Lagunas de Pasión

Bajo la luz tenue de la cafetería

Han pasado dos días desde aquella noche del encuentro con Hugo. Por primera vez, Marta había podido dormir tranquila. Pensaba que todo había quedado atrás, que quizá el destino le daría una tregua. Pero muy a su pesar, estaba equivocada.

Como de costumbre, se levantó temprano, se dio una ducha y se preparó para salir a correr. La madrugada estaba nublada y hacía más frío de lo esperado, pero a Marta el frío le gustaba; le despejaba la mente. Ajustó los auriculares y comenzó su recorrido habitual.

De vez en cuando se giraba, buscando con la mirada una silueta conocida. ¿Estaría Hugo corriendo, como aquella vez? No. Esta mañana no estaba allí. Marta sintió alivio… pero también algo parecido a decepción. ¿Por qué quería verlo? ¿Por qué deseaba encontrarse con él? Confusa con sus propios sentimientos, aceleró el paso, intentando ahogar las preguntas en el ritmo de la música.

El día en la facultad transcurrió sin grandes emociones. Marta se reunió con Esther en la cafetería del campus. —Por fin he decidido dónde haré las prácticas —dijo Marta, intentando sonar entusiasta—. Voy a presentar mi solicitud en una editorial de Madrid. Tienen un buen programa y pagan algo al mes. —¡Eso suena genial! —respondió Esther, sonriendo—. Ojalá te cojan. Así dejas el bar y te centras en lo tuyo.

Alejandro apareció de repente, con su energía habitual. — ¡Chicas! —gritó desde lejos—. ¿Qué plan para este finde? ¿sábado noche: karaoke, cine, bolera, copas? —El karaoke suena bien —dijo Esther. —Sí, genial —añadió Marta, forzando una sonrisa. —Perfecto. Cenamos y luego karaoke. ¡Decidido! —Alejandro les dio un beso rápido y se despidió—. Me voy corriendo, tengo que recoger unas cosas en la comisaría.

—¿Comisaría? —preguntó Marta, arqueando una ceja. —Está haciendo papeleo para Londres —explicó Esther—. Ya sabes, por lo de las prácticas. —Ah, sí… se me había olvidado —murmuró Marta. —¿Cómo que se te ha olvidado? Lo dijo ayer —Esther la miró con preocupación—. Últimamente estás como ausente. No sé qué te pasa, pero no entiendo por qué no me lo cuentas. Nosotras no tenemos secretos, ¿no? —Claro que no —respondió Marta, incómoda—. No oculto nada. Es solo que… desde lo que pasó aquella noche, no estoy del todo bien. La policía me interrogó, fue raro, incómodo. Ahora estoy centrada en las prácticas, en todo… el día a día. —Te entiendo —dijo Esther, suavizando el tono—. Han sido días duros. —Ni te imaginas —susurró Marta.

Esther quiso seguir preguntando, pero Marta cortó la conversación con una excusa. —Tengo que recoger unas cosas en la tintorería antes de ir al bar. Nos vemos mañana. —Vale… pero prométeme que me contarás todo algún día —dijo Esther, abrazándola. —Sí, algún día —mintió Marta.

Cargada de bolsas, Marta salió de la tintorería y se dirigió al coche. Intentó abrir la puerta sin soltar las bolsas, pero la llave se le resbalaba. —Joder… entra ya —murmuró, frustrada.

—¿Te ayudo? —preguntó una voz masculina detrás de ella.

Marta se giró de golpe. La llave cayó al suelo. Hugo estaba allí, con un gesto serio. —No, gracias. Puedo sola —respondió, agachándose sin soltar las bolsas.

Hugo la observó, visiblemente impaciente. —Por Dios, ¿por qué lo haces tan complicado? —dijo, con tono molesto—. Aparta, yo cogeré la llave. —Te he dicho que no necesito ayuda. —Suelta las bolsas al menos. —¿Y a ti qué más te da? Son mis bolsas, mis llaves y mi problema. ¿Me estás persiguiendo? —¿A ti? Como si no tuviera otra cosa que hacer. He venido a la tintorería a traer unas sábanas. —¿Unas sábanas? ¿Intentas limpiar otro crimen? —preguntó Marta, sarcástica.

Hugo se acercó de golpe, furioso. La agarró por los hombros y la miró a los ojos. —Mira, me estoy hartando de tus insinuaciones. Yo no soy un asesino. Lo que viste fue un ajuste de cuentas. Y créeme, matando a ese desgraciado hice un favor al mundo entero. Yo no voy por ahí matando gente. ¿Me has entendido?

Marta, perpleja y asustada, asintió. —Sí… lo he entendido. Perdón. —Tienes muy mala imagen de mí. No me conoces de nada, Marta. Así que relájate.

Por primera vez, Marta vio algo distinto en sus ojos. Un lado humano. Y, para su sorpresa, le gustó. —Vale… ya te pedí perdón. ¿Me puedo ir? —Haz lo que quieras —respondió Hugo, con un gesto de desinterés. Se giró y entró en la tintorería sin despedirse.

Marta sintió un miedo extraño. No miedo a Hugo, sino miedo a no volver a verlo.

Ya en casa, Marta se tumbó en el sofá, intentando distraerse con la televisión. Pero no podía dejar de pensar en escribirle, disculparse. Tenía miedo de agobiarlo, así que decidió esperar.

El móvil vibró. Un mensaje: “Perdona por ponerme así, es solo que…”

Antes de que pudiera leer más, el mensaje fue eliminado. Luego apareció la ventanilla de: “Escribiendo…” Pero nunca llegó otro mensaje.

Confusa, Marta decidió llamarlo. —Hugo… soy Marta. —Sé quién eres. ¿Qué quieres? —Nada… solo quería pedirte disculpas. Tienes razón, es de mala educación juzgar a alguien sin conocerlo. —¿Acaso quieres conocerme? —preguntó él, con voz grave.

Marta se quedó muda. Quería decir que sí, pero el miedo la frenaba. —¿Marta? ¿Te he hecho una pregunta? —¿Tú quieres conocerme? —preguntó ella, temblorosa. —Yo pregunté primero.

Tras una pausa eterna, Marta respondió: —Sí… me gustaría conocerte.

Otra pausa. Finalmente, Hugo contestó: —Bien. —Y colgó.

Marta se quedó mirando el móvil, desconcertada. ¿Qué significaba ese “bien”?

Aquella noche, Marta fue al bar con una sonrisa que no podía ocultar. Mari Carmen la miró divertida. —Pero bueno, mi niña… ¿a qué viene ese buen humor repentino? —¿Eh? ¿Qué? —Marta fingió despiste. —¡Nuestra niña está enamorada! —canturreó Mari Carmen. —No digas tonterías —respondió Marta, riendo.

La noche pasó entre risas y clientes. Cuando cerró el bar y salió a la calle, lo vio. Hugo estaba allí, apoyado en su coche, vestido con un traje oscuro. La miró en silencio, abrió la puerta y con un breve movimiento de cabeza la invitó a entrar.




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