Lagunas de Pasión

El cazador y la presa

Preguntas sin respuestas, respuestas a medias… quizá mentiras. Marta se repetía una y otra vez lo hablado con Hugo y lo hablado con Enrique. ¿Quién era el bueno y quién el malo? No quería dar pasos en falso, pero todo era tan complicado.

Pasaron dos semanas. Cada día visitaba a su abuela, le contaba su rutina, preparaba los últimos exámenes. Quedaba con Esther y Alejandro, aunque no siempre animada; sus pensamientos en Hugo le robaban la atención que debía prestar a sus amigos. Apenas quedaban unos días para terminar el último curso de la facultad. Marta se había vuelto inseparable de su móvil, pero por mucho que miraba, no había ni un solo mensaje de Hugo.

Los agentes Diego Gutiérrez y José Gil volvieron a visitar el bar Lagunas, aunque sin avances. Marta se mostraba firme en su declaración.

—Marta —la llamó Rosario desde el portal—. —Dime, Rosario. Hola — contestó Marta. —¿Lista para graduarte? —Sí, lista. Ya lo tengo todo preparado, hasta un pequeño discurso. —Gracias por la invitación, cariño. Estaré encantada de escucharte. —Si te viera tu abuela… la mujer tan guapa e inteligente en la que te has convertido. —Creo que estaría orgullosa de mí —respondió Marta con una sonrisa triste. —Estoy segura de ello —dijo Rosario—. —Para mí será muy especial verte allí —añadió Marta—. Siempre has estado cerca, como una segunda madre. Rosario sonrió con ternura. —Gracias, Marta. Eres un cielo.

Al entrar en casa, Marta dejó el bolso en la silla y se sentó frente al escritorio. Encendió el portátil, revisó el correo electrónico, las redes sociales, WhatsApp, Telegram… como si buscara algo que se le hubiera escapado. Y sí, lo que buscaba era una señal de vida de Hugo. Pero no había nada. Más de dos semanas sin una llamada, sin un mensaje, sin una sola palabra.

La decepción le cayó encima con un peso difícil de soportar. Entendía que no eran pareja, que no había promesas ni compromisos, pero pensó que al menos eran amigos. ¿Tan difícil era escribir un simple “hola, cómo estás”?

Aunque Hugo no le escribía, Marta se esforzaba por no sacar conclusiones precipitadas. Pensó que quizá le había pasado algo, o que simplemente estaba tan ocupado que no tenía tiempo para escribirle. Incluso se dijo que tal vez lo hacía por protegerla, por no correr el riesgo de que alguien pudiera ver sus conversaciones o relacionarlos. Fuera como fuese, necesitaba creer que su silencio no era desinterés.

Con un suspiro cansado, cogió el móvil y, tras dudar unos segundos, decidió escribirle ella.

“La semana que viene será mi graduación. Si te apetece y puedes, vente a verla. Será divertido, habrá buffet libre… y yo iré muy guapa.”

Añadió al final un emoticono de una carita guiñando un ojo, intentando restarle importancia a lo mucho que le estaba costando enviar ese mensaje.

—Espero que lo leas al menos… —murmuró para sí, justo cuando el teléfono vibró anunciando otro mensaje entrante.

Era Esther.

“Bombón, he pensado que como la semana que viene ya es la graduación, quizá te apetezca que quedemos para ir de compras. Si no tienes aún qué ponerte para la ceremonia.”

Marta leyó el mensaje y se quedó pensativa. Por un instante, quiso poner otra excusa, como tantas veces. Sentía el peso de la culpa: Esther llevaba semanas intentando animarla, sacarla de ese pozo de pensamientos oscuros, y ella siempre encontraba una salida para no quedar. Marta suspiró, con el móvil entre las manos, sintiendo cómo la soledad le apretaba el pecho.

No se lo merece… Esther siempre está ahí. No sería justa con ella, - pensó Marta.

Escribió despacio, como si cada palabra le costara:

“Sí, por supuesto. Me parece un plan genial.”

No tardó en llegar la respuesta.

“¡Por fin! Pensé que me ibas a decir que no otra vez. Me hace mucha ilusión, Marta. Quiero verte sonreír, aunque sea un ratito.”

Marta sintió un nudo en la garganta. Esther siempre sabía qué decir.

“Gracias por insistir, Esther. Perdona por todas las veces que te he dicho que no… no he estado bien.”

“Lo sé, y no pasa nada. Solo quiero que sepas que no estás sola. Si necesitas hablar, llorar, gritar… aquí estoy. ¿Vale?”

Marta cerró los ojos, conteniendo las lágrimas.

“Eres la mejor amiga que alguien podría tener. De verdad.”

“Y tú eres más fuerte de lo que crees. Vamos a buscar el vestido más bonito, y quiero verte brillar en esa graduación. Tu abuela estaría orgullosa, y yo también lo estoy.”

Marta sonrió por primera vez en días. Sintió que, aunque el mundo se le viniera encima, tenía a alguien que no la dejaba caer.

“Gracias, Esther. Te quiero mucho.”

“Yo también, bombón. Mañana me paso a recogerte, ¿vale? Y nada de excusas.”

Marta dejó el móvil sobre la cama, respiró hondo y pensó que quizá, solo quizá, podía permitirse un momento de alegría en medio de tanto caos.

Llegó la noche. Marta se preparó para ir al bar, como siempre andando. El trayecto era corto, pero esa noche el silencio asustaba más que nunca. El aire frío le erizaba la piel. De pronto, una voz grave rompió la calma:

—Oye, muchacha…

Marta se detuvo en seco. Sintió cómo la sangre se le helaba. Giró la cabeza despacio, con el corazón golpeándole las costillas. Allí estaba él. Alto, corpulento, con una mirada que no dejaba lugar a dudas: peligro. El Negro.

—Para un momento —dijo, avanzando hacia ella con paso firme—. Quiero preguntarte algo.

Su tono no era de alguien que pide. Marta tragó saliva, intentando mantener la calma, pero sus piernas temblaban. Dio un paso atrás.

—¿Qué quiere de mí? —preguntó, con voz quebrada, sin dejar de caminar hacia adelante.

—Que pares, coño —gruñó él, con una sonrisa torcida que helaba el alma—. Solo quiero hablar.

Cada palabra sonaba como una amenaza. Marta sintió cómo el instinto le gritaba: ¡Corre! No lo pensó dos veces. Echó a correr con todas sus fuerzas, el corazón desbocado, la respiración cortándole la garganta.




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