Los pensamientos de haber hecho daño a Hugo por no dejarle explicarse la atormentaron toda la noche. Cada vez que cerraba los ojos, veía su mirada en la puerta, esa mezcla de preocupación y algo más que no se atrevía a nombrar. ¿Por qué fui tan fría? ¿Por qué no le dejé hablar? Se giró en la cama, abrazando la almohada como si pudiera encontrar en ella el consuelo que le faltaba.
“En cuanto lo vea, le pediré disculpas. Le dejaré explicarse. Aunque no necesito explicaciones… lo único que quiero es verle.” Quiero esa comida que quedó pendiente. Quiero sentarme frente a él y escucharle. Quiero… Cerró los ojos con fuerza. ¿Qué quiero? ¿Una amistad? ¿O algo más?
La respuesta le quemaba por dentro: Hugo me gusta. Me gusta de verdad. Me siento embriagada. ¿Cómo he pasado de odiarlo a casi amarlo?
Mientras desayunaba, sus pensamientos seguían girando en círculos. El sonido del móvil la sacó de su trance. Un mensaje. De Hugo.
“Hola preciosa, siento mucho, una vez más no haber podido comer contigo. Tenía muchas ganas, de verdad, pero las cosas a veces se tuercen, y en mi caso, eso pasa muy a menudo. Estaré fuera de la ciudad unas semanas. En cuanto vuelva, me gustaría tener esa comida contigo. Cuídate mucho, Marta. Besos.”
Marta se quedó mirando la pantalla, inmóvil. ¿Unas semanas? Sintió un nudo en la garganta. ¿Por qué me duele tanto? Él y yo no tenemos nada. Ni siquiera está claro si somos amigos. ¿Por qué siento esta tristeza absurda?
Dejó el móvil sobre la mesa y se cubrió el rostro con las manos. ¿Será que me he ilusionado demasiado pronto? ¿Será que para él solo soy una distracción?
Otro mensaje interrumpió su tormenta mental. Esther:
“Tía, planazo para esta noche. Vamos a Teatro Magno. Las copas paga mi amore. No me digas que no.”
Marta sonrió con desgana. El plan es genial… pero yo no tengo ganas de nada. Estoy rota por dentro. Aun así, escribió:
“Sí, claro. Contad conmigo.”
El club era un torbellino de luces y música. Marta intentó contagiarse del ambiente, bailar, reír. Pero cada vez que la música subía, su mente bajaba a lo mismo: ¿Dónde estará Hugo ahora? ¿Por qué no me escribió otra vez? ¿Pensará en mí?
—Me voy al baño —le dijo a Esther al oído. —¿Te acompaño? —No, tranquila. Ahora vuelvo.
La cola era interminable. Marta aprovechó para revisar el móvil. Nada. Ni un mensaje. Qué lástima… pensó, sintiendo cómo la ilusión se deshacía como arena entre los dedos.
Al salir del baño, con la mirada fija en la pantalla, chocó con alguien. —¡Ay, disculpa! —dijo, levantando la vista. Enrique.
—Yo también me alegro de verte, Marta —dijo él, con una sonrisa sarcástica. —¿Me estás persiguiendo? —preguntó Marta, con el ceño fruncido. —A lo mejor eres tú quien me persigue. Ya van dos veces que nos encontramos. O… a lo mejor es el destino. —Tú y yo no tenemos destino —replicó Marta, seca.
Enrique la miró con descaro, sus ojos recorriendo cada detalle. — Vas muy guapa hoy. El negro te sienta muy bien. Marta sintió un calor incómodo en las mejillas. —Gracias —murmuró, bajando la mirada—. Bueno, me tengo que ir.
Pero Enrique la detuvo, sujetándola suavemente por la mano. — ¿Me permites invitarte a una copa? —Gracias, Enrique, pero no. Ya tomamos una copa y no quiero que esto se convierta en costumbre. — Anda, mujer. Solo una copa. Y luego, si quieres, me dejas tu número para coordinarnos. Así no pensarás que te sigo.
Marta respiró hondo. —Enrique, no quiero ser grosera, pero no me interesa ser tu amiga. Entiéndelo, por favor. —Vaya, qué pena.
Pensé invitarte a una copa y presentarte a unos amigos de Hugo. Si eres su amiga, quizá te gustaría conocerlos.
Marta sintió cómo la curiosidad le pinchaba la piel. ¿Amigos de Hugo? ¿Qué puedo descubrir? —Bueno… vale. Pero solo una copa. He venido con mis amigos y quiero volver pronto. —Ningún problema. Solo una copa —dijo Enrique, con una sonrisa que parecía un triunfo.
La llevó a una zona VIP, en una esquina oscura y discreta. Una mesa redonda, cuatro hombres trajeados y dos mujeres jóvenes, claramente de compañía. Los hombres tenían esa aura intimidante que a Marta le recordó la primera vez que vio a Hugo.
—Señores —anunció Enrique—, os presento a Marta. Una amiga de Hugo.
—¿Amiga de quién? —preguntó uno, con una voz ronca y desinteresada.
—De Hugo. El Mudo.
Al escuchar eso, todos dejaron de beber. Silencio. Miradas duras. Tensión.
Marta tragó saliva.
—Hola… ¿qué tal?
Uno se inclinó hacia ella.
—¿Eres su piba?
—¿Qué? —Marta se quedó helada. —Que si eres su putilla —repitió el hombre, sin pudor.
Marta sintió cómo la sangre le hervía.
—¿Cómo dices?
—Lo que Jorge quiere preguntar —intervino Enrique, incómodo— es si eres su novia.
—No, Enrique. Él no quería decir eso. Me acaba de llamar puta — reprochó Marta, mirándolo fijo—. Y yo no soy la puta de nadie. Hugo y yo somos amigos. Y tú —miró a Jorge— eres un gilipollas.
Jorge sonrió con superioridad.
—¿Y dónde está tu amiguito ahora? ¿Te ha dejado sola?
—A ti qué te importa —replicó ella, desafiante.
—Venga, venga… —intentó calmar Enrique—. Marta vino a conoceros, a tomar una copa.
—Yo no tomo nada hasta que este cretino se disculpe —sentenció ella.
—Pues te quedarás sin copa, chata —dijo Jorge levantándose—. Me voy a otra mesa, que esto aburre.
Se marchó junto a su acompañante.
—Discúlpalo, Marta —suspiró Enrique—. Es muy temperamental.
Marta ya había tenido suficiente.
—Me voy. No quiero seguir aquí.
—Déjame llevarte a casa —pidió Enrique—. Quizás en el camino pueda contarte por qué Hugo y yo ya no somos tan amigos. Seguro que te interesa.
Marta dudó. Aunque estaba indignada, la curiosidad la venció otra vez.
—Está bien. Pero llévame directo a casa.
El coche de Enrique era un Porsche gris metalizado, impecable, perfumado. Marta comentó algo por romper la tensión.
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Editado: 07.08.2026