Lágrima del Alba

CAPÍTULO 45

Desde la otra orilla del conflicto, la noche no tenía tregua. Ni alivio. Ni consuelo.

Aerion caminaba por los pasillos del cuartel central del Reino de la Luz como una sombra fuera de sí. Llevaba aún la armadura rota, manchada de sangre propia y ajena. Su capa desgarrada arrastraba cenizas con cada paso. Las heridas aún abiertas no parecían doler tanto como la humillación que ardía bajo su piel.

Tharen y Calen lo seguían en silencio. Nadie hablaba. Nadie se atrevía. Los guardias en la entrada del salón de estrategia se apartaron sin que él los mirara siquiera. La puerta se cerró tras ellos con un golpe seco.

—Nos estaban esperando —gruñó Aerion al fin, rompiendo el silencio como una flecha en una campana de cristal— cada trampa. Cada giro. Cada conjuro. Incluso los malditos espejos.

Tharen apretó el puño.

—¿Crees que fue coincidencia...?

—No —Aerion miró el mapa desplegado, aún marcado con las estrategias que habían fallado— alguien les informó. Y no fue suerte. Fue precisión.

Calen desvió la mirada, visiblemente incómodo.

—No tenían cómo saberlo, a menos que literalmente lo vieran...

La frase quedó suspendida unos segundos antes de que el trío reaccionara. El rostro de Aerion se tensó. Su respiración se volvió irregular.

—Los mapas —susurró. Su voz se volvió hielo— los nuevos mapas... los que ordené.

Y entonces lo comprendió.

—¡Traigan a Elira! —bramó.

El eco de la orden se extendió por el palacio como un trueno.

...

La puerta del observatorio se abrió de golpe.

Elira, aún con los dedos manchados de tinta y un compás en la mano, se volvió con un sobresalto. Los soldados no dijeron nada, solo le hicieron una seña para que los siguiera. Al principio protestó, confundida, pero la mirada del más alto —grave, urgente— no admitía discusión.

Tharen fue el primero en interceptarla en el pasillo. Sus pasos rápidos, su aliento corto.

—¿Qué está pasando? —preguntó ella, intentando seguir el ritmo de la marcha.

—Aerion... —Tharen tragó saliva— está furioso. Muy furioso. Elira, escucha, pase lo que pase... no digas nada que pueda empeorarlo.

—¿Qué? —Elira palideció. La tinta aún fresca en sus mangas parecía más oscura bajo la luz de las antorchas.

Tharen no respondió. Pero su mano rozó la de ella brevemente, un roce mínimo, casi un reflejo. Como si quisiera protegerla... aunque no supiera cómo.

Entraron al salón de estrategia. Aerion estaba solo, de pie, con los nudillos apoyados sobre la mesa. Cuando Elira cruzó la puerta, su mirada fue una cuchilla.

—¿Qué hiciste Elira? —fue lo primero que dijo, su voz ronca de furia contenida.

—¿Perdón? —Elira titubeó— no entiendo...

—¡Los mapas, Elira! ¡Los que dibujaste con tus propias manos! —Aerion dio un paso hacia ella. Calen puso una mano sobre su hombro, pero Aerion la apartó con un gesto brusco— ¡Cómo es que sabían cada paso, cada espejo, cada punto débil!

—¡Yo no... yo no hice nada! —la voz de Elira se quebró. Pero no retrocedió— yo solo... copié lo que me pidieron. Nadie dijo que era secreto.

—¿Nadie dijo...? —Aerion repitió la frase como si no pudiera creerla. Su mirada se volvió hacia Tharen, casi acusadora.

Tharen dio un paso al frente.

—Ella no es culpable de nada —dijo, firme, colocándose un poco frente a Elira.

—¿Qué sugieres entonces? ¿Que fue casualidad? ¿Que alguien más entró al observatorio, robó los planos y cruzó la frontera sin dejar rastro?

Tharen no respondió. Pero su mirada no se apartó de la de Aerion. En ella había algo nuevo. Un límite.

Aerion exhaló con fuerza. Cerró los ojos por un segundo.

—Salgan. Todos —ordenó.

—Ella se queda.

Tharen no se movió.

—No —replicó Tharen, con suavidad, pero firme— no la dejaré sola.

Por un instante, Aerion pareció debatirse entre gritar o ceder. Finalmente, señaló hacia la puerta.

—Cinco minutos —dijo, y se volvió de nuevo hacia la mesa.

Tharen tomó a Elira del brazo y la condujo fuera del salón. Una vez en el pasillo, la tensión en sus hombros se disipó solo un poco.

—Gracias —susurró ella.

Tharen bajó la mirada apartándose hacía una esquina.

—Elira... —dijo en voz baja— no puedo protegerte si no sé qué está pasando.

Ella respiró hondo, sus manos temblaban como si aún sostuvieran los mapas.

—Se los di —confesó— a Kaedan. Él vino con otro chico del Reino de las Sombras. No me obligaron. Pero... les di los mapas.

Tharen quedó inmóvil. Como si el aire lo hubiera abandonado de pronto. Desvió la mirada, luego la volvió a ella. Había algo roto en su expresión. No ira. No decepción. Algo más silencioso. Más profundo.

—Elira... —su voz era apenas un susurro— no sabes lo que eso significa.

—Lo sé —Elira levantó la barbilla, aunque sus ojos brillaban por contener lágrimas— pero también sé lo que esta guerra está haciendo con todos. Y si podía salvar una vida... aunque fuera una, lo haría de nuevo.

Tharen pasó una mano por el rostro, como si intentara borrar la realidad.

—Escúchame. No puedes decirle esto a nadie más. A nadie. Ni a Calen. Ni a Aerion. Prométemelo.

—Lo prometo —susurró, sin dudar.

Tharen asintió. Se irguió, recuperando su postura.

—Vamos. Tenemos que regresar.

Juntos caminaron por el pasillo de regreso. Al llegar a las puertas del salón de estrategia Calen y dos soldados más los esperaban, tensos, formales.

La puerta se abrió. Aerion estaba de nuevo junto al mapa. La ira en su rostro había sido reemplazada por una máscara fría. Imperturbable.

—Pasen —ordenó sin mirarlos— y cierren la puerta.

La puerta se cerró tras ella con un golpe seco.

—Elira —dijo él, sin mirarla— siéntate.

Ella obedeció con la mirada baja. El silencio entre ambos se extendió unos segundos antes de que Aerion comenzara a rodear la mesa, con pasos lentos, contenidos.

—Hay algo que no cuadra —empezó más sereno que antes—nuestro ataque fue anticipado con precisión quirúrgica, cada maniobra, cada truco, cada giro... como si alguien los hubiera dictado con antelación.




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