Lagunas de Pasión

Amenazas en la oscuridad

—Hola, Marta. ¿Qué tal estás? ¿Cómo te ha ido el día? —preguntó Mari Carmen nada más verla entrar por la puerta del Lagunas.

Ya era de noche. El bar estaba lleno del murmullo habitual: tazas chocando, risas apagadas, conversaciones a medias. Marta se colocó el delantal y dejó el bolso bajo la barra.

—Bien, Mari. Muy bien —respondió con una sonrisa cansada—. Como siempre. Nada nuevo.

Mari Carmen alzó una ceja, divertida, y señaló discretamente hacia la cristalera.

—¿Nada nuevo? —repitió—. Pues yo no diría eso… Teniendo en cuenta de quién está aparcando ahí fuera.

Marta siguió su gesto y lo vio. Hugo estaba fuera aparcando el coche con calma frente al bar. Sintió un calor inmediato subirle a las mejillas.

—Mariiii… —protestó, bajando la voz.

—¿Qué? —respondió ella con una sonrisa pícara—. ¿Aún vas a decirme que solo sois amigos? Mmm…

—No —admitió Marta—. No somos solo amigos.

—¡Ayyyy, cariño! —exclamó Mari Carmen, llevándose una mano al pecho—. Cuánto me alegro por ti, de verdad.

La observó con atención unos segundos.

—¿Sabes? La primera vez que lo vi me pareció un hombre… raro — confesó—. De esos que una no quiere ni cruzarse por la calle. Arrogante, frío, con cara de pocos amigos.

Marta tragó saliva.

—Pero mirándote ahora… —continuó Mari Carmen— esa luz que tienes en la cara, esa vidilla… eso no lo da cualquiera. Y me hace pensar que es un buen hombre. Porque si no, tú no estarías con él, ¿verdad?

Le dio un codazo suave en el costado.

—Pues sí —respondió Marta con una sonrisa sincera—. Tienes razón. Es un buen hombre.

—Eso sí… —añadió Mari Carmen con tono conspirador—. ¿No es un poco mayor para ti?

—¡Mari! —rio Marta—. Tampoco tanto.

Desde la cocina, José Ramón asomó la cabeza, con una cuchara en mano.

—¡Venga, chicas! —gritó—. Dejad la cháchara que tenemos clientes que atender.

—¡Ya vamos, pesado! —respondió Mari Carmen entre risas—. Anda, Marta, ponte al lío.

Marta empezó a atender mesas, pero no pudo evitar mirar de reojo hacia la puerta. Hugo ya estaba entrando, elegante como siempre, observándolo todo con esa calma que solo él parecía tener.

Por un momento, el Lagunas volvió a ser solo eso: un bar acogedor, una noche normal, una chica enamorada.

Mari Carmen se acercó a la barra justo cuando Hugo se acomodaba en el taburete, apoyando los antebrazos con tranquilidad.

—Hola… Hugo, ¿verdad? —preguntó ella, observándolo con atención.

—Sí, señora —respondió él con educación.

—Me alegro de volver a verte. ¿Cómo estás? —añadió Mari Carmen con naturalidad, aunque su mirada era más inquisitiva de lo que aparentaba.

—Bien, gracias —contestó Hugo.

Al fondo del local, Marta tomaba nota en una mesa, ajena —o eso creía— a la conversación que estaba a punto de empezar.

—¿Qué te sirvo, Hugo? —preguntó Mari Carmen, cogiendo una taza.

—Un café solo, por favor, si es tan amable.

—Claro… ahora mismo —respondió ella—. Pero antes, contéstame una cosa.

Hugo levantó la vista, curioso.

—Dígame.

—¿Qué intenciones tienes con Marta? —preguntó Mari Carmen sin rodeos.

Hugo esbozó una sonrisa leve. Durante un segundo pensó en esquivar la pregunta; no era asunto suyo y lo sabía. Pero también entendió que aquella mujer no hablaba por cotilleo, sino por cariño.

—Mis sentimientos por Marta son sinceros —dijo finalmente—. Y limpios. Quizá todavía no pueda decir que estoy enamorado… pero sí sé que siento algo muy especial por ella.

Mari Carmen asintió despacio.

—Más te vale ser honesto, Hugo —advirtió—. No me gustaría tener que ir a buscarte si le haces daño. Marta es muy enamoradiza… y no quiero que vuelva a sufrir.

—¿Vuelva? —preguntó Hugo, atento.

—Sí —respondió ella—. Estuvo seis años con un chico. Estaba muy enamorada. Y él le rompió el corazón yéndose con su mejor amiga.

—¿Esther? —preguntó Hugo, sorprendido.

—No, Esther no —negó Mari Carmen—. Esther llegó después. Fue ella quien la ayudó a salir de aquel pozo. Desde entonces son inseparables, y me alegro. Marta es de pocos amigos, ¿sabes? Si quieres formar parte de su mundo… más te vale no decepcionarla.

La advertencia quedó suspendida en el aire.

Desde el fondo del local, Marta se dio cuenta de que Mari Carmen hablaba con Hugo más de lo habitual. Algo en su tono la puso en alerta. Se acercó justo cuando Mari Carmen concluyó:

—Entonces… ¿un café solo, ¿verdad?

—Sí, un café solo, por favor —confirmó Hugo.

Mari Carmen se giró para prepararlo.

—¿De qué estabais hablando? —preguntó Marta, mirándolo con curiosidad.

—De lo maravillosa que eres —respondió Hugo sin dudar.

Se inclinó y le dio un beso suave, breve, en los labios.

Marta lo miró con una mezcla de duda y sonrisa.

—Claro… —dijo al final—. Bueno, vuelvo al trabajo. Hoy estamos a tope.

Pensó unos segundos y luego se acercó un poco más y, en voz baja, casi rozándole el oído, preguntó:

—Hugo… ¿sabes algo ya sobre aquel micrófono?

Hugo giró el rostro hacia ella despacio. Su mirada buscó la de Marta con una calma estudiada, como si quisiera envolverla en una sensación de control que sabía frágil.

—No —respondió—. Pero se de sobra que fue Enrique. No podría haber sido otro… a no ser que tus amigos no sean tan amigos como piensas.

Marta negó de inmediato, molesta.

—No digas tonterías, Hugo. Claro que ha sido Enrique. Mis amigos no tienen nada que ver con todo esto. Es absurdo pensarlo siquiera.

Hugo no insistió. Solo asintió levemente, como quien guarda una carta para más adelante.

—¿Qué vas a hacer ahora? —preguntó Marta, con un nudo en el estómago.

—Voy a hablar con Enrique —contestó él—. Le dije que estaría aquí. Pero cuando venga, quiero que te mantengas al margen. No intervengas, ¿de acuerdo?

Marta frunció el ceño, inquieta.

—De momento, él no sabe que encontré el micrófono en tu casa —añadió Hugo—. Por cierto, Héctor lo ha dejado otra vez en su sitio. Debajo de la lámpara. Se quedará ahí hasta que se aclare todo. Es mejor así.




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