El despacho de Hugo imponía desde el primer momento.
Marta se sentó en un sofá negro de cuero situado en un rincón de la habitación. El espacio era amplio, elegante, dominado por tonos grises y negros que transmitían orden y control. Todo parecía calculado… excepto un pequeño cactus con dos diminutas flores lilas, colocado junto al ordenador.
Marta no pudo evitar sonreír.
—¿Y ese cactus? —preguntó, señalándolo—. Desentona totalmente con todo lo demás.
Hugo levantó la vista del escritorio y sonrió.
—Te has fijado.
—Es imposible no hacerlo —bromeó ella—. Seguro que no soy la primera en comentarlo.
—No —admitió él—. La primera fue mi madre. Me lo regaló cuando me dieron este despacho. Yo lo decoré todo… y ella decidió poner su toque.
—Vaya —dijo Marta, enternecida.
—Y tú eres la segunda mujer que entra aquí —añadió Hugo—. Me refiero a alguien que no trabaja conmigo.
Marta sintió un calor agradable en el pecho.
—Hugo… ¿te puedo hacer una pregunta personal?
Él arqueó una ceja, divertido.
—Después de anoche, creo que ya tenemos confianza para preguntarnos lo que sea sin pedir permiso.
Se levantó.
—¿Quieres algo?
—Sí, por favor, una tónica.
Hugo llamó por el interfono.
—Raquel, ¿podrías traer una tónica y un café americano, por favor?
Colgó y volvió a mirarla.
—Ahora sí. Dispara.
Marta dudó un segundo.
—¿Has tenido muchas novias?
—No muchas —respondió él—. Relaciones serias, solo dos. Y ambas me dejaron.
—¿Por qué?
La pregunta salió con cuidado, casi tímida. No quería parecer insegura, pero tampoco podía fingir que no le importaba.
Hugo abrió la boca para responder, pero en ese momento llamaron suavemente a la puerta.
—Adelante —dijo él.
La puerta se abrió y entró Raquel, la secretaria de Hugo. Marta calculó que rondaría los sesenta años. Su presencia era tranquila. Caminó hasta la pequeña mesa de cristal frente al sofá y dejó una bandeja con cuidado.
—Con su permiso —dijo—. El café americano y la tónica.
Mientras servía, apenas miró a Marta, no por desinterés, sino por una discreción profesional elegante.
—Señor Ferrer —continuó—, aprovecho para recordarle que el señor Navarro y su equipo llegarán en veinte minutos para tratar el tema de las acciones. ¿Desea que retrase la reunión?
—No, Raquel, muchas gracias —respondió Hugo—. Está bien así.
Luego miró a Marta.
—Raquel, te presento a Marta. Es una amiga. Se quedará en mi despacho mientras estoy reunido.
Raquel levantó entonces la vista y le dedicó a Marta una sonrisa sincera.
—Encantada, señorita Marta. Soy Raquel.
—Marta Rodríguez —respondió ella, devolviéndole la sonrisa—. El placer es mío.
Durante ese breve intercambio, Marta percibió algo que le gustó de inmediato: Raquel desprendía una energía bondadosa, casi maternal. Y Hugo, por su parte, le hablaba con un respeto y una ternura que no pasaban desapercibidos. Entre ellos había una complicidad tranquila, un trato cercano que no necesitaba palabras de más.
Hugo se levantó y acompañó a Raquel hasta la puerta.
—Gracias, Raquel. Como siempre, muy amable.
—A usted —respondió ella antes de salir.
Cuando la puerta se cerró, Marta se quedó pensativa unos segundos.
Aquella escena —el despacho, la secretaria, la forma en que Hugo se movía en ese entorno— le había mostrado una faceta suya que no imaginaba. Una más humana. Más estable. Y, sin saber muy bien por qué, eso la tranquilizó.
Hugo guardó silencio unos segundos. No parecía incómodo, pero sí vulnerable. Miró su café sin beberlo, como si las respuestas estuvieran flotando allí dentro.
—Tuve dos novias, Mar y Tamara, — dijo Hugo.
—Mar fue la primera —empezó—. La conocí cuando aún estaba empezando en la empresa. Yo no era nadie importante todavía. Éramos jóvenes… y, durante un tiempo, fui feliz sin pensar demasiado.
Marta lo escuchaba sin interrumpir.
—Mar era luz —continuó—. Tenía esa forma de vivir que te arrastra: planes espontáneos, risas, futuro. Ella quería construir algo. Una casa, viajes, hijos… Yo decía que sí con la boca, pero por dentro no estaba preparado.
—¿Por qué? —preguntó Marta en voz baja.
Hugo apretó la mandíbula.
—Porque nunca he sabido vivir pensando en el mañana. Siempre he vivido preparado para perderlo todo. Para salir corriendo si hacía falta.
—¿Y ella lo notó?
—Claro que lo notó —respondió con una media sonrisa triste—. Me decía que estaba con ella… pero no del todo. Que cuando me miraba, sentía que yo estaba en otra parte.
Hugo levantó la vista.
—Un día me dijo algo que nunca olvidé: “No puedo amar a alguien que siempre tiene un pie fuera de la puerta”.
Marta sintió un nudo en el pecho.
—¿Y Tamara?
—Tamara fue distinta —dijo Hugo—. Ella ya sabía quién era yo cuando empezamos. Yo ya tenía dinero, poder, una vida estable desde fuera. Y eso le gustaba.
—¿Pero…?
—Pero quería más —continuó—. Quería controlarme. Saber dónde estaba, con quién, por qué desaparecía. Yo nunca le mentí del todo… pero tampoco le dije toda la verdad.
—¿Te dio un ultimátum ?
—Sí —asintió—. Me pidió que eligiera. O ella… o todo lo demás.
—¿Y no pudiste?
Hugo negó lentamente.
—No entonces. No sabía hacerlo. Pensé que protegerla era mantenerla al margen. Ella pensó que no la quería lo suficiente.
—Al final, simplemente se fue, no dio explicaciones, porque no hacía falta, estaba todo claro.
—Me miró y me dijo: “No sé en qué líos estás, Hugo, pero no quiero terminar dañada por ellos.”
El silencio cayó entre los dos.
—¿Y ahora? —preguntó Marta con cuidado—. ¿Sigues siendo ese hombre con un pie fuera?
Hugo la miró fijamente, sin dureza.
—Con todos… sí.
Luego añadió, más bajo:
—Contigo no.
Marta sintió que el corazón se le aceleraba.
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Editado: 07.08.2026