Lagunas de Pasión

Heridas que no se ven

El domingo amaneció lento, con olor a café recién hecho y la mente cansada, aún aturdida por todo lo sucedido.

Marta y Hugo desayunaban frente a frente. Él la observaba con la misma calma con la que se estudia un mapa antes de una batalla. —Marta, ¿va todo bien? —preguntó por fin.

Ella levantó la mirada con un gesto casi indiferente.

—Sí. ¿Por qué no iba a ir bien?

Hugo sonrió de lado, esa sonrisa que desarma pero que no engaña.

—Porque te voy conociendo. Y tu cara es un libro abierto. Cuéntame qué pasó anoche con Enrique.

Marta tragó saliva y dejó la taza sobre el plato con un sonido seco.

—Pues… sin querer dejé entender que sabía lo del micrófono, hablamos, discutimos y bueno…

Hugo alzó una ceja, pero no la interrumpió.

—En resumen —continuó ella— me dijo, con su tonito, que ahora que vivo contigo se alegraba porque dejaría de hacerse las… sus cosas… escuchando cómo yo disfrutaba… —hizo un gesto con la mano, buscando una palabra que no quería decir— …bueno, escuchándome en el dormitorio.

Hugo la miró dos segundos y entonces se echó hacia atrás en la silla soltando una carcajada.

—¿De qué te ríes? —preguntó Marta ofendida— ¡Te estoy diciendo que se… se…!

—Que se masturbaba, Marta. No pasa nada, puedes decirlo. —y seguía riéndose— Eso te pasa por no hacerme caso cuando te decía que bajaras la voz… que alguien podría escuchar tus gemidos.

Marta releyó la escena en su cabeza y terminó riéndose también.

—Eres un idiota —soltó entre risas.

Hugo sonreía todavía cuando añadió:

—¿Y tú qué hiciste?

—Le di una bofetada. Le llamé cerdo. Y me fui.

—Esa es mi chica —añadió Hugo con satisfacción.

Rieron un rato más. Pero fue una risa corta. De las que alivian, pero no curan.

Cuando la risa cesó, Marta se puso seria.

—Aparte de eso… Enrique estaba muy dolido contigo. Dijo que confió en ti. Que tú le prometiste no decirme nada. Parecía… traicionado.

Hugo dejó la taza. Su mirada perdió el brillo divertido.

—Ya hablaré con él —dijo simplemente.

—¿Crees que te perdonará?

Hugo se encogió de hombros, como si el asunto no le quemara por dentro.

—Lo de anoche retrasará las cosas, sí. Justo cuando empezábamos a recomponer lo que quedaba. Pero no te preocupes por eso. Ya se me ocurrirá algo.

Acarició el rostro de Marta con los dedos. Era un gesto íntimo, casi inconsciente.

—Escúchame —dijo Hugo, acercándose lo justo para que solo ella pudiera oírlo—. La próxima vez, sé prudente. Di lo que necesites decir… pero lo nuestro, Marta, que se quede entre tú y yo.

—¿Quieres recuperarlo como amigo? —preguntó ella.

Él sostuvo su mirada unos segundos antes de responder.

—En cierto modo.

—¿En qué sentido? —insistió Marta, extrañada.

Hugo apoyó los codos sobre la mesa, inclinándose.

—Necesito sacarlo de la órbita de Jorge. Si lo tengo más cerca de mí que de él… será útil cuando llegue el momento.

Marta frunció el ceño.

—¿Qué tienes planeado?

Hugo la miró sin evasivas. Sin adornos. Sin máscaras.

—Matarlo —dijo simplemente.

Marta sintió un escalofrío recorrerle la espalda. No por la palabra. Por la seguridad con la que la pronunció. Hugo no hablaba de posibilidades: hablaba de un destino.

—Entonces prométeme que tendrás cuidado —dijo ella al fin—. Por favor.

Se inclinó y le dio un beso.

Luego se levantó de la mesa con una naturalidad que no coincidía con lo que acababa de escuchar.

—Voy a ducharme. ¿Vienes conmigo?

Hugo tardó unos segundos en reaccionar. La observó de pie, caminando hacia el pasillo, con el cabello suelto y el cuerpo relajado… y una parte de él sintió orgullo. Pero otra sintió una punzada amarga, algo incómoda.

Porque en ese instante entendió algo:

Marta estaba cambiando. Por él. Por su mundo. Y aunque todos deberían celebrarlo, Hugo no lo hizo.

A él le gustaba Marta humana. Vulnerable. Capaz de llorar por los muertos y temblar por los vivos. Y empezaba a temer que ese mundo suyo, sucio y violento, pudiera robar su esencia.

El día transcurrió con aparente normalidad. Marta disfrutó de su jornada de prácticas: correcciones, aprendizaje, pequeñas responsabilidades que la hacían sentir útil, viva. Hugo, por su parte, se sumergió en su rutina como uno más: reuniones interminables, llamadas breves, papeleo acumulado. Todo parecía seguir su curso habitual. Como si nada hubiera pasado. Como si nada estuviera a punto de pasar.

—Hola, cariño —dijo Marta al descolgar el teléfono, con una sonrisa que se le notaba en la voz—. ¿Te parece bien que pasemos a por comida tailandesa antes de ir a casa? Me apetece mucho para cenar.

—Hola, amor —respondió Hugo—. Sí, tailandés suena bien. Cuenta con ello.

Su tono era serio. Distante. Como si estuviera en otro lugar.

Marta lo notó al instante.

—Hugo… ¿va todo bien? —preguntó con suavidad.

Él tardó un segundo en contestar.

—Estoy preocupado por ti, Marta. Eso es lo que pasa.

—No te preocupes —respondió ella con calma—. Enrique es un gilipollas, ya está. No le des más vueltas.

—No es por Enrique —replicó Hugo—. Me preocupa que te estoy viendo cambiar. Cuando te hablé de mis planes con Jorge… reaccionaste con una tranquilidad que no esperaba. Como si no te importara nada.

—Es que no me importa, Hugo —dijo Marta sin titubear—. Lo que le pase a Jorge me da exactamente igual. Él también es un gilipollas.

Hugo apretó los labios.

—Lo sé. Pero no esperaba esa reacción. Me preocupas, Marta. No quiero que cambies. Me gustas como eres… tierna, sensible, cariñosa.

—Te falta cariño —lo interrumpió ella, casi sin pensar.

—No, no es eso —respondió él, algo descolocado—. Bueno… mira, dejémoslo aquí. Hoy podría ser un buen día. Hagamos el esfuerzo de que lo sea, ¿te parece?

—Sí, claro —contestó Marta con naturalidad—. Por mí, perfecto. Te dejo, voy a terminar unas cosas. Te aviso cuando salga.




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