Marta se sentó en el banco frente a la tumba, con las manos temblorosas y el corazón aún cansado. El silencio del cementerio era tan intenso que podía escuchar sus propios latidos. Sacó dos claveles blancos del bolso y los colocó sobre la lápida con delicadeza, como si temiera romper el vínculo invisible que aún la unía a su abuela.
—Hola, abuela… —susurró, y su voz se quebró al pronunciar la primera palabra—. Llevo días sin venir y te prometí hacerlo cada día. Lo siento… —cerró los ojos, dejando que las lágrimas se deslizaran por sus mejillas —. Tengo tantas cosas que contarte… que no sé ni por dónde empezar.
El viento sopló suave, moviendo las hojas secas a su alrededor. Marta imaginó a Rocío sentada junto a ella, en el banco, con esa sonrisa cálida que siempre la hacía sentir segura. —¿Sabes? Creo que me estoy enamorando… —dijo, con un hilo de voz—. De un hombre que no me corresponde. Me dijo que podríamos ser amigos… y eso duele, abuela. Duele más de lo que pensaba.
Se abrazó a sí misma, como buscando el calor que ya no estaba. — Es complicado… —continuó, con la mirada fija en la foto de Rocío—. Él no es como los demás. Es fuerte, misterioso… pero también está roto por dentro. Y yo… yo no sé si quiero arreglarlo o si solo quiero estar cerca para que no se sienta solo.
Una lágrima cayó sobre la piedra fría. Marta la limpió con la mano, como si pudiera borrar el dolor. —¿Qué harías tú, abuela? Tú siempre sabías qué decir. Siempre tenías esa frase que me calmaba… — sonrió entre lágrimas—. Ahora solo tengo tu silencio.
Se quedó unos segundos en silencio, escuchando el murmullo del viento, imaginando la voz de Rocío diciéndole: “Haz lo que te dicte el corazón, mi niña.” —Ojalá pudieras abrazarme ahora… —susurró, con la voz frágil—. Porque siento que todo se me viene encima.
Marta se levantó despacio y besó la foto con ternura. —Hasta mañana, flor —dijo, antes de marcharse, sintiendo que cada paso la alejaba de la única persona que siempre la entendió sin palabras.
De camino a casa, el móvil vibró. Era Alejandro: “Bombón, este sábado reunión en el karaoke. No te olvides. Ciao, ciao.”
—Joder, es verdad… el karaoke —murmuró Marta. No estaba entusiasmada, pero pensó que quizá sería bueno desconectar, volver a la normalidad. Contestó con un simple: “Anotado.”
Marta salió del baño envuelta en vapor, con la piel aún tibia por la ducha caliente. Se miró al espejo y sonrió. El vestido blanco roto colgaba de la percha, esperándola como una promesa. Se lo puso con cuidado, ajustando cada pliegue, y dejó su melena suelta, cayendo como una cascada sobre los hombros. Un toque de maquillaje, perfume en la muñeca, y la ilusión latiendo en cada gesto.
Hoy iba a ser especial. Había imaginado la conversación con Hugo, las risas, las miradas que se prolongan más de lo normal. Había preparado frases ingeniosas, como si fueran armas secretas para romper el hielo. Por primera vez en mucho tiempo, sentía mariposas en el estómago.
“Ya estoy lista. ¿Cuándo vendrás a recogerme?” —escribió, con una sonrisa que no podía ocultar.
El móvil vibró minutos después. Marta lo cogió con la misma emoción que un niño abre un regalo. Pero al leer el mensaje, sintió cómo el suelo se desmoronaba bajo sus pies:
“Perdona, no podremos quedar para comer. Me ha surgido un imprevisto.”
Por un instante, se quedó inmóvil, con el vestido perfecto y el corazón hecho trizas. Las palabras parecían frías, impersonales, como si todo lo que había imaginado no significara nada. “¿Un imprevisto? ¿Tan fácil se cancela algo que yo esperaba con tantas ganas?” —pensó, sintiendo cómo la ilusión se apagaba como una vela bajo la lluvia.
Se sentó en el borde de la cama, con las manos temblorosas sobre el móvil.
“Vale, pero podrías avisar antes.”
Escribió, intentando sonar firme, aunque por dentro se rompía.
La respuesta llegó rápido:
“No te enfades. Ya quedaremos otro día.”
“No te enfades…” Marta apretó los labios. ¿Cómo explicarle que no era enfado, sino decepción? Que había puesto todo su corazón en esa cita.
“Da igual.”
Tecleó, con un tono frío que no reflejaba la tormenta que llevaba dentro.
Dejó el móvil sobre la cama y se miró al espejo. El vestido seguía ahí, impecable, como burlándose de ella. “¿Para qué me arreglo tanto? ¿Para qué me ilusiono? Hugo no me debe nada… y yo no debería esperar nada. Pero lo hago. Porque me importa. Más de lo que debería.”
Se tumbó unos segundos, con la mirada perdida en el techo, sintiendo cómo la tristeza se mezclaba con rabia y algo peor: duda. “¿Será que no le intereso? ¿Será que todo esto solo existe en mi cabeza?”
Llegó la noche, Esther, ya preparada fue a casa de Marta.
—¿Qué te vas a poner? —preguntó Esther, sentada en la cama, ya arreglada para salir. —No sé… ¿vestido o vaquero? —respondió Marta, distraída. —Ese vestido —dijo Esther, señalando el que Marta había elegido para Hugo—. Te queda genial.
Marta sonrió con tristeza. Se vistió y salieron. Alejandro las esperaba. Cenaron, rieron y se fueron al karaoke
El local estaba lleno de luces de neón y risas estridentes. Marta, Esther y Alejandro se acomodaron en una mesa cerca del escenario. Marta intentaba sonreír, pero por dentro seguía sintiendo el peso del mensaje de Hugo. Cada canción alegre sonaba como un recordatorio cruel de lo que no ocurrió.
—¡Vamos, Marta! —gritó Esther, arrastrándola hacia el escenario—. ¡Una canción y nos vamos al Gaviota! —No canto bien… —protestó Marta, pero terminó riendo cuando Alejandro la empujó suavemente.
Cantaron los tres, desafinando a carcajadas. Marta se dejó llevar por la risa, aunque en el fondo su mente seguía en otro lugar: Hugo. ¿Qué estaría haciendo? ¿Por qué la había dejado plantada?
Después de varias canciones, risas y fotos improvisadas, decidieron alargar la noche en el Gaviota, un bar de música alta y luces provocadoras donde el tiempo parecía diluirse entre copas.
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Editado: 07.08.2026