La luz del amanecer se filtraba con suavidad por la pequeña ventana, dibujando finas líneas doradas sobre las paredes de piedra. El aire llevaba consigo un aroma a cítricos y humedad, matizado por el leve rastro de madera quemada.
Kael abrió los ojos lentamente, sintiendo que había dormido más de lo habitual, algo inusual en él. Por un breve momento, su mente vaciló, buscando recordar dónde estaba. Pero al girar la cabeza, notó que ya no me encontraba a su lado. Su cuerpo reaccionó de inmediato, incorporándose con rapidez. Con la mirada vagando por la estancia, Kael distinguió el aroma cítrico y el eco del goteo lejano en el baño, mientras la puerta se abría de par en par. Una nube de vapor caliente emergió, difuminando mi silueta, aparecí envuelta en mi ropa de viaje; mi cabello aún húmedo caía en rizos desordenados sobre mis hombros. Kael no apartó la mirada, me observaba con un semblante relajado, pero en sus ojos se asomaba algo más. Me acerqué lentamente, secando las últimas gotas de agua de mis mechones, y con una leve sonrisa, disfrutando de haber despertado antes que él.
— ¿Dormiste bien?
Kael curvó los labios con una sonrisa discreta y respondió.
—Ya es algo tarde. Debemos apresurarnos.
Su voz, aunque suave, cargaba el peso de la realidad. Entre miradas cómplices, ambos compartimos una paz efímera, aunque la tensión del pasado aún se inscribía en el silencio.
Tras recoger nuestras pertenencias, salimos de la posada. Kael devolvió las llaves y colocó dos relucientes monedas de oro sobre el mostrador. La posadera, con una mirada curiosa y un asentimiento silencioso, tomó las monedas sin cuestionar nada.
Al llegar a los establos, comenzamos a acomodar nuestras pertenencias en los caballos. Kael ajustó las riendas con la destreza de quien ha recorrido muchos caminos, sin levantar la vista. Me detuve brevemente al ver la pequeña bolsa con dulces exóticos, los que Kael me había comprado la primera noche en el mercado. Tomé la última pieza y me acerqué a él.
Kael, notando mi presencia, giró ligeramente la cabeza. Con un gesto lleno de timidez, levanté la mano y le ofrecí un trozo de chocolate. Por un instante, el silencio se alargó, luego, una sonrisa ligera y casi imperceptible se dibujó en el rostro de Kael. Con cuidado, tomó la pieza entre sus dedos y la llevó a sus labios. El amargor inicial se transformó en un dulzor que se desvaneció suavemente en su boca, mientras sus ojos se encontraron con los míos, con algo parecido a agradecimiento.
—Gracias —dijo Kael en voz baja.
Asentí con un gesto silencioso, y sin más palabras, montamos los caballos y partimos de regreso al castillo. El camino de regreso se mostraba plagado de peligros, Las Profundidades del Ocaso se encontraban cerca de la frontera con el Reino de la Luz, y cada sendero y cruce parecía ocultar una amenaza. El bosque que nos rodeaba era imponente: árboles de corteza negra y hojas de un verde tan oscuro que rozaban lo azul, enmarcados por los escasos rayos del sol que apenas penetraban el denso follaje. La amalgama de luces doradas y sombras profundas cubría el camino, mientras los cascos de los caballos resonaban con un eco hueco sobre la tierra húmeda. El aire se sentía cargado, como si el bosque contuviera la respiración, y cada paso registraba que la calma era efímera. Kael mantenía la vista al frente, su mano siempre cerca de la empuñadura de su espada, mientras tanto yo, diminuta ante la inmensidad, comprendí que en cuanto llegáramos al castillo, la realidad de la guerra nos alcanzaría con fuerza.
Porque Kael había logrado lo que necesitaban: alianzas forjadas, armamento reunido y soldados listos para la batalla. Era el tercer día de luto, y el tiempo se agotaba. Presioné los labios, sintiendo la brisa fría golpear mi rostro, y Kael, compartía en silencio el peso de la guerra y del destino. Pero en ese instante, en medio del silencio del bosque, ambos sabíamos con certeza que, pase lo que pase, ya no podríamos retroceder.
El sol alcanzaba su punto más alto, anunciando que el mediodía había pasado, mientras el aire se tornaba fresco, pero cargado de algo más: una tensión palpable, casi como si el destino estuviera a punto de cambiar.
Me había acostumbrado a los riesgos del camino, apreciaba el paisaje con una seguridad que sólo la cercanía de Kael me permitía experimentar. Estar a su lado me otorgaba la libertad de descubrir detalles que de otro modo pasarían desapercibidos. De repente, un destello violeta irrumpió entre la maleza. Mis ojos se iluminaron con asombro.
— Kael... ¡Mira!
Kael se tensó de inmediato, su mano deslizándose instintivamente hacia la empuñadura de su espada.
Pero cuando giró la cabeza, no encontró peligro. Solo mi figura descendiendo rápidamente del caballo. Me acerqué a una enredadera de flores púrpura que se aferraba a la corteza de un árbol antiguo. Sus pétalos brillaban con un leve resplandor plateado, como si atraparan la luz del sol y la reflejaran en diminutas partículas.
— Es una Nocheterna.
Kael confundido y frunciendo las cejas preguntó.
— ¿Una qué?
Emocionada, sin apartar la vista de la planta continué.
— Solo la había visto en libros. Ni siquiera la venden en los mercados.
Mi voz tenía el tono de alguien que había encontrado un tesoro perdido.
Kael no compartía mi entusiasmo. Sus ojos se movían de un lado a otro, analizando cada rincón del bosque.
— Lyra, parar aquí es peligroso. No tardes mucho.
Pero ya había sacado un pañuelo de algodón de mi bolsa de cuero y con manos delicadas envolví la planta, asegurándome de no dañarla.
Kael respiró hondo, sintiendo su paciencia agotarse. Pero antes de que pudiera decir algo más...
Un grito perforó el bosque.
— ¡No por favor! ¡No hemos hecho nada malo!
La voz de una mujer retumbó en el ambiente. Me giré de inmediato, buscando con la mirada el origen del grito. Kael, alertado, tensó su cuerpo, y su mano se posó sobre el mango de su espada. Antes de que pudiera detenerme, monté mi caballo y avancé decidida hacia el origen del grito.