Lagunas de Pasión

El juego del deseo

En cuanto entraron en la casa de Hugo, Marta se dejó caer en el sofá sin poder controlar el llanto. Lloraba sin descanso; su cuerpo temblaba, la respiración se le escapaba entre sollozos, y el poco rímel que llevaba ya no estaba en sus pestañas, sino corrido por sus mejillas.

—Hugo… ¿qué va a pasar ahora? —logró decir, ahogada—. ¿Por qué has hecho eso? ¿Irás a la cárcel?

Su voz era un intento fallido de racionalidad, pero el miedo le nublaba el pensamiento. No conseguía hilar ideas. Solo sentía.

—Hugo… dime algo, por favor…

Hugo no dudó. Se arrodilló frente a ella, puso una rodilla en el suelo y tomó su rostro entre las manos, obligándola a mirarlo.

—Marta, mírame —dijo con un tono bajo pero firme—. Tranquila, ¿de acuerdo? No va a pasar nada. En esos callejones lo que ocurre, se queda allí. Nadie nos vio. Ni yo voy a ir a prisión ni a ti te va a pasar nada. ¿Entiendes?

Su tono estaba cargado de culpa… y de algo más: miedo a perderla.

—¿Por qué te fuiste con Enrique? —sollozó Marta—. ¿Por qué me dejaste sola? Dijiste que me protegerías…

—Lo sé —respondió Hugo, bajando la mirada un segundo—. Lo sé, cielo. Y me siento miserable por eso. No voy a perdonarme nunca lo que te ha pasado esta noche. Marta… no volveré a separarme de ti. ¿Me oyes? Nunca.

Marta trató de respirar hondo.

—¿Quién era, Hugo…? ¿Quién era ese hombre? ¿A dónde me llevaba?

—Era uno del Negro —respondió Hugo sin evasivas—. Trabajaba para él. Te llevaba con él.

Marta se tensó.

—¿Está muerto? —fue casi un susurro.

—Sí. Está muerto —dijo Hugo—. Héctor se encargará de todo. Nadie sospechará de nosotros. Si no hay cuerpo… no hay delito.

—Joder, Hugo… —Marta apoyó las manos en la cara, desesperada—. ¿Qué va a pasar ahora? No me van a dejar en paz. Me van a matar. Me van a matar…

—Eso no va a pasar —dijo Hugo acercándose más—. Te lo prometo. No dejaré que nadie te haga daño. Nunca.

Marta lo miró, buscando aire entre las lágrimas. Cuando consiguió serenarse un poco, preguntó en voz baja, todavía confusa, todavía aturdida por todo lo ocurrido:

—¿De qué hablabas con Enrique? ¿A dónde fuisteis?

Hugo sostuvo su mirada unos segundos. Supo, en ese instante, que no podía ocultarle nada. Marta no lo merecía. Así que, sin rodeos ni preámbulos, le contó la verdad.

—Cuando estuvimos en el bar —empezó—, le dije que había localizado el micrófono. También le dejé claro que tú no sabías nada y que prefería que siguieras al margen de todo esto. Luego le pregunté por qué lo había puesto.

Marta abrió ligeramente los ojos.

—¿Y qué te dijo? —preguntó.

—Que fueron órdenes de Jorge —respondió Hugo—. Le creo, Marta. Enrique y yo estamos distanciados, pero aún existe cierto respeto entre nosotros. Dijo que tenía que hacerlo. Pero también me dijo que no quiere que te pase nada malo y en esto estoy de acuerdo con él. Jorge está tramando algo que tiene que ver contigo, pero el aún no sabe que es, pero lo averiguará para evitar lo que pueda pasar. Después… me preguntó por ti. Por lo que hay entre nosotros.

Marta tragó saliva. Esas últimas dos frases pasaron desapercibidas, sin dar importancia alguna, volvió a lo último que Hugo dijo sobre Enrique. Hugo lo vio enseguida y le siguió la conversación.

—¿Y…?

—Dijo que quería protegerte —continuó Hugo—. Igual que yo.

Ella lo miró con atención, algo más serena.

—¿Crees que le importo? —preguntó, casi con miedo a la respuesta.

Hugo asintió despacio.

—Creo que le gustas.

Aquellas palabras le dolieron más de lo que esperaba admitir. Se le notó en la voz cuando añadió:

—Pero tranquila. Lo entiendo. No pasa nada. Eres muy atractiva, Marta… y no hablo solo de físico. Tienes esa forma dulce de ser que atrae a cualquiera. No le culpo por ello, ni estoy enfadado.

—Hugo, yo no… —empezó ella.

—Lo sé —la interrumpió con suavidad—. De verdad, lo sé.

Hugo respiró hondo, intentando bajar la intensidad del momento. —Ahora ve a ducharte y descansa un poco —dijo con ternura—. Mañana seguiremos hablando, ¿vale? Ya son casi las cinco de la mañana y hoy es tu graduación. Quiero que estés descansada. Es un día muy importante para ti.

Marta lo miró fijamente.

—Vas a estar allí, ¿verdad? —preguntó—. Quiero que me acompañes, Hugo.

Él tomó su mano con firmeza.

—Claro que estaré —respondió sin dudar—. No pienso perderme algo tan importante. Además… ese vestido tiene que quedarte divino.

Marta sonrió, agradecida.

—Hugo… —su voz volvió a temblar—. No consigo quitarme a ese hombre de la cabeza. Tengo miedo.

Hugo acercó su frente a la de ella.

—Shhh… tranquila, cariño —susurró—. No le des más importancia de la que merece. No era un buen hombre y quería hacerte daño. Lo que le pasó… se lo buscó. Todo irá bien. Confía en mí.

Parecía querer dar la conversación por terminada, pero Marta aún tenía una duda clavada en el pecho.

—Hugo… ¿a dónde fuisteis exactamente con Enrique?

—A ninguna parte —respondió—. Solo nos alejamos un poco del local para hablar de lo ocurrido cuando rompimos nuestra amistad. Le dije la verdad. Ahora está en sus manos creerme o no.

Marta asintió lentamente.

—¿Y cómo supiste dónde estaba yo? —preguntó al fin.

Hugo suspiró.

—Si te lo digo, te enfadarás.

—Hugo… por favor.

—Te encontré gracias a un localizador que puse en tu reloj hace dos días. Desde que supe que el Negro te necesitaba… no pude quedarme tranquilo. No quería alarmarte más, por eso no te lo dije. Volví al bar a por ti y al ver que ya no estabas, miré el rastreador, me alarmé al ver que te desplazabas muy deprisa por las calles, que llevan al local del Negro, fui inmediatamente tras el rastro, y gracias a Dios, llegué a tiempo.

Cuando terminó de hablar, la miró con auténtica preocupación.

—Marta… dime algo. Estás muy callada. ¿Estás enfadada conmigo?




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