El cielo del Reino de la Luz aún era negro, pero en el campamento ya nadie dormía.
La línea de escuadrones se extendía más allá de la niebla baja, envuelta en un silencio denso como el hielo. Los estandartes temblaban suavemente al ritmo del viento, apenas visibles bajo la penumbra. A la distancia, el bosque fronterizo del Reino de las Sombras parecía una bestia dormida.
Aerion ajustaba los guantes de cuero negro con movimientos precisos. La armadura que llevaba —ligera, de placas oscuras ceñidas al torso— no brillaba; no era para lucirse, sino para matar sin ser visto. Su rostro estaba limpio, sin marcas, pero sus ojos... esos ya llevaban cicatrices invisibles.
A su lado, Tharen y Calen esperaban en silencio. Ninguno hablaba, pero las miradas bastaban: algo en Aerion era distinto esa mañana. No se trataba solo del rango. Era la forma en que observaba a los soldados formados, como piezas en un tablero. Como si ya supiera cuántos iban a caer.
Aerion se giró hacia ellos.
—Ustedes dos, permanezcan cerca de mí en todo momento. La estrategia no cambiará a último momento. El bosque será un laberinto y no quiero distracciones.
Tharen frunció el ceño, pero no dijo nada. Calen, en cambio, preguntó en voz baja.
—¿Cuál es exactamente la estrategia?
Aerion soltó el aire con calma. Su tono fue claro, sin emoción.
—Atacamos con fuerza media. Lo justo para provocar una reacción. Mandaremos dos batallones. El primero sale en cuanto el sol toque la línea de árboles. Son nuestra carnada. El segundo avanzará horas más tarde, cuando el primero esté debilitado o... eliminado.
Un silencio seco se abrió entre los tres. Calen tragó saliva.
—¿Estás diciendo que el primer batallón es prescindible?
Aerion lo miró sin parpadear.
—Estoy diciendo que si no sabemos qué monstruos se ocultan entre esos árboles, más vale que otros los descubran por nosotros.
Tharen dio un paso al frente, con la mandíbula tensa.
—No son objetos, Aerion. Son hombres. Chicos, muchos de ellos. Algunos entrenaron con nosotros en la academia.
—Y van a morir igual si no encontramos los puntos ciegos del enemigo —replicó Aerion, cortante— prefiero enviar cien ahora que perder quinientos cuando ataquemos sin conocer sus trampas.
Por un momento, nadie habló. Solo el sonido de las botas alineándose, las armaduras cerrándose, y los estandartes levantándose a la espera del alba.
Entonces, sin mirar a sus amigos, Aerion murmuró.
—Es guerra. No un torneo de honor.
Y dio la orden.
—Primer batallón... alisten marcha.
Tharen bajó la mirada escondiendo la mueca de decepción que surcó su rostro. Calen giró la cabeza hacia el horizonte sin poder mirar los rostros de los soldados que muy probablemente no volverían.
Y los primeros cien hombres comenzaron a caminar hacia la oscuridad. Uno a uno. Sin mirar atrás.
El amanecer llegó con una lentitud cruel. El primer batallón ya había desaparecido entre la niebla cuando los primeros rayos cortaron el horizonte como cuchillas apagadas. El bosque del Reino de las Sombras se mantenía inmóvil, como si hubiera devorado a los soldados... sin hacer ruido del lado del Reino de la Luz.
Aerion, Tharen y Calen permanecían de pie sobre la elevación de piedra que hacía de línea de partida. Desde allí, solo podían ver la cortina de árboles cerrándose sobre lo que antes era camino. Nadie regresaba. Ninguna señal. Ningún cuerno. Ningún grito.
Solo ese silencio espeso que huele a muerte antes de que esta se confirme.
Calen tragó saliva por tercera vez. Su mano descansaba en el pomo de su espada, aunque no había ninguna amenaza cerca. Solo tensión. Solo vacío.
—¿Y si los tomaron prisioneros? —aventuró.
Aerion no lo miró.
—No hay prisioneros en la frontera. Solo muertos o testigos.
Tharen no dijo nada. Tenía los labios apretados, las manos cruzadas a la espalda. Sus ojos, sin embargo, no parpadeaban. Esperaban. Contaban los segundos.
El sol alzó su cuerpo completo sobre la línea de árboles.
Aerion bajó el brazo.
—Segundo batallón. Avancen.
Otra columna se puso en marcha. Más numerosa. Más armada. Esta vez no eran carne sin nombre. Eran soldados con rostros, con dones, con experiencia. Gente con la esperanza de venganza ciega entre los dientes. Caminaron marchando hacia el mismo bosque que se había tragado al primero.
Pasaron segundos, minutos, la desesperación empezaba a mostrarse en los rostros de los generales que esperaban en la seguridad de la línea de partida. Los rayos de sol ya atravesaban el bosque con mayor claridad y esta vez se empezaban a ver siluetas aproximándose... soldados regresando. Pero no como habían partido. Uno venía con el brazo colgando. Otro sin casco, los ojos desorbitados, el rostro cubierto de barro seco y sangre ajena. Uno más se arrastraba sin pierna, dejando un rastro oscuro en el suelo. Gritaban nombres. Gritaban oraciones. Gritaban sin saber por qué.
Uno de ellos cayó frente a Aerion, respirando con dificultad.
—Nos... nos estaban esperando —jadeó— no vimos de dónde venían las flechas. Los árboles... los árboles tenían ojos. Las raíces nos atraparon los pies. Y luego...
El soldado dejó de moverse mientras la luz abandonaba su piel.
Otro soldado, más joven, temblaba mientras lo sostenían.
—Ella estaba allí —susurró.
Aerion entrecerró los ojos.
—¿Quién?
—Una mujer. No luchaba. Solo levantaba la mano. Y los nuestros... caían. Como si... como si los vaciara por dentro.
Aerion se agachó frente al muchacho.
—¿Cómo era?
El joven dudó. Luego, con un hilo de voz recordó.
—Cabello rubio... largo. Ondulado. Esbelta...
La expresión de Aerion no cambió. Pero el silencio se volvió más oscuro alrededor suyo. Tharen se movió. Dio un paso hacia él.
—¿Lyra...?
Aerion se levantó despacio.
—Está luchando—murmuró, sin mirar a nadie— está luchando... del otro lado.