Lágrima del Alba

CAPÍTULO 40

El frío me despertó antes del alba. Afuera, los tejados aún estaban cubiertos de sombras, y solo una franja pálida en el horizonte anunciaba que el día se acercaba. Me senté con lentitud, envuelta en la manta, mientras el fuego en la chimenea crepitaba bajo, como si también estuviera a punto de quedarse dormido.

Kael estaba ya de pie, abrochando su armadura de cuero con movimientos automáticos, sin prisa pero con esa precisión suya que parecía formar parte de su respiración. Se volvió al sentir que lo observaba. Sus ojos recorrieron mi rostro, como si verificara en silencio que yo seguía ahí.

—Imelda aún no ha subido —murmuré, echando una mirada al vestidor—¿Qué hora es?

—Tarde para lo que necesitamos —respondió, acercándose— el sol aún no ha salido, pero ya hay movimiento en los establos. No podemos esperar.

Fui hasta el biombo, recogí el vestido de viaje que Imelda había dejado preparado: de lana gruesa, azul profundo, con detalles bordados en hilos de plata en las mangas y la falda. Un cinturón trenzado de cuero descansaba sobre la mesa. Sabía qué partes podía ponerme sola... y cuáles no.

Lo miré de reojo. Él lo entendió sin que yo tuviera que decir nada.

—Ven —dijo, ya junto a mí— déjame ayudarte.

Le entregué el vestido en silencio y me giré, de espaldas a él, con el camisón aún sobre la piel. Sentí cómo deslizaba la tela con cuidado por mis brazos, cómo ajustaba los hombros, cómo alisaba las arrugas sin tocar más de lo necesario. Pero su cercanía era suficiente para encender algo que aún no sabía cómo controlar.

—Levanta los brazos —dijo suavemente.

Obedecí. Sentí sus manos ajustando los cordones del corsé con precisión, sus dedos rozando la base de mi espalda. Su respiración era medida. La mía, no tanto.

—No pensé que supieras vestir mujeres —dije, intentando distraerme.

—Tampoco pensé que tendría que hacerlo —respondió— pero me sorprendo cada día contigo.

No supe si lo dijo con ironía o afecto. Tal vez con ambos.

Cuando terminó, colocó con cuidado el cinturón en su sitio, sus manos apoyadas brevemente en mis caderas antes de soltarme. Me giré hacia él, ya vestida, y nuestras miradas se encontraron en el silencio de esa madrugada que parecía pertenecernos solo a nosotros.

—Lista, te espero con los caballos no tardes.

Kael salió de la habitación y solté él aire que no sabía que estaba conteniendo. Me hice la trenza de siempre y bajé de prisa a los establos para encontrarme con Kael y los soldados que nos acompañarían. Salimos del castillo montando a paso firme, la comitiva reducida pero bien armada. Las hojas de los árboles aún dormían bajo una bruma tenue, y el sonido de los cascos sobre la piedra marcaba el ritmo de la marcha. Nadie hablaba mucho. Había algo solemne en esa salida, como si el aire mismo supiera que cada día nos acercábamos más al borde de la guerra.

La Fortaleza Militar apareció tras una curva en el sendero: maciza, negra, coronada de estandartes oscuros que flameaban con lentitud. Un guardia hizo sonar el cuerno de aviso cuando nos reconoció, y las puertas se abrieron con un chirrido que hizo eco en las montañas.

Caldor ya esperaba dentro, como una estatua de piedra. Inclinó brevemente la cabeza ante Kael, luego se giró para mostrar los carros que descargaban las nuevas armas: espadas, lanzas, escudos, dagas ceremoniales. Detrás, un grupo de nuevos reclutas descendía de las monturas, algunos con la mirada fija, otros temblando apenas. Cada uno llevaba en el pecho el emblema de su casa... o la ausencia de uno.

—Dividelos por dones —ordenó Kael a Caldor— quiero rastreadores con visión nocturna al frente, y cualquier conjurador cerca de la armería. Si hay alguien con afinidad con el fuego, lo necesito en los hornos antes del mediodía. Y quiero ver cómo pelean antes de que caiga el sol.

—¿Ofensivos o defensivos? —preguntó Caldor.

—Ambos —respondió Kael.

Mientras él organizaba a los suyos, yo me dirigí al pequeño puesto médico de la fortaleza, donde un par de soldados heridos con cortes leves y quemaduras esperaban vendajes.

—Señorita, hay algunos hombres heridos—dijo un hombre joven de ropas blancas acercándose a mi.

Asentí y con movimientos precisos, abrí mi bolso de hierbas, preparando un ungüento mientras mis dedos trabajaban con la misma delicadeza con la que una hoja se desliza en el viento, rápidamente les instruí como curarse con los ungüentos y tónicos que se les proporcionaríamos. Y entonces, cerré los ojos, sentí la energía alrededor de mí. El aire, la tierra, la fortaleza misma. Y cuando posé mis manos sobre el primer soldado, apareció el resplandor dorado. Las heridas comenzaron a cerrarse, la piel regenerándose con suavidad mientras la energía se movía entre ellos.

El soldado me miró con asombro, sus manos tocando la herida que ya no estaba.

—Por los dioses...

Sonreí levemente.

— Solo cuídese más la próxima vez.

Uno de los jóvenes me tomó la muñeca antes de que terminara.

—¿Eres la esposa del príncipe? —preguntó, con algo entre miedo y reverencia.

—Soy Lyra —le respondí— y ahora mismo, solo estoy aquí para ayudarte.

Kael me observaba desde el otro extremo del patio, donde la fila de nuevos hombres se había alineado para una prueba de fuerza. Lo vi girarse un instante hacia mí, como si se asegurara de que aún estaba allí, como si el caos no fuera suficiente para arrancarme del todo de su lado.

Terminé de vendar al último soldado justo cuando escuché el eco de gritos y espadas entrechocando al otro lado del patio. Me limpié las manos con un paño y me levanté, con el pulso aún tranquilo, aunque algo en el aire vibraba con una energía distinta. Caminé entre los pasillos de piedra hasta salir al campo de entrenamiento, donde Kael se encontraba de pie sobre una plataforma de madera, observando en silencio con los brazos cruzados.

Lo reconocí incluso desde la distancia. Alto, firme, con la mirada fija y sin pestañear. Me acerqué sin decir palabra, no me miró, pero su voz se alzó lo suficiente para que solo yo la oyera.




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