Mi respiración se detuvo por un segundo eterno. Cada fibra de mi cuerpo gritaba que aquello era una trampa. Pero ya no había vuelta atrás.
Kael se incorporó primero, su espada ya desenvainada, la hoja temblando levemente por la energía contenida en la sala. A su lado, Riven se mantuvo inmóvil, como una estatua acechante. Sus ojos felinos estaban fijos en la reina, pero su cuerpo entero parecía preparado para saltar, para desgarrar, para matar.
Yo me puse de pie con lentitud, limpiando el polvo blanco del mármol de mis palmas. No bajé la mirada. No podía darle ese triunfo.
La reina se levantó del trono con una gracia casi líquida, como si su cuerpo no pesara nada. Llevaba un vestido largo, de tonos marfil y dorado, que se ondulaba a cada paso como niebla envenenada. Y aunque no tenía armas visibles, su sola presencia pesaba como una espada sobre la nuca.
—Has crecido bien —dijo con tono suave, como si me felicitara por un bordado impecable—. aunque admito que no esperaba que llegaras tan lejos, ni tan rápido.
Kael dio un paso al frente. Su voz era una amenaza afilada.
—Da un solo paso más y no te quedará trono que defender.
Altheria lo miró con lástima, no con miedo.
—Ah... Kael. El rey que nunca debió serlo. Qué lástima. Podrías haber sido útil... si no hubieras dejado que el amor nublara tu juicio.
Riven soltó una risa baja.
—Cuidado con lo que dices, reina. Hay sombras que oyen más de lo que deberían... y no olvidan.
Ella lo ignoró, sus ojos aún clavados en mí.
—¿Viniste a destruirme, Lyra? ¿O solo a descubrir si tienes el valor para hacerlo?
Mi garganta se secó.
—No vine a destruirte. Vine a terminar lo que comenzaste.
—¿Ah, sí? —ladeó la cabeza—. ¿Y qué fue eso?
—La traición, el exilio, la mentira —respondí— vine a liberar al Reino de la Luz del velo que tejiste con sangre y mentiras. A mostrarles quién eres realmente.
Sus ojos brillaron con una chispa oscura, y por primera vez, su sonrisa vaciló.
—Entonces sí vienes por mí —susurró.
Mis piernas temblaron, no por el portal, sino por su mirada que me atravesaba como hielo. Quise avanzar, o hablar, pero antes de que pudiera hacer algo, la Reina alzó apenas la mano.
Un murmullo de energía, suave y delicado como una caricia... y sin embargo, devastador en su precisión, estalló desde su palma. No hubo explosión, ni luz cegadora. Solo una oleada de energía pura, cristalina, que recorrió el aire como un suspiro contenido.
Kael gritó mi nombre, pero su voz se apagó cuando su cuerpo se tensó. Una luz pálida lo envolvió desde los pies hasta los hombros, inmovilizándolo como si hubiera sido esculpido en mármol. Sus ojos estaban abiertos, su aliento acelerado... pero no podía moverse.
Riven intentó reaccionar, saltó hacia adelante con sus cuchillas desenvainadas, pero otra ráfaga de esa misma energía lo alcanzó en pleno salto. Cayó al suelo de rodillas, inmóvil, su cuerpo tenso como una cuerda estirada al límite. Solo su mirada, felina y furiosa, seguía viva.
—Tranquila, Lyra —dijo la Reina, aún desde el estrado— no los mataré. No aún. Me temo que ellos no son los protagonistas de esta escena.
La Reina Altheria descendía los escalones del estrado con la lentitud de alguien que sabe que domina cada centímetro del terreno. Su vestido se agitaba como humo encantado. Y entonces lo vi: el resplandor oscuro en el centro de su pecho. Una piedra, pero rota en los bordes, rodeada de venas y sangre seca. Era como si la mitad de un corazón dormido palpitara dentro de ella... corrompido.
—Te sorprende —dijo con una sonrisa ladeada, casi dulce— pero no deberías. Tú tienes la otra mitad, aunque mucho mejor fusionada a decir verdad, no creí que llegaría el día en que estarían tan cerca... otra vez.
Me obligué a mantener la voz firme, aunque temblaba por dentro.
—¿Qué es lo que has hecho?
Ella giró lentamente sobre sus pies, paseando la mirada por la sala del trono como si fuera su jardín personal.
—Lo que debía hacerse. Lo que nadie tuvo el valor de hacer cuando este reino comenzó a desmoronarse. ¿Crees que la traición nace del odio, Lyra? No. Nace del amor mal dirigido. De la compasión excesiva. De la debilidad.
Sus ojos se encontraron con los míos, y la sonrisa se desvaneció.
—Tu madre era una idealista y tu padre... un soñador. Un hombre blando, incapaz de levantar la voz sin pedir permiso primero. ¿Eso querías para gobernar dos reinos? ¿Un rey de manos temblorosas y una reina que lloraba por cada campesino enfermo?
—¡Eran mis padres! —solté, y el eco de mi voz rebotó entre las columnas.
Ella no se inmutó. Se acercó un paso más, bajando la voz, mirándome como quien mira a un animal herido.
—El pueblo los quería, Lyra. Cuando tu padre, el tal Lord Rowen Auren llegó para casarse con tu madre todo era felicidad. Pero no veían cómo su debilidad nos arrastraba. El velo que cubre ahora el Reino de la Luz fue creado para evitar el caos, para devolver el orden. ¿Sabes cuántas revueltas contuve? ¿Cuántos inocentes murieron cuando tu padre dejó que los dones crecieran sin control?
—¿Y asesinarlos era la solución? ¿Encerrar la verdad? ¿Ejecutar a inocentes como Elira?
Su expresión se tensó.
—No hay revolución sin mártires. No hay paz sin control.
Sentí algo ácido en la garganta. La cólera me subía como un río en desborde.
—No buscas paz, solo querías el trono, su poder. Querías reinar tú porque no soportabas que ellos lo hicieran con amor en lugar de miedo.
Ella inclinó levemente la cabeza, y sus ojos brillaron con algo que no sabía nombrar.
—Quizás. Quizás me dolía ver cómo arruinaban aquello por lo que tanto luchamos. Pero no soy la villana de esta historia, Lyra. Yo evité una guerra, yo estabilicé a un pueblo desmembrado. Tú, en cambio, traes fuego a cada paso, muerte en cada esquina.
—Traigo verdad —corregí con un susurro, y mis manos se cerraron en puños— y tú vas a caer, aunque sea lo último que haga.