Lagunas de Pasión

Sombras en la mañana

Marta se levantó con la sensación de tener plomo en el cuerpo. La noche anterior había sido un infierno. Se dio una ducha rápida, se puso ropa deportiva, auriculares y salió a correr. Necesitaba despejarse, aunque sabía que no sería fácil.

El aire fresco golpeaba su rostro, pero no lograba borrar el sabor amargo que la acompañaba. No podía dejar de pensar en lo sucedido. Cada paso que daba era una imagen clavada en su mente: el coche volcado, el disparo, la mirada oscura de aquel hombre… y el mensaje.

“NOS VEMOS PRONTO, MARTA.”

Habría jurado que era él quien lo escribió. ¿Cómo consiguió su número? ¿Lo encontró en redes después de lo ocurrido? ¿Lo tenía de antes? ¿Por qué? Su cabeza iba a estallar. Intentó repetirse que no había pasado nada, que no era asunto suyo, pero era inútil.

Mientras corría, la paranoia comenzó a apoderarse de ella. Sentía que alguien la vigilaba. Cada persona que se cruzaba con ella parecía observarla, juzgarla. Miraba a los lados, incapaz de concentrarse en la música. El corazón le latía como un tambor.

Decidió dar la vuelta. Necesitaba volver a casa. Pero justo cuando giró, lo vio.

Era él.

El hombre de la noche anterior. Vestía un chándal gris oscuro, auriculares negros, mirada fija en ella. Sus miradas se cruzaron y el mundo pareció detenerse. Marta quedó paralizada, presa del miedo. ¿Correr? ¿Gritar? ¿Huir? Nada funcionaría.

Cuando recuperó el aliento, él pasó corriendo a su lado sin dejar de mirarla. Rozó su hombro. Marta sintió su piel, su aroma, y luego lo vio seguir adelante, como si no la conociera.

Se giró temblando y lo observó alejarse sin mirar atrás, pero su perfume quedó pegado a ella como una marca invisible.

De vuelta a casa no tuvo estómago para desayunar. Se metió en la ducha, se vistió y salió directa al bar. No era su turno, pero sentía que Lagunas era el único lugar seguro.

—Marta, cariño, ¿qué haces aquí? —preguntó Mari Carmen, sorprendida—. No te toca entrar hasta las ocho y aún son las diez.

—Ah… sí, es solo que estaba aburrida en casa y pensé en ayudaros. Ya sabes, los sábados son más intensos.

Mari Carmen sonrió, aunque su mirada se volvió seria.

—Pues ya que estás aquí, ve a ver a esos dos señores. Son policías. Te estaban buscando.

El corazón de Marta se encogió.

—¿A mí? ¿Por qué?

—Dicen que anoche hubo un tiroteo, justo en frente del bar. Nos interrogaron a todos, por si vimos algo y…

—Señorita Marta —interrumpió una voz grave.

Marta se giró y vio a dos hombres acercarse con paso firme. Uno alto, de mirada penetrante, el otro más bajo, con gesto serio.

—Soy el agente Diego Gutiérrez —dijo el primero—. Y él es mi compañero, José Gil. Estamos investigando un asesinato ocurrido ayer por la noche, mejor dicho, esta madrugada, alrededor de las dos. ¿Estaba usted en la cafetería?

—¿Yo? —preguntó Marta, con la voz temblorosa.

—Sí, usted.

—Sí… estaba aquí.

—Bien. ¿Ha visto algo?

—No… no vi nada, agentes.

—¿Nos podría decir qué estaba haciendo a esa hora? —preguntó Gutiérrez con un tono que a Marta le pareció sarcástico y casi burlón.

Ella se puso rígida. Sentía que cada palabra podía condenarla.

—Pues… estaba fregando los baños, recogiendo la cocina. Vamos, que estaba dentro. No vi nada.

—¿Y tampoco escuchó nada?

—No… no escuché nada.

—Señorita Marta, por favor, intente hacer memoria —insistió Gil.

—Le digo la verdad —respondió Marta, cortante, y luego se disculpó—. Lo siento, agentes, no puedo ayudarles más.

Gutiérrez la miró fijamente.

—Es curioso que no oyera nada. Un coche derrapó, volcó, y luego alguien disparó. Todo produjo mucho ruido. Un disparo no pasa desapercibido.

—Lo siento —repitió Marta, sintiendo cómo el sudor le recorría la espalda—. Eso es todo lo que puedo decir.

Los agentes se miraron entre sí, evidentemente insatisfechos. Dejaron sus tarjetas y se fueron. Pero antes de salir, Gutiérrez le lanzó una última mirada. Era una mirada que decía: No te creo.

Cuando se marcharon, Mari Carmen se acercó y tomó a Marta del hombro.

—Marta… ¿por qué les dijiste que estabas limpiando los baños?

—Eh… —fue lo único que Marta pudo decir.

—Marta, yo limpié los baños antes de irme. ¿Por qué les mentiste? ¿Qué has visto?

Marta sintió que se ahogaba. Salió corriendo, dejando a Mari Carmen con la palabra en la boca.

—¡Marta! —gritó, pero ella ya estaba fuera.

De vuelta a casa, Marta cerró la puerta de un golpe y se derrumbó en el sofá, llorando. Tras un largo rato, se obligó a comer algo. Mientras masticaba una tortilla, el móvil vibró.

El pánico la invadió. Pensó que sería otro mensaje suyo. Pero no:

era Esther.

“¿Una tarde de pelis? ¿Te animas?”

Suspiró. No tenía fuerzas ni ganas, pero decidió llamarla para no parecer borde.

—Hola, guapa —dijo, intentando sonar normal.

—¡Marta! ¿Estás bien? ¿Estabas dormida? —la voz de Esther sonaba preocupada.

—No… ¿por qué?

—Tienes una voz rara. ¿Te pasa algo?

—No, no es nada. Estoy bien. Solo… agotada.

Hubo un silencio breve, pero cargado.

—¿Segura?

—Esther, de verdad, estoy bien —respondió Marta, un poco más seca de lo que quería.

—Es que me preocupo por ti, tía. Ayer no contestaste mis mensajes, no viniste al Gaviota, hoy suenas rara… ¿estás enferma? ¿Te pasa algo?

—¡No! —saltó Marta, más alto de lo normal—. No estoy enferma ni me pasa nada. Solo he dormido mal y he tenido una mañana rara.

Esther guardó silencio unos segundos.

—Vale… no quería molestarte. Solo me preocupo porque eres mi amiga.

—Lo sé —dijo Marta, intentando suavizar el tono—. Perdona, no quería sonar borde. Es solo que… estoy cansada y necesito descansar. —¿Descansar? Pues ven a mi casa, vemos pelis y te relajas. Te vendrá bien.

—No, Esther. Hoy no. De verdad.




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