Lagunas de Pasión

El primer roce

Se acercaba el viernes y Marta había quedado con Esther para ir de compras. Pero antes, como cada día después de clases y de los últimos exámenes, fue a visitar a su abuela. Siempre lo hacía. El día que no iba, la culpa podía con ella.

Se sentó en el banco frente a la tumba y, como si Rocío estuviera allí, comenzó a hablarle en voz baja. Le contó sus planes, que había quedado con Esther, que ya casi todo estaba listo para la graduación… y, casi sin darse cuenta, terminó hablándole de Hugo. De lo confusa que se sentía. De esa sensación persistente —agradable y dolorosa a la vez— de que a él le gustaba… o quizá era solo lo que ella necesitaba creer.

Cada vez que cerraba los ojos se imaginaba mil preguntas para hacerle. Qué sentía, qué quería, por qué aparecía y desaparecía de su vida sin previo aviso. No sabía ni por dónde empezar, pero sí sabía algo con claridad: no quería agobiarlo. Tenía miedo de que su curiosidad, su necesidad de respuestas, acabara alejándolo.

A media tarde se reunió con Esther en el centro comercial. Pasaron horas entrando y saliendo de tiendas, probándose vestidos. Marta nunca había sido especialmente presumida, pero ahora era distinto. Sabía que Hugo estaría allí, en su graduación, y quería sentirse guapísima. No para impresionar a nadie… pero sí para él.

—Marta, tía, decídete ya —protestó Esther, apoyada en la pared del probador—. Van a cerrar las tiendas con nosotras dentro.

—Uno más y ya me decido, lo prometo —respondió Marta, saliendo con otro vestido puesto.

Finalmente, eligió uno lila pálido, palabra de honor, con las mangas cortas caídas sobre los hombros a modo de lazos y la espalda semiabierta.

—Jolín, Marta… estás preciosa —dijo Esther con una sonrisa pícara—. No es para nada tu estilo. Estás muy sexy.

—No digas tonterías —respondió Marta, sonrojándose—. Pero gracias.

Mientras se miraba en el espejo, pensó que, si a Esther le había gustado tanto, quizá a Hugo también le gustaría.

Salieron del centro comercial, tomaron unos refrescos y Marta se apresuró para ir a casa. Tenía poco tiempo para arreglarse antes de entrar a trabajar.

Nada más entrar en Lagunas, Mari Carmen se acercó a ella con paso rápido, tan rápido que Marta sintió un ligero sobresalto.

—Marta, cielo… ¿cómo estás? —dijo con voz preocupada—. No he pegado ojo en toda la noche pensando en ti. Ese hombre… era el mismo de la otra vez, ¿verdad?

—Sí, Mari —respondió Marta con un suspiro—. Era él. El tío del chico que mataron aquella noche.

—Deberías decirlo a la policía, Marta. Hazme caso. Que hagan algo. —¿Y qué van a hacer, Mari? —replicó ella, cansada—. No podrán hacer nada y yo quedaré como una exagerada. No me ha hecho nada. Solo quiere saber quién mató a su sobrino. Me preguntó si vi algo y ya está. Esto es un bar, viene gente de todo tipo. Que haya venido a tomar unas cervezas no es un crimen.

Mari Carmen frunció el ceño, pero no insistió más.

—Bueno… como veas. Pero sigo pensando que deberías hablar con ellos.

—Venga, Mari —zanjó Marta—. Vamos a trabajar.

La noche transcurrió tranquila. No hubo rastro del Negro, ni de Enrique, ni de la policía. Tampoco de Hugo, aunque Marta lo esperaba. Cada vez que sonaba la campanilla de la puerta, el corazón le daba un salto… y luego volvía a caer.

Al terminar su turno, caminó de regreso a casa con la cabeza llena de pensamientos. Se sentía sola. Demasiado sola. Con el corazón en un puño. Las emociones le daban vueltas sin orden ni descanso. Empezó a llorar en silencio.

Cuando llegó a su portal, levantó la vista… y se quedó inmóvil.

Hugo estaba allí, esperándola, otra noche más.

No quería que la viera llorar, pero tuvo suerte: empezaba a chispear y la lluvia ligera disimulaba las lágrimas. Se quedaron mirándose en silencio, sin moverse, como si ambos tuvieran demasiadas cosas que decir y ninguna palabra adecuada para empezar.

Tal vez sí sabían qué decir, pero entre ellos aún existía una distancia invisible, una frontera frágil que ninguno se atrevía a cruzar.

Finalmente, Marta subió los escalones de su portal. Cada paso le pesaba más que el anterior. Al llegar arriba, se giró hacia Hugo. La lluvia le empapaba el pelo, la camisa se le pegaba al cuerpo, y aun así él no parecía darse cuenta del frío.

Marta tragó saliva.

—Te estás empapando… —dijo al fin, con la voz más baja de lo que pretendía—. ¿Quieres pasar y secarte? Puedes quedarte hasta que deje de llover.

Hugo la observó en silencio. No respondió de inmediato. Sus ojos recorrieron su rostro con una atención que la hizo sentirse desnuda, vulnerable. Se detuvo en sus pestañas húmedas, en el temblor leve de su barbilla.

—Estás llorando —dijo por fin, con voz grave.

—No —respondió ella demasiado rápido—. Son las gotas de la lluvia… me han entrado en los ojos y escuece un poco.

Hugo dio un paso más cerca. No la tocó, pero su presencia era suficiente para que el aire se volviera denso.

—Marta… —pronunció su nombre despacio—. ¿Qué pasa?

Ella apartó la mirada un segundo. No quería que la viera así. No quería que viera lo mucho que le importaba.

—¿Podemos hablar dentro, por favor? —pidió al fin, casi en un susurro.

Hugo dudó apenas un instante. Luego asintió.

—Sí —respondió—. Si tú quieres.

Marta buscó las llaves con manos torpes, abrió la puerta y entraron, dejando la lluvia atrás.

—Espérame en el comedor —dijo ella—. Voy al baño, necesito asearme, enseguida vuelvo.

Hugo se sentó en el sofá y, sin pronunciar una sola palabra, encendió la pequeña lámpara que descansaba a su lado. La luz se abrió paso despacio por el salón, dorada y suave, como si alguien hubiera bajado el volumen del mundo. Afuera, la farola titilaba entre la lluvia, proyectando destellos intermitentes que se colaban por la ventana y dibujaban sombras en movimiento sobre las paredes.

El salón se transformó.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.