Lagunas de Pasión

Secretos revelados

Marta despertó envuelta en unos brazos que ya reconocía como propios. El olor de la piel de Hugo seguía allí, cálido, abrumador, mezclado con el de las sábanas. Durante unos segundos se quedó inmóvil, escuchando su respiración, memorizando ese instante como si temiera perderlo en cuanto se moviera.

—Buenos días —susurró, alzando la vista hacia él.

Hugo abrió los ojos despacio y sonrió, aún medio dormido.

—Buenos días, bombón.

Marta sonrió también, apoyando la frente en su pecho.

—¿Desayunamos? —preguntó—. Tengo hambre.

—Claro… —murmuró él, estirándose—. ¿Qué hora es?

Marta giró la cabeza para mirar el móvil.

—Las once.

Hugo se incorporó de golpe.

—¿Cómo? ¿Las once? —saltó de la cama—. Joder… mierda.

Marta lo miró, desconcertada, mientras él empezaba a vestirse con prisas.

—¿Qué pasa? —preguntó—. ¿Adónde vas?

—Tengo que ir a ver a unos conocidos —respondió sin mirarla—. Es… largo de explicar.

Se detuvo un segundo y añadió, con un tono tajante:

—Y por favor, no empieces con preguntas. No tengo tiempo ahora.

Las palabras cayeron como un jarro de agua fría.

—Pensé que desayunaríamos juntos —dijo Marta, con una voz que no pudo evitar que sonara casi suplicante.

Hugo suspiró, incómodo.

—Hoy no, Marta. Otro día.

—Hugo… —insistió ella—. Tenemos una conversación pendiente. Bastantes, en realidad.

Él se giró y la miró fijamente.

—Lo sé —admitió—. Y hablaremos. De todo lo que quieras. Pero tendrá que ser en otro momento. Te lo prometo.

—¿En otro momento? —repitió Marta, incrédula—. ¿Vas a desaparecer otra vez?

Hugo dejó de abrocharse la camisa. Caminó hacia la cama y le sostuvo el rostro entre las manos, obligándola a mirarlo.

—Volveré lo antes que pueda —dijo, serio—. Y hablaremos. Confía en mí.

Marta asintió despacio, aunque algo en su pecho se encogía. Hugo la besó con intensidad, como si quisiera dejarle claro que aquello importaba. Luego se apartó, cogió las llaves… y se fue.

La puerta se cerró.

En la ducha, Marta sintió la ausencia de Hugo como un vacío físico. El agua caliente resbalaba por su piel, arrastrando el cansancio, pero no las dudas. Su aroma seguía allí, en su cuello, en sus manos, como un deseo… o necesidad.

Desayunó sola.

Se sentó frente a la mesa con una taza de café que se enfrió sin que se diera cuenta. Miró el móvil. Ningún mensaje. Ninguna nota. Nada.

Se sintió sola. Y, por primera vez, un poco abandonada.

¿Sería siempre así? ¿Encuentros intensos y despedidas rápidas? ¿Sería su relación solo eso: noches, deseo, ¿silencios? ¿Irían alguna vez al cine, a pasear sin prisas, a planear un verano juntos?

Cuanto más pensaba, más se le cerraba el pecho.

Necesitaba hablar con alguien. Con alguien que la conociera de verdad. Con alguien que no tuviera secretos peligrosos ni miradas esquivas.

Cogió el abrigo.

—Esther —murmuró—. Necesito verte.

Necesitaba contarle todo. Hablar de Hugo. Pedir consejo. Entender si aquello que sentía era amor… o una forma elegante de hacerse daño.

Y sin saberlo, mientras Marta buscaba respuestas, Hugo se dirigía justo hacia el lugar donde los secretos ya no podían seguir ocultos por mucho más tiempo.

Marta terminó de arreglarse frente al espejo del recibidor. Se colgó el bolso al hombro, cogió las llaves y respiró hondo antes de salir. Necesitaba ver a Esther. Necesitaba hablar, poner en palabras todo lo que llevaba dentro antes de que le pesara demasiado.

Justo cuando iba a abrir la puerta, el móvil vibró en su mano.

Un mensaje.

Número desconocido.

«¿Podemos vernos?»

Nada más. Sin nombre. Sin explicación.

Un escalofrío le recorrió la espalda, erizándole la piel. Sintió ese frío extraño que no venía de fuera, sino de algún lugar más profundo, instintivo. Miró la pantalla unos segundos de más, como si las palabras fueran a cambiar si las observaba lo suficiente.

¿Quién era?,¿Enrique?, ¿Jorge?, alguien más.

El corazón le empezó a latir con fuerza.

Durante un instante dudó. Pensó en contestar. En preguntar quién era. En aclarar las dudas y quitarse esa sensación incómoda de encima.

Entonces recordó la voz de Hugo, grave, firme, tajante:

«No confíes en nadie.»

El recuerdo fue suficiente.

Sin responder, borró el mensaje. Después eliminó también la conversación entera, como si así pudiera borrar la inquietud que le había dejado.

Guardó el móvil en el bolso, abrió la puerta y salió de casa, cerrando con llave tras de sí.

Mientras bajaba las escaleras, intentó convencerse de que había hecho lo correcto.

—Esther… —dijo Marta por teléfono mientras caminaba hacia su coche —. ¿Qué tal estás? ¿Podemos vernos un rato?

Al otro lado de la línea hubo un pequeño silencio antes de que Esther respondiera.

—Regular —admitió al fin—. No te voy a mentir, Marta. Estoy hecha mierda.

Marta apretó el móvil con fuerza.

—Me lo imaginaba… —contestó con suavidad—. Por eso te he llamado. ¿Te apetece que vaya a verte? Podemos pasar el día juntas.

—No… —respondió Esther, cansada—. No me apetece salir.

—A mí tampoco —dijo Marta enseguida—. No tenemos por qué salir. Me refiero a quedarnos en casa. La tuya o la mía, me da igual. Pedimos comida china, vemos alguna peli mala de esas que nos hacen reír y hablamos.

Marta respiró hondo antes de añadir:

—Tengo muchas cosas que contarte, Esther. Y ahora mismo… ahora más que nunca necesito a mi mejor amiga.

Al otro lado del teléfono, Esther soltó un suspiro largo, como si por fin bajara la guardia.

—La verdad es que… me apetece mucho —dijo, con la voz algo más firme—. Ven. Te espero.

Marta sonrió, sintiendo cómo el nudo en el pecho aflojaba un poco.

—Voy para allá.

De la casa de Marta a la de Esther había unos treinta minutos de trayecto, siempre que no hubiera atascos. Marta condujo con la ventanilla ligeramente bajada y puso música suave, intentando aflojar la tensión que llevaba acumulada desde primera hora de la mañana. Necesitaba despejarse. Respirar. Sentirse normal, aunque fuera por un rato.




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