El amanecer rompió sobre el Reino de las Sombras con una luz pálida y temblorosa, como si el sol también dudara en volver a iluminar un campo teñido de sangre y humo. El aire estaba impregnado del olor metálico de la guerra, y los gritos se habían desvanecido, dejando en su lugar un silencio espeso. A lo lejos, el bosque aún murmuraba, como si recordara todo lo que había visto esa noche.
Kael se encontraba de pie entre los suyos, pero apenas. Su rostro estaba pálido, la sangre empapaba parte de su capa, y su brazo izquierdo colgaba inerte. Caldor, al notar su estado, se acercó con premura y tomó el mando.
—Reagrupen las líneas —ordenó con voz firme— recojan a los caídos, cuiden a los heridos. Nadie se queda atrás.
Corrí hacia Kael, aun con el cuerpo exhausto, los dedos manchados de sangre y la respiración entrecortada, coloqué mi mano sobre su brazo herido.
—Lyra...
Él intentó alzar la mirada, pero no tuvo fuerzas.
—Shhh —susurré— solo quédate conmigo.
La energía fluyó como un río cálido y dorado. El vaivén de mi poder se extendió, sellando la herida, restaurando el tejido desgarrado, impulsando la sangre de vuelta a donde debía estar. Kael cerró los ojos, no por dolor, sino por alivio. Su mano buscó la mía y la apretó con suavidad.
Entonces, desde la línea del bosque, surgieron figuras silenciosas. No eran enemigos. Eran sombras antiguas que caminaban con paso firme y cadencioso, rodeadas de un grupo de soldados silenciosos, todos portando símbolos bordados en azul profundo. Los guardianes del sueño.
Primero la anciana, su cabello blanco recogido en un moño desordenado. Su rostro estaba plagado de arrugas, pero sus ojos azulados chispeaban con lucidez peligrosa. A su lado, un hombre de rostro severo y piel surcada por los años, con una mirada esmeralda que parecía ver a través de las almas. Y detrás de ellos, erguida como una lanza, una mujer joven de cabello negro azabache, de porte regio y ojos tan oscuros como la medianoche.
Se detuvieron frente a nosotros. La anciana fue la primera en hablar.
—Ya estás lista querida—dijo con una voz que parecía arrastrar siglos consigo— ycon nosotros, el tiempo ha llegado.
Detrás de ellos, una figura felina cruzó entre las sombras. Mi gato negro, se acercó con elegancia y, a medida que avanzaba, su cuerpo se alargó, cambió, se transformó. En un parpadeo, se erguía ante mí un joven de tez pálida, ojos cobrizos penetrantes, cabello oscuro como ala de cuervo, y una sonrisa que contenía secretos y juegos.
—Mi reina —dijo con voz aterciopelada mientras tomaba mi mano y la besaba con delicadeza.
Kael dio un paso hacia adelante, con el ceño fruncido.
—¿Y este quién se supone que es? —gruñó.
El joven felino lo miró con una sonrisa ladeada.
—Tranquilo, mi rey. Solo soy su guardián. Fui enviado para observarla... hasta que estuviera lista.
—Lista para... —pregunté, aún entre la sorpresa y la desconfianza.
—Para devolver el equilibrio —respondió la mujer de cabello azabache— para terminar lo que comenzó años atrás.
Los tres guardianes inclinaron la cabeza ante mi. Luego se volvieron hacia Kael.
—Y contigo, rey, planearemos la caída de la Reina de la Luz.
Kael asintió lentamente. Aun con las heridas recientes, su voz fue clara.
—Entonces vengan. Hay mucho por decidir y poco tiempo.
Regresamos al corazón del campamento. Los heridos eran atendidos, los muertos honrados en silencio. Caminaba junto a Kael, mi mano aún entrelazada con la suya, mientras los guardianes se integraban al círculo estratégico.
Frente a nosotros, el siguiente movimiento era claro: resistir... y luego atacar. Porque la guerra aún no había terminado, y el amanecer, aunque pálido, seguía prometiendo esperanza.
En el campamento, donde cada rincón hervía con actividad —soldados recogiendo restos de tiendas derruidas, sanadores aplicando vendajes improvisados, y vigías intercambiando informes—, Kael se volvió hacia los guardianes.
—No he tenido oportunidad de agradecerles —dijo con voz ronca, aunque firme— su intervención salvó muchas vidas. ¿Cómo debo llamarlos?
La anciana se adelantó primero, envuelta en un manto raído por el tiempo pero bordado con hilos dorados que aún brillaban bajo la luz tenue del amanecer. Su voz era como un susurro que venía desde muy lejos.
—Mi nombre es Sira. En los días del viejo reino, fui consejera del Alto Consejo de Sabiduría, guardiana de los archivos prohibidos y voz del pueblo. Cuando la Reina usurpó el trono, fui silenciada... pero mi memoria no. Hoy regreso no como consejera, sino como testigo de lo que debe ser restaurado.
El hombre de mirada esmeralda avanzó con paso firme, su silueta parecía cincelada en piedra.
—Me llamo Varek. Fui el arquitecto del Velo de Protección que alguna vez protegió ambos reinos. La Reina corrompió mi creación, y desde entonces he esperado el momento de redimir mi error.
Por último, la mujer de cabello negro azabache levantó la barbilla con orgullo contenido. Su voz fue clara, sin titubeos.
—Soy Alzira, antigua comandante de la Guardia Real bajo los últimos monarcas legítimos. Fui desterrada por negarme a jurar lealtad a la corona usurpada. Sobreviví en las sombras para proteger los límites de lo que aún queda puro. Hoy... vuelvo a luchar por la corona verdadera.
El joven felino se adelantó con un ademán elegante, como si la tensión de la guerra no le afectara en lo absoluto. Su sonrisa era ladina, y sus ojos cobrizos brillaban con una chispa imposible de descifrar.
—Y yo soy Riven, último de los ojos invisibles del Reino que fue. Antes de que la traición cayera sobre la corona, fui espía de los verdaderos monarcas, sombra entre sombras, guardián de secretos que debían mantenerse a salvo —su mirada se posó en mí con un leve atisbo de emoción— mi última orden fue proteger a la heredera... desde la distancia.
Kael lo miró de reojo, con una ceja arqueada, pero no dijo nada.