Lagunas de Pasión

Sombras en la ciudad

Marta salió a la calle, el frío de la noche acarició su cuerpo, pero no logró calmar el torbellino en su interior. Miró a ambos lados buscando a Hugo. No estaba allí. Sintió una punzada de decepción. En ese preciso instante, lo necesitaba más que nunca.

Decidida a olvidar todo lo ocurrido, volvió a entrar en Lagunas para terminar de recoger. Mari Carmen la miró con ternura. —Marta, cariño, déjalo. Ya termino yo. Deberías irte a casa y descansar.

Aquellas palabras fueron la gota que colmó el vaso. Marta se echó a llorar. —¡Marta, hija! ¿Pero qué te pasa? —Mari Carmen corrió hacia ella, abrazándola—. Oye, tranquila… vamos, tranquila.

—No puedo más, Mari —sollozó Marta—. Me hago la fuerte, pero no puedo. Todo esto me supera. —¿Qué te supera, Marta? Dímelo. ¿Qué pasa? —Lo que pasó esa noche… el asesinato, los policías… y ahora estos hombres haciéndome preguntas. —¿Qué te han dicho? —Que el chico al que asesinaron era el sobrino de uno de ellos. Mari, son peligrosos, son malos, lo presiento.

Mari Carmen la miró con preocupación. —Pues llamamos a la policía y se lo cuentas. Que hagan lo que sea para que no te molesten. Si tú no has visto nada, no les puedes ayudar, ¿no?

Marta la miró fijamente. Tanto secretismo la ahogaba. Quería contarle todo. Mari Carmen era de confianza. —Mari… ¿puedo confiar en ti? —Claro que sí, hija. Dime, ¿qué pasa?

Marta abrió la boca para hablar, pero en ese momento sonó la campanilla de la puerta. Era Hugo. Su rostro parecía una mezcla de enfado y preocupación. Marta no supo descifrarlo. Las lágrimas le nublaban la vista.

—¿Estás bien? —preguntó Hugo, acercándose. Luego miró a Mari Carmen—. Hola, soy Hugo, un amigo de Marta. —Le tendió la mano con una sonrisa forzada.

Mari Carmen lo miró con suspicacia. —Conozco a todos los amigos de Marta… y tú no me suenas. —Giró la mirada hacia Marta—. ¿Quién es, Marta? —Un amigo, Mari —respondió Marta, levantándose con intención de marcharse—. ¿Te importa si me voy antes? Estoy agotada.

Mari Carmen iba a replicar, pero Hugo se adelantó: —No se preocupe, señora. Marta está en buenas manos. La llevaré a casa. Parece muy cansada. ¿Te parece bien, Marta? —Sí… llévame a casa, por favor.

—Me presentaré mejor en otra ocasión —añadió Hugo—. Buenas noches.

Hugo cogió la mano de Marta y la condujo hacia la salida. —Hasta mañana, Mari —dijo Marta, mirando al suelo, aturdida.

El silencio pesaba como plomo mientras el coche avanzaba por las calles iluminadas tenuemente. Marta miraba por la ventana, intentando ordenar sus pensamientos, pero cada vez que sentía la presencia de Hugo a su lado, el corazón le latía más rápido.

Hugo rompió el silencio con voz grave: —¿Estás bien? Si necesitas hablar, te escucho. No soy buen psicólogo… pero puedo intentarlo.

Marta giró la cabeza lentamente, sus ojos se encontraron con los de él. —Hoy ha sido demasiado, Hugo. El interrogatorio, esos hombres en el bar… todo va muy deprisa. No me da tiempo a asimilar.

—¿Hombres? —repitió Hugo, frunciendo el ceño—. ¿Qué hombres?

Marta dudó apenas un segundo. No quería alarmarlo, pero tampoco seguir callando.

—Hace unos minutos vinieron al bar unos tipos —dijo al fin—. No eran clientes normales. Uno de ellos… —tragó saliva— dijo que el hombre que mataron aquella noche era su sobrino. Me preguntaron si yo había visto algo.

Hugo se quedó inmóvil. La mandíbula se le tensó de inmediato, como si cada palabra de Marta encajara en un puzle que no le gustaba nada.

—¿Qué te dijeron exactamente? —preguntó, con la voz baja, cargada de interés y preocupación—. Dímelo todo, Marta.

—Nada más, Hugo. Solo eso. Que, si vi algo, si recordaba algo. Les dije que no —respondió ella—. Pero… —alzó la mirada hacia él— creo que volverán. No parecía una visita casual.

Hugo apretó los labios, conteniéndose.

—Tranquila —dijo al cabo—. Yo me ocuparé de que eso no pase.

Sus palabras no sonaron a promesa vacía. Sonaron a decisión.

Hugo sostuvo su mirada, serio, intenso… pero en sus ojos había un brillo que la desarmó por completo. No era dureza. Era implicación.

Marta se dio cuenta de que estaban en dirección correcta hacia su casa y entonces preguntó.

—¿Cómo sabes dónde vivo? Yo no te lo dije.

—Marta… —hizo una pausa, como si buscara las palabras adecuadas—. No importa cómo lo sé ni de dónde saco las cosas. Lo único que importa es que ahora estoy aquí, a tu lado y que no voy a dejar que nadie te haga daño.

Ella suspiró, cansada, exhausta por dentro, pero también atrapada por esa voz que no gritaba, que no imponía… que parecía envolverla.

—Tengo miedo de que algo me pase… —levantó la vista hacia él—. Y de que algo te pase a ti.

Hugo giró el volante con calma, pero sus ojos se clavaron en los de Marta. —¿Te preocupas por mí? —preguntó, con un tono bajo, íntimo.

Marta sintió que el aire se le escapaba. —No sé… —susurró, bajando la mirada.

Hugo se inclinó apenas hacia ella, sin apartar la vista de la carretera. —De todo esto tengo yo la culpa. Y tú… preocupándote por mí. Gente como yo no merece eso. Yo maté a un hombre.

Marta lo miró, con los ojos brillantes. —Era un hombre malo. Y tú tenías tus motivos.

Hugo sonrió con tristeza. —Nadie tiene derecho a quitar la vida, Marta. Pero… gracias por preocuparte. Aunque no lo merezca.

Su mano se deslizó suavemente hasta la mejilla de Marta. El pulgar acarició su piel con una delicadeza que la hizo cerrar los ojos por un instante. —No te preocupes. No dejaré que te pase nada. Lo juro.

Marta sintió un escalofrío recorrerle el cuerpo. Cuando abrió los ojos, Hugo la miraba con una intensidad que la dejó sin respiración. — Hugo… —su voz fue apenas un susurro. —Dime —respondió él, sin apartar la mirada.

—Me gustaría conocerte más —dijo Marta, con un hilo de voz, pero cargado de intención.

Hugo sonrió, esa sonrisa que parecía romper su coraza. —¿Por qué? —preguntó, con tono grave, como retándola.




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