Habían pasado dos días desde la última conversación de Marta con Esther. Dos días en los que el tiempo parecía avanzar despacio, como si cada hora tuviera miedo de dar el paso a la siguiente. Fueron suficientes para pensar demasiado. Para pensar en todo.
En el último mes su vida había cambiado de forma abrupta. Demasiadas emociones acumuladas, demasiadas decisiones tomadas sin tiempo para asimilarlas. Marta repasó una y otra vez cada escena, cada palabra, cada pregunta sin contestación. Pensó en Hugo. En cómo la hacía sentir. En lo fácil que era perderse en sus brazos… y en lo difícil que resultaba entender su mundo.
Sopesó los pros y los contras, como si pudiera ponerlos en una balanza imaginaria. Amor frente a peligro. Deseo frente a miedo. Confianza frente a secretos. Pensó en lo correcto, en lo justo, en lo que debería hacer… y por primera vez, pensó también en Enrique sin rabia ni ironía. Solo con duda.
Las palabras de Esther seguían resonando en su cabeza, incómodas, persistentes, como una pregunta sin respuesta.
Necesitaba desconectar. Respirar. Volver a sentirse ella misma.
Se puso las zapatillas y salió a correr. Hacía días que no lo hacía y su cuerpo lo reclamaba. El aire fresco de la mañana le acarició el rostro, despejándole la mente poco a poco. Ajustó los auriculares y subió el volumen.
Alive, de Sia, empezó a sonar con fuerza.
Marta corrió dejando atrás calles, pensamientos y miedos. Durante ese rato solo existían sus pasos marcando el ritmo, la música vibrando en su pecho y la sensación de estar viva. Nadie la seguía. Nadie la vigilaba. No había miradas incómodas ni coches sospechosos. Solo ella.
Al regresar a casa, sudada y agotada, se metió directamente en la ducha. El agua caliente resbaló por su cuerpo llevándose el cansancio, aunque no las dudas. Luego se preparó un café, lo sostuvo entre las manos unos segundos, disfrutando del calor, y se vistió con calma.
Antes de salir, cogió un pequeño ramo de flores del jarrón del comedor.
Como casi cada día, fue a ver a su abuela.
El cementerio estaba tranquilo, envuelto en un silencio respetuoso. Marta se detuvo frente a la tumba y dejó las flores con cuidado.
—Hola, abuela —susurró—. Tengo un lío enorme en la cabeza.
Se sentó a su lado, como si aún pudiera escucharla.
Habló un buen rato con su abuela.
O, al menos, eso sentía Marta. Siempre se la imaginaba sentada a su lado, en aquel banco frente a la tumba, con las manos cruzadas sobre el regazo y esa mirada serena que tanto la calmaba. Marta le hablaba en voz baja, como si alguien pudiera escucharla, y en su cabeza Rocío le respondía, con el mismo tono pausado de siempre.
—¿Y tú qué harías, abuela? —preguntó Marta en un susurro—. Yo ya no sé si confiar, si esperar, si salir corriendo…
En su imaginación, Rocío la miraba con una leve sonrisa, sin juzgarla.
—No pienses tanto, niña —le decía—. Cuando la cabeza se llena de ruido, el corazón sigue sabiendo el camino.
Marta cerró los ojos un momento, dejando que esa voz la envolviera.
—Tengo miedo de equivocarme —confesó—. De hacer daño… o de que me lo hagan a mí.
La respuesta llegó clara, como siempre ocurría al final de aquellas conversaciones imaginadas. La misma frase que Rocío le decía desde que era pequeña, cada vez que dudaba.
Haz lo que tu corazón te dice.
Marta suspiró. Se levantó despacio, acarició la lápida con los dedos y se despidió en silencio. No tenía todas las respuestas, pero al menos sentía un poco más de calma.
De camino a casa aprovechó para hacer una pequeña compra. Nada especial: pan, fruta, algo para la cena. El día parecía tranquilo, incluso amable, como si el mundo le concediera una tregua.
Pero esa sensación se rompió en cuanto llegó a su portal.
Hugo estaba sentado en los escalones de la entrada.
—Hola, Hugo —dijo Marta, deteniéndose frente a él. Su tono fue neutro, contenido.
Hugo levantó la vista al verla.
—Parece que no te alegres de verme —respondió, sorprendido.
—No, claro que me alegro —contestó ella—. ¿Por qué no iba a hacerlo?
Hugo frunció ligeramente el ceño.
—Marta… —dijo—. ¿Va todo bien?
Ella dudó un segundo.
—Eh… sí, claro —respondió—. ¿Entramos en casa?
—Si quieres que pase… —dijo él, confuso.
Marta soltó una pequeña risa, más relajada.
—Hugo, no seas tonto. Pareces nuevo.
Entraron.
Hugo fue directo al comedor. Se dejó caer en el sofá y soltó un suspiro largo, cansado, como si llevara días arrastrando un cansancio que no era solo físico.
—¿Estás bien? —preguntó Marta, dejándose el bolso a un lado—. Te noto raro.
Hugo se pasó una mano por la cara, evitó mirarla durante unos segundos y finalmente habló.
—Marta… tenemos que hablar.
Su voz salió baja, cansada, casi un susurro.
Y en ese instante, Marta supo que la calma que había encontrado junto a la tumba de su abuela estaba a punto de desaparecer.
—¿Qué pasa, Hugo? —preguntó Marta, dando un paso hacia él—. No me asustes.
Hugo la miró en silencio durante unos segundos. Sus ojos recorrieron su rostro con una mezcla de cansancio y preocupación, como si pensara que ya la había perdido. Luego se levantó despacio, acortó la distancia entre ambos y sostuvo su cara con las dos manos, con una delicadeza inesperada.
Le dio un beso cálido, lento, tierno.
Marta cerró los ojos y se dejó llevar. Durante unos segundos, todo se detuvo. El mundo, las dudas, el miedo. Solo existía ese contacto, esa familiaridad que empezaba a ser peligrosa. El beso la relajó, le aflojó los hombros, le devolvió una calma frágil.
Cuando se separaron, ella abrió los ojos despacio.
—Hugo… —susurró—. Por favor. Dime qué pasa.
La voz de Marta no era exigente, sino vulnerable. Y Hugo lo supo en ese instante: ya no podía seguir callando sin hacerle daño.
—Marta, siéntate, por favor —dijo Hugo con una voz serena, demasiado serena.
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Editado: 07.08.2026