Lágrima del Alba

CAPÍTULO 39

La noche caía lentamente sobre el Reino de la Luz, envolviendo el castillo en una neblina espesa que parecía suspendida en el tiempo. Los pasillos, normalmente bulliciosos, permanecían en un silencio casi religioso, iluminados únicamente por la tenue luz de antorchas que proyectaban sombras temblorosas sobre los muros de mármol pulido. Era una calma engañosa, un preludio a la tormenta que se gestaba en lo más profundo del corazón de la corte. La tensión se podía cortar con cuchillo; en cada rincón se percibía el inminente estallido de la furia contenida.

Afuera, el escuadrón de Aerion regresaba al castillo al caer la noche. Los caballos llegaban cubiertos de polvo, sus crines agitadas por el viento nocturno, y los soldados, con rostros marcados por el cansancio y la batalla, se desmontaban en un mutismo cargado de resignación.

Las cicatrices del enfrentamiento en el bosque aún se dibujaban en sus ropas, pero lo que más pesaba en el ambiente era el nombre que flotaba en el aire como un eco insoportable: Lyra.

Mientras el castillo dormía en una aparente quietud, en una de las habitaciones más alejadas de la torre este, tres figuras intercambiaban miradas tensas y cargadas de inquietud. Elira sostenía entre sus dedos el pergamino con la advertencia de Lyra, y cada palabra se grababa en su mente como un puñal que se hundía sin piedad. Con los labios presionados en una línea dura, susurró con voz afilada:

—No hay duda. La Reina nos ha estado mintiendo.

Calen se pasó una mano por el cabello, suspirando con pesadez, mientras Tharen, con la mandíbula apretada, murmuró.

—Aerion no nos va a escuchar. Enloqueció cuando nos encontramos con Lyra en el bosque.

Elira, cerrando los ojos por un instante, se colocó el brazalete –aquel símbolo entregado a la misteriosa mujer a cambio de caballos– y, con determinación, añadió.

—Tenemos que esperar, a que él mismo vea la verdad.

El silencio se hizo pesado en la habitación, una espera angustiosa donde cada segundo parecía una eternidad, pues sabían que, si no accionaban un tiempo, podría ser demasiado tarde.

En lo más profundo del castillo, detrás de las puertas ornamentadas de la sala del trono, la Reina Altheria escuchaba en silencio. Frente a ella, Aerion se encontraba de pie, su armadura aún cubierta con el polvo del camino, su rostro una máscara de severidad y determinación. Con voz contenida, el soldado había relatado el encuentro con Lyra y Kael, el tenso enfrentamiento en el bosque, y el uso del don de la sanadora. Cada palabra era una brasa que ardía en la mente de la Reina, pero ella se mantuvo impasible, dejando que su rostro reflejara la fría aceptación de una verdad ineludible. Solo cuando Aerion terminó, la Reina entrelazó los dedos y lo miró con la frialdad de una tempestad a punto de estallar.

—Se mantiene fiel al Reino de las Sombras, eso es seguro.

No era una pregunta; era una sentencia. Aerion apretó los puños, y la Reina se levantó con la gracia letal de un depredador. Caminó lentamente hasta situarse frente a él, su vestido blanco ondeando tras ella como un manto celestial que ocultaba algo siniestro. Con voz baja, seductora en su letalidad, le ordenó.

—Quiero que estés listo. Pronto Lyra Auren no tendrá dónde esconderse.

Aerion mantuvo la mirada fija, y tras un tenso silencio, respondió:

—Haré lo que sea necesario.

La sonrisa de Altheria fue de triunfo; en ese momento, había asegurado la última pieza de su juego. Con un guardia que se inclinó y una figura encapuchada que dio un paso adelante, la Reina interrogó.

—Habla.

La voz de la figura, afilada como una daga, anunció.

—El reino de las sombras está reuniendo fuerzas. Han llegado refuerzos: soldados exiliados, mercenarios. Las aldeas están siendo aseguradas, y los cultivos fortalecidos.

La Reina se mantuvo inmutable, aunque su mandíbula se tensó al oír que su ejército crecía. Con un gesto frío, dijo.

—Deben creer que tienen tiempo.

Aerion inhaló profundamente, sus dedos temblando de ira contenida, y preguntó.

—¿Cuáles son sus órdenes, mi reina?

Con voz que se deslizó como veneno, la Reina se giró lentamente, su vestido blanco contrastando con la oscuridad que la rodeaba.

—El reino de las sombras se fortalece, pero aún les faltan recursos. Debemos recuperar a la chica antes de que ella se los proporcione.

Aerion contuvo la respiración y, sin vacilar, replicó.

—La traeremos de vuelta.

No fue una sugerencia, sino una orden, un juramento de guerra que sellaba el destino de ambos reinos.

En el claro, el estruendo de la batalla ya se había asentado en la penumbra del bosque. La tensión y el dolor se mezclaban en cada palabra. Las órdenes de la Reina resonaban en el aire, mientras Aerion, marcado por traiciones y heridas invisibles, se convertía en el instrumento de una venganza que amenazaba con desatar la guerra.

El eco de los soldados, el clamor de la batalla y las miradas llenas de furia se fundían en un instante decisivo, en el que cada hombre debía elegir entre la lealtad y la traición. En ese cruce de caminos, la ira, el dolor y la esperanza se mezclaban, dejando claro que, una vez que se cruzara el umbral, no habría vuelta atrás.




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