No supe en qué momento subí al caballo, ni cuánto tiempo llevábamos cabalgando. El mundo era una bruma espesa de recuerdos confusos, sombras fugaces y el dolor ardiente en mi pecho, como si parte de mi energía aún se escurriera con cada latido.
El vaivén del corcel bajo nosotros marcaba un ritmo hipnótico, y mi cuerpo, agotado, se rindió sin resistencia. Me recargué sobre el pecho de Kael, sin fuerza, sin palabras. Él no dijo nada. Solo afianzó un brazo alrededor de mi cintura y, con la otra mano, desplegó su capa oscura sobre mí. Lo había hecho antes, en noches frías, bajo cielos abiertos... pero esa vez fue distinto. Más lento. Más humano.
Su calor me envolvía como una promesa silenciosa en medio del frío hostil del Reino de las Sombras. Mis ojos pesaban como plomo.
Kael me sostenía con la firmeza con la que empuña una espada, como si pudiera evitar que algo —o alguien— me arrebatara de nuevo. El silencio entre nosotros era denso, pero no incómodo. Solo lleno de lo que aún no podíamos decir.
Cuando el castillo apareció entre la neblina matinal, la luz del amanecer apenas empezaba a deslizarse por el horizonte, temerosa, como si no quisiera iluminar los restos del miedo.
Nos esperaban. La primera figura en recibirnos fue Imelda, la mujer de cabello recogido y ojos que lo veían todo. No preguntó nada. Solo frunció el ceño al ver mi estado.
Kael desmontó primero y me ayudó a bajar con un cuidado inusual en él.
—Llévala a la habitación —ordenó con voz firme— que nadie más la vea. Nadie.
Imelda asintió sin levantar la mirada y me rodeó con su brazo. Antes de entrar, volví el rostro hacia Kael. Mis ojos, aún velados por el cansancio, lo buscaron como si sus pasos fueran lo único que me mantenía a salvo.
—Estaré contigo en unos minutos —dijo, sin dejar de mirar al frente, pero su voz se suavizó como nunca antes.
Asentí y entré al castillo con Imelda.
Kael se quedó inmóvil unos segundos, mirando cómo la mi silueta desaparecía tras las puertas. Luego se giró, y su rostro fue otro: acero templado.
—¡Tú! —llamó a uno de los centinelas cercanos— reúne a los soldados de guardia. Y tráeme a Kaedan. Ahora.
El soldado desapareció sin rechistar. Minutos después, Kaedan apareció en el patio. Alto, delgado, con su característico andar silencioso y esos ojos oscuros que parecían ver más de lo que decía. Una capa delgada ondeaba detrás de él, aún sin rastros de sueño.
—Príncipe —dijo, cruzándose de brazos.
Kael no perdió tiempo.
—Intentaron secuestrarla.
Kaedan no reaccionó de inmediato, pero algo en su mandíbula se tensó.
—¿A Lyra?
Kael asintió, la voz áspera.
—Necesito que descubras quién fue. Y rápido. Antes de que la guerra empiece.
—¿Tenemos pistas?
Kael dudó un segundo. Una imagen cruzó su mente con la nitidez de una espada al desenvainarse: la Reina Altheria. Su mirada altiva. Su sonrisa envenenada.
Pero no tenía pruebas. Solo presentimientos.
—No aún —respondió— pero ordené que trajeran nuevos reclutas al castillo. Escoge a uno. Úsalo para moverte. Averigua quién dio la orden. Y cómo supieron dónde estaría Lyra.
Kaedan ladeó la cabeza alzando una ceja.
—¿Permisos especiales?
—Todos los que necesites —dijo Kael, bajando la voz— pero que nadie más lo sepa.
Kaedan asintió.
El sonido de pasos firmes sobre la piedra marcó el inicio de la formación. Caldor encabezaba el pequeño grupo a caballo, con su capa oscura ondeando su silueta. Detrás, los cinco reclutas recién llegados trotaban con la espalda recta y los rostros tensos, entre la incertidumbre y el orgullo.
Kael los esperaba ya en el patio, con los brazos cruzados y los ojos fijos en ellos como si pudiera desarmarlos solo con la mirada. A su lado, Kaedan permanecía en silencio, su figura esbelta y su rostro sin expresión alguna.
Caldor se detuvo, desmontó a dos pasos de Kael e hizo una breve reverencia.
—Los mejores cinco, tal como pediste, Kael.
El príncipe asintió sin decir nada. Caminó lentamente frente a la línea de reclutas, observándolos uno por uno. Ninguno desvió la mirada. Ninguno habló.
—Nombre. Don. Habilidad. En ese orden. Breve y claro. Empiecen.
Seren fue la primera en dar un paso al frente.
—Seren. Reflejos amplificados. Ataque rápido, evasión precisa —dio un paso atrás sin perder la postura.
Maiven la siguió con voz grave.
—Maiven. Piel endurecida. Defensa total. No cedo terreno.
Tirian habló sin emoción, casi como una fórmula.
—Tirian. Vista táctica. Detecto puntos de desequilibrio. Lanza corta.
Reth tensó los hombros antes de hablar.
—Reth. Fuerza aumentada. Control en desarrollo. Pelea cuerpo a cuerpo.
Elan fue el último. Su voz era más baja, pero clara.
—Elan. Don de percepción. Memoria visual. Lectura de patrones.
El silencio volvió. Kael los observó como si evaluara piezas de ajedrez. Luego asintió apenas, como si se hubiera confirmado algo que ya sabía.
—El reino está por entrar en guerra. Antes de eso, hay asuntos que resolver... silenciosamente.
Kael dio un paso al lado y miró a Kaedan.
—El comandante Kaedan liderará un dúo de rastreo por las fronteras. Una tarea delicada que requiere de precisión, sigilo y confianza absoluta —se volvió hacia los reclutas— uno de ustedes irá con él.
Kaedan alzó el rostro ante el título. No dijo nada, pero sus labios esbozaron una mueca breve, satisfecha.
—Escoge —ordenó Kael, sin mirarlo.
Kaedan dio un paso al frente y recorrió con la mirada a los cinco. No se detuvo demasiado en nadie. No pidió voluntarios. Solo observó. Calculó.
Finalmente, su dedo se alzó.
—Elan.
Hubo un breve intercambio de miradas entre los otros, especialmente de Seren, que tensó la mandíbula. Pero nadie protestó.
Kael asintió.
—Bien. Elan, prepárate. Parten en este mismo momento.