Era sábado por la noche, otra vez. Marta salió de casa rumbo al trabajo, con la mente hecha un torbellino. Mientras caminaba, repasaba los últimos acontecimientos. Hugo ya no le parecía un villano arrogante. Después de escuchar su historia, lo veía como un niño con el corazón roto, un hombre marcado por la pérdida y consumido por la sed de venganza. Y no era para menos: unos narcos le habían arrebatado a su familia. Marta pensó que, en su lugar, quizá ella haría lo mismo. Cada vez que recordaba sus palabras —“Hice un favor al mundo”— sentía que, en cierto modo, tenía razón.
Entró en Lagunas con una sonrisa amplia, llena de satisfacción. Había tenido su primer encuentro real con Hugo, y por un instante pensó que de ahí podría surgir algo más que una conversación.
—¡Marta, guapetona! ¿Cómo estás? —preguntó Mari Carmen desde la barra. —Bien, Mari. Muy bien —respondió Marta, intentando ocultar la emoción que le recorría el cuerpo. —Me alegro. Oye, antes de que te pongas el delantal, atiende a aquellos señores. Te están buscando otra vez.
Marta giró la cabeza. Al fondo del local, los agentes Gutiérrez y Gil tomaban café, observándola con una calma inquietante. Sintió cómo el corazón le golpeaba el pecho. Caminó hacia ellos despacio, pensando en mil preguntas y dos mil respuestas. Pero tenía algo claro: jamás debía nombrar a Hugo.
—Buenas noches, agentes. Otra vez por aquí, señor Gutiérrez y… —Gil —respondió el segundo, con una sonrisa fría—. José Gil. ¿Cómo se encuentra hoy, señorita Marta? —Bien, gracias. No sé en qué podría ayudarles más. Ya les conté todo lo que sabía.
—Sí, es cierto —dijo Gutiérrez, interrumpiéndola—. Pero verá, nos han surgido más dudas y esperamos que usted nos ayude a resolverlas. — ¿Yo? Bueno… quiero decir… ya les conté todo. No tengo nada más que decir.
Marta se sentía nerviosa, molesta. Aquella conversación le robaba el momento de calma que había imaginado para la noche. Pensaba en Hugo, la imaginación la envolvía, y la presencia de los agentes le resultaba insoportable.
—Señorita Marta —dijo Gil, inclinándose hacia ella—, tenemos la impresión de que nos oculta algo. Y no entendemos por qué. Sabe que ocultar información es delito. —¿Me está acusando de algo, agente? — replicó Marta, con voz firme, aunque por dentro temblaba.
Los dos policías se miraron unos segundos, comunicándose sin palabras. Luego Gutiérrez habló: —Creo que no está cómoda hablando aquí, entre clientes. Lo entiendo. Será mejor que lo hagamos en la comisaría. Allí no tendrá distracciones. Quizá así recuerde más cosas.
Un escalofrío recorrió el cuerpo de Marta. Por un instante pensó que la iban a detener. —¿Es necesario ir ahora? Tengo que trabajar. Mi compañera está sola. —Solo será un momento —dijo Gil, con un tono que no admitía réplica.
Marta no respondió. Se sintió observada mientras cruzaba el local hacia la puerta. Los clientes la miraban con curiosidad, Mari Carmen con preocupación. Antes de salir, se despidió con un “enseguida vuelvo”, aunque no estaba segura de que fuera cierto.
Al otro lado de la calle, Hugo estaba en su coche, el motor encendido. La miró fijamente. En sus ojos, Marta creyó ver algo parecido a preocupación. Esa imagen le dio fuerzas: pase lo que pase, no diría nada.
La sala parecía sacada de una película: paredes grises, una mesa metálica, dos sillas incómodas y un gran espejo que ocultaba miradas al otro lado. Marta respiró hondo. No podía dejar que el ambiente la venciera.
—¿Le puedo hablar de tu? —preguntó Gil, con una sonrisa que parecía forzada. —Sí, por supuesto —respondió ella, fría. —Bien. Quiero que te relajes. Piensa que estamos charlando como amigos. —No somos amigos, agente Gil. Estoy aquí porque accedí sin abogado, porque no tengo nada que ocultar. Pero esto no deja de ser incómodo. Así que, por favor, haga sus preguntas y déjeme marchar.
Gil la miró con gesto serio. —Escúchame bien. Tu estás aquí porque sé que ocultas algo. Te irás cuando yo lo diga. Y no te pongas chula, o te detendré por desacato. ¿Me has entendido?
Marta sintió rabia e impotencia. Pero cedió. —Sí señor.
—Dijiste que no viste ni escuchaste nada, ¿verdad? —Así es. —Porque estabas limpiando los baños, ¿verdad? —Sí. —Interesante. Porque tu compañera Mari Carmen nos dijo que los limpió ella. Una de las dos, miente. —Es cierto, los limpió ella. Pero no vació las papeleras. Pensé que no los había limpiado y lo hice otra vez.
Gil sonrió con sarcasmo. —Ya… ¿Qué hora era aproximadamente? —No lo sé. Cuando termino el turno, hago todo rápido para irme. No miro la hora. —¿Tenías planes esa noche? —Sí. Ir al Gaviota con mis amigos, pero no fui. —¿Y por qué no fuiste? —Porque estaba cansada. — ¿Siempre coges taxi para volver a casa? —No.
Gil se inclinó hacia ella, con mirada penetrante. —Curioso. Porque esa noche sí lo cogiste. Y el taxista dice que estabas nerviosa, pálida, como alguien que acaba de ver un muerto. ¿Qué me dices de eso?
Marta sintió que el suelo se abría bajo sus pies. —Estaba cansada. Quería llegar rápido. Eso es todo.
Gil la observó unos segundos, luego se levantó. —Quieres tomar algo Marta?
— Agua por favor, dijo Marta con voz rasposa por la tensión.
—Piensa si quieres añadir algo.
Al otro lado del espejo, Gutiérrez observaba el interrogatorio de su compañero con atención: —No diré que miente, pero tampoco dice la verdad. Oculta algo. —¿Cómplice? – preguntó Gil. —No. Tiene expediente limpio. Quizá la han amenazado. —Hay que vigilarla.
Gil volvió con una sonrisa falsa. —¿Más relajada? —Sí. Y gracias por el agua —dijo Marta, aunque él no le había traído nada.
—No veo razón para seguir aquí. Ya le dije todo. Limpié los baños, cogí un taxi porque quería llegar rápido. No vi nada. Eso es todo.
Gil la miró, derrotado. No tenía cómo retenerla. —Puede irse — dijo al fin, seco. De momento.
Marta se levantó, tomó su bolso y caminó hacia la puerta. Justo antes de salir, se detuvo. Giró ligeramente la cabeza hacia el espejo unidireccional que presidía la pared.
#1649 en Novela romántica
peligros y verdades, tensionsexual, traicion atraccion secretos miedo amor
Editado: 07.08.2026