Lagunas de Pasión

El cerco policial

Ocho de la mañana.

El amanecer entraba perezoso por las cortinas de la habitación, dibujando sombras suaves sobre los cuerpos aún entrelazados. Marta despertó envuelta en los brazos de Hugo, con la respiración de él marcándole el ritmo en la nuca. La noche había sido intensa, profunda, de esas que no solo cansan el cuerpo, sino que remueven el alma.

Se quedó unos segundos inmóvil, escuchándolo dormir, disfrutando del aroma del cálido aire que expulsaba Hugo al respirar, así como, el silencioso y relajado latido de su corazón.

Con cuidado, se deslizó fuera de la cama y se dirigió al baño. La ducha de Hugo era amplia, moderna, obscenamente perfecta. Giró el grifo y el agua caliente cayó en forma de cascada sobre su cuerpo, relajándola al instante.

Usó su gel.

Ese aroma masculino, limpio y profundo, que ya formaba parte de ella. Cerró los ojos mientras la espuma recorría su piel. Sus manos siguieron el contorno de su propio cuerpo con lentitud. Se dejó llevar por su imaginación, sus manos se convirtieron en las manos de Hugo, se deslizaban por sus curvas, acariciaban sus senos y se paraban con deseo en sus partes más íntimas. El vapor lo envolvía todo y, sin quererlo, su mente volvió a la cama, a la boca de Hugo, a sus manos firmes, a la forma en que la había hecho sentir deseada… elegida, suya.

El deseo se encendió lento, profundo.

Apoyó la frente contra el azulejo, respirando con dificultad, consciente de que esa ducha era una tregua peligrosa. Un refugio breve antes de volver a una realidad que no daba descanso.

Cuando salió, envuelta en la toalla, el dormitorio estaba en silencio. Hugo ya no dormía.

Estaba sentado en el borde de la cama, con el móvil en la mano, el ceño fruncido y el cuerpo tenso, como si algo lo hubiera arrancado de golpe de ese momento íntimo que aún flotaba en el aire.

—Buenos días —dijo Marta en voz baja.

Hugo levantó la vista. Al verla, algo en su expresión se suavizó, pero no del todo.

—Buenos días —respondió—. Ven aquí.

Marta se acercó. Hugo la rodeó por la cintura y apoyó la frente en su vientre desnudo, respirando hondo, como si necesitara anclarse a ella.

—¿Pasa algo? —preguntó Marta, acariciándole el pelo.

—Sí… —dijo él tras unos segundos—. Y no me gusta nada.

—¿A qué te refieres?

Hugo se incorporó.

—Marta, ayer en tu casa encontré un micrófono —dijo sin rodeos.

—¿Un micrófono? —repitió ella, confusa—. ¿Dónde?

—Pegado debajo de la lámpara del comedor. Tranquila, ya no está. Lo recogió Héctor esta mañana, lo está examinando. Todavía no sabemos de quién es.

—¿Y quién podría haberlo puesto? —preguntó Marta, sintiendo un frío en la nuca.

—Para averiguarlo necesito que me digas quién ha estado en tu casa últimamente.

Marta pensó un momento.

—Pues… Rosario, mi vecina. A veces sube para dejarme el correo, galletas o pastelitos. Esther. Y bueno…

Se detuvo de golpe. Su rostro se volvió pálido.

Hugo la observó con atención.

—Marta… ¿quién más?

—Enrique —dijo al fin.

Hugo abrió los ojos un poco más.

—¿Él ha estado en tu casa? ¿Cuándo? ¿Por qué?

La incomodidad de Marta creció.

—Aquella noche en el club… se ofreció a llevarme a casa para disculparse por las groserías de Jorge. Y terminamos tomando una copa. Solo lo invité porque dijo que podía contarme lo que pasó entre vosotros. Joder, Hugo… —se llevó las manos a la cabeza— no me lo puedo creer. Me ha puesto un micrófono en casa. ¡Y luego el muy cabrón diciéndome que quería ser mi amigo!

La rabia le subió rápido.

Hugo se mantuvo calmado.

—Marta, tranquila. Él no quería ser tu amigo. Quería sacar información. Bueno… él no exactamente. Jorge. Es lo mismo. Pero no pasa nada.

—¿Cómo que no pasa nada? —replicó ella—. ¡Me siento idiota! ¡Confié en él!

—Escúchame —dijo Hugo, tomándole la mano—: de lo que hablamos en tu casa ya lo sabían. No han sacado nada nuevo.

—Aun así, me parece fuerte —murmuró Marta—. Yo pensaba que él…

—Lo sé. Y es normal. Enrique es muy bueno fingiendo cercanía.

—Cuando lo vuelva a ver voy a… —empezó Marta, furiosa.

—No —la cortó Hugo—. No vas a decirle nada.

Ella lo miró incrédula.

—¿Y quieres que haga como si nada? ¿Qué le sonría?

—Exacto —respondió Hugo—. Si él se entera de que descubrimos el micrófono, pasarán al siguiente paso. Ahora mismo no nos conviene calentar la situación. Necesito tiempo para pensar el siguiente movimiento.

—No sé si voy a poder actuar normal —admitió Marta.

Hugo se acercó y le dio un beso suave, para bajarle las defensas.

—Sí puedes —susurró—. Y lo vas a hacer muy bien.

Pegó la nariz a su cuello y respiró hondo.

—Joder, Marta… hueles a mí.

Ella sonrió sin querer.

—No sé cómo lo haces, Hugo… pero me desarmas cada vez que me hablas así.

Mientras desayunaban en silencio, compartiendo un café que ya se estaba enfriando, el móvil de Marta vibró sobre la mesa. La pantalla mostraba un número desconocido.

—¿Dígame? —respondió Marta, llevándose el teléfono a la oreja.

—¿Marta Rodríguez? —preguntó una voz femenina, seca, profesional.

—Sí, soy yo. ¿Quién es? —contestó Marta, enderezándose ligeramente en la silla.

—Mi nombre es Lorena Cano Méndez. Soy ayudante del agente Diego Gutiérrez —dijo sin rodeos—. Le llamo para informarle de que se requiere su presencia en la comisaría para responder a unas preguntas hoy a las doce y media de la mañana. ¿Estaría usted disponible a esa hora?

Marta frunció el ceño.

—¿Qué preguntas? —replicó—. Yo ya dije todo lo que sabía cuando me interrogaron.

Al otro lado de la mesa, Hugo levantó la mirada al instante. Su gesto cambió. Señaló discretamente el móvil y movió los labios sin emitir sonido: altavoz. Marta asintió y obedeció.

—Señorita Rodríguez —continuó la voz de Lorena, ahora amplificada en la cocina, se requiere de su presencia. Es todo lo que puedo decirle. No dispongo de información sobre el contenido del interrogatorio. Necesito que me confirme si va a presentarse.




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