abrir los ojos por completo, Kael ya había recuperado su postura habitual.
Cuando mis ojos verdes se encontraron con los suyos, Kael esbozó una leve sonrisa.
—Buenos días.
Su voz fue baja, más suave de lo habitual.
—¿Dormiste bien?
Parpadeé un par de veces, confundida por el tono con el que habló. La imagen del príncipe con el cabello ligeramente revuelto, con su mirada aún cargada de la calidez del sueño, me tomó por sorpresa.
Era... diferente. Tan diferente que me costó responder de inmediato.
Finalmente, asentí.
—Sí... dormí bien.
Mi voz sonó más baja de lo que esperaba. Kael observó mi reacción por un momento más, pero no dijo nada. Se movió con la elegancia de siempre, levantándose de la cama con la facilidad de un guerrero acostumbrado a madrugar.
Mientras me obligaba a recuperar la compostura, Kael ya estaba vistiéndose. Se colocó una camisa de lino, ajustando el chaleco de piel sobre ella, seguido de sus muñequeras y demás artículos para soportar el frío que los esperaba en el exterior. Todo con la misma precisión calculada de siempre. Como si la intimidad de la mañana nunca hubiera ocurrido.
Pero yo aún la sentía. Aún sentía su mirada en la piel, la sensación de despertar junto a él, la realidad de un nuevo vínculo y esa sensación se quedó incluso cuando él habló.
—Llamaré a Imelda para que te ayude a vestirte.
Kael se giró hacia la puerta, sin mirarme directamente.
—Partiremos en cuanto estés lista.
Y sin esperar una respuesta, salió de la habitación. Me quedé en la cama en silencio. Confundida. Porque aunque todo había sido simple, práctico, sin ninguna insinuación más allá de lo necesario...
Había algo en la manera en que Kael me había mirado antes de salir, algo cálido, algo tier— no. Sacudí la cabeza, llevándome las manos al rostro, no podía pensar en eso. No ahora. Me levanté y comencé a prepararme, forzándome a concentrarme en lo que realmente importaba: la misión, el viaje, las Profundidades del Ocaso. Pero incluso cuando bajé del castillo ya lista, con mis prendas de viaje y mis pertenencias, la sensación de esa mirada seguía latente en mi piel.
El manto del segundo día de luto cubría la fortaleza con una solemnidad que se sentía en el ambiente. Pero para nosotros, el luto era una oportunidad, una oportunidad para movernos, para preparar la guerra y encontrar aliados.
Me ajusté el abrigo de lana sobre los hombros y avancé hacia el patio principal, donde Kael ya esperaba. Él estaba de pie, dando órdenes a los soldados con su voz firme y autoritaria. Incluso en medio de la calma, su presencia dominaba el espacio. Lo observé en silencio por un momento. No importaba cuántas veces lo viera, siempre imponía. Cuando terminó de dar instrucciones, sus ojos se encontraron con los míos.
Por un instante, algo cruzó mi mirada. Algo parecido a lo que había visto en la habitación. Pero duró solo un segundo. Kael se acercó con pasos firmes, su capa ondeando levemente con el viento frío.
—Tenemos todo listo.
Asentí, ajustando las correas de mi bolsa de viaje.
El príncipe me estudió con detenimiento. Como siempre lo hacía.
—¿Lista para viajar con tu esposo?
Parpadeé por la elección de palabras. Kael lo había dicho con un tono ligeramente burlón, pero había algo más en su mirada. Algo más profundo.
—¿Y tú? —repliqué con un pequeño desafío en la voz.
Kael curvó los labios con una leve sonrisa.
—Veremos si sobrevives.
Era un juego de palabras, pero ambos sabíamos que el peligro en Las Profundidades del Ocaso era real. El viento helado soplaba con fuerza contra las capas, arrastrando el polvo del sendero que se abría entre imponentes montañas. El sol apenas se terminaba de levantar tras densas nubes, dejando caer un resplandor tenue sobre la tierra oscura, como si la luz misma se estuviera resignando a un amanecer perpetuo. El trayecto era largo y solitario; en la distancia, apenas se distinguían algunas caravanas mercantes, siluetas errantes en un mar de penumbra. Pero el verdadero peligro no residía en los caminos empedrados ni en el clima despiadado, sino en lo que acechaba al final de la ruta: Las Profundidades del Ocaso.