—Marta, sabes que no necesitas seguir trabajando en el Lagunas si no quieres —dijo Hugo mientras conducía su todoterreno negro, con la vista fija en la carretera. Si decides dejarlo, no tendrás que ni preguntarlo.
Marta giró la cabeza hacia él, sorprendida… y molesta.
—¿Y por qué iba a dejarlo? —replicó—. De momento solo estoy haciendo prácticas. No tengo el puesto asegurado y necesito dinero para mis cosas, Hugo. Que viva contigo no significa que vaya a convertirme en una mantenida.
Hugo apretó ligeramente el volante.
—No me refería a eso, Marta.
—¿Ah, ¿no? —preguntó ella, cruzándose de brazos—. Entonces explícate.
Hugo guardó silencio unos segundos, como si buscara las palabras adecuadas.
—Mira… vamos a dejar esta conversación —dijo finalmente, con un tono contenido.
Marta bajó la mirada, arrepentida.
—Perdona… no quería contestar así —dijo en voz más baja.
—Si querías Marta —respondió Hugo, sin dureza, pero dolido—. Y lo respeto. Pero no es solo eso. Hay algo más. Y, siendo sincero, pensaba que ya teníamos la confianza suficiente como para no guardarnos secretos.
Ella soltó una risa breve, cargada de ironía.
—¿Confianza? Claro… aquí para los secretos. Los tuyos.
Hugo giró la cabeza hacia ella, sorprendido e indignado.
—¿Qué quieres decir con eso?
—Nada —respondió Marta, cortante—. Olvídalo. Dejemos esta conversación absurda. Hoy quiero una noche tranquila, ¿vale?
Hugo iba a replicar, pero Marta lo interrumpió de repente, señalando hacia atrás a través del retrovisor.
—Hugo… mira ese coche.
—¿Cuál? —preguntó él, atento.
—El que va justo detrás del blanco… no. El de detrás de ese.
Hugo enfocó la vista. Un coche gris oscuro avanzaba a una distancia constante. Un BMW X2.
Marta sintió cómo se le helaba la sangre.
—Es él… —susurró—. Hugo, es El Negro.
El conductor del BMW no apartaba la mirada del todoterreno. Sus ojos, visibles incluso desde la distancia, estaban clavados en ellos.
—¿Qué hacemos? —preguntó Marta, con la voz temblorosa.
—Tranquila —respondió Hugo con firmeza—. Mantén la calma. Estamos en plena carretera, no hará nada aquí.
Giró el volante bruscamente y tomó una calle a la derecha.
El BMW los siguió.
—Mierda… —murmuró Hugo.
Tomó otra calle. El coche gris volvió a girar tras ellos.
—Nos está siguiendo —dijo Marta, con un nudo en la garganta.
—Sí —respondió Hugo entre dientes—. El muy hijo de puta.
—Vamos a la comisaría —propuso ella, desesperada.
—No serviría de nada —negó Hugo—. Créeme. Vamos al Lagunas. Habrá gente. No creo que sea tan estúpido como para montar un numerito allí.
Aparcaron frente al bar. Hugo redujo la velocidad con aparente calma. El BMW pasó lentamente junto a ellos y se detuvo justo a la altura de la ventanilla del conductor.
El tiempo pareció detenerse.
La ventanilla del copiloto del BMW bajó despacio.
Hugo bajó la suya.
Las miradas de Hugo y El Negro chocaron como dos animales a punto de saltar uno sobre el otro. El aire se volvió irrespirable.
—Ya nos veremos, Hugo.
Hugo, con la mandíbula tensa y los ojos cargados de rabia, respondió sin titubear:
—Eso espero. Y pronto.
Durante unos segundos interminables, ninguno apartó la mirada. Marta estaba paralizada en el asiento del copiloto, incapaz de decir una sola palabra, con el corazón desbocado y una única plegaria repitiéndose en su cabeza: que termine… por favor, que termine ya.
El Negro levantó la mano lentamente. Sus dedos formaron la silueta de una pistola. Hizo el gesto de disparar. Sonrió, arrancó el coche y se perdió calle abajo.
La tensión que Hugo había acumulado en ese instante cobró vida propia. Era densa, palpable, como un animal agazapado bajo su piel. Marta lo observó en silencio, con el corazón encogido, intentando leerlo sin palabras. Entonces lo vio.
Una lágrima se deslizó lentamente desde su ojo derecho.
Aquello la partió en dos.
Sintió una punzada de culpa tan intensa que casi le faltó el aire. Se sintió miserable por el trato que le había dado ese día. Hugo no se lo merecía. No él. No después de todo lo que hacía por protegerla, por sostenerla incluso cuando él mismo se estaba rompiendo.
No lo mereces, pensó.
—Hugo… cariño, ven aquí —susurró Marta, inclinándose hacia él con la intención de abrazarlo, de envolverlo, de decirle sin palabras que no estaba solo.
Pero Hugo no se movió.
—Marta, ve al trabajo —dijo con voz contenida—. Llegas tarde, amor.
Seguía mirando al frente, inmóvil, como si el mundo entero se hubiera detenido justo ahí. No la miró. No porque quisiera ser frío, sino porque no sabía cómo gestionar tanta ternura. No estaba acostumbrado a ella. A veces, incluso cuando la necesitaba, no sabía recibirla.
Marta lo entendió.
Y aunque le dolió, no quiso agobiarlo.
El miedo la atenazaba por dentro: por lo que él pudiera hacer en cuanto ella cerrara la puerta del coche, por la rabia que había visto nacer en sus ojos. Pero, aun así, lo respetó.
—Nos vemos después —dijo en voz baja.
Sin beso de despedida. Sin caricias.
Solo ese hilo de palabras, y luego el silencio.
Salió del coche y cerró la puerta con cuidado, como si temiera hacer ruido en un corazón ya demasiado herido.
Hugo se quedó allí, con la mirada fija en el vacío. No veía la calle, ni los coches, ni el bar. Solo veía una oportunidad, ganas, formándose en su interior. Venganza. Justicia. O lo que él necesitara para saciar su interior.
Cuando Marta entró al bar, no pudo evitar girarse una última vez.
Desde la puerta lo vio aún sentado en el coche.
Ya no era el hombre fuerte, seguro, protector. En ese instante le pareció un niño perdido, roto de dolor, abandonado a su suerte. Y el corazón de Marta empezó a latir con tanta fuerza que juraría que podía escucharlo retumbarle en los oídos.
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Editado: 07.08.2026