Pasaron cuatro días más. Marta y Hugo acababan de cumplir dos meses juntos. Oficialmente.
—Tía, cuánto me alegro por ti —dijo Esther al otro lado del teléfono—. ¿Vais a celebrarlo?
—No lo sé… —respondió Marta, dudando.
—¿Cómo que no lo sabes? —insistió Esther—. Es vuestro mini aniversario. ¡Claro que tenéis que celebrarlo! El primero lo dejasteis pasar, pues este tendréis que celebrar lo, ¿no?
—Es que Hugo y yo estamos un poco… fríos últimamente —admitió Marta, bajando la voz.
—¿Fríos? —preguntó Esther, preocupada—. ¿A qué te refieres?
—Hemos discutido bastante estos días. No es el mejor momento para celebraciones —respondió—. Pero bueno, ya se me ocurrirá algo.
—Vaya… lo siento, Marta. Pero no será por algo grave, ¿no?
—No, no —se apresuró a decir—. Nada grave. Seguro que lo solucionamos.
—Vale… —dijo Esther, sin sonar del todo convencida.
—Te dejo, ¿vale? Tengo que volver a mi mesa —añadió Marta—. Estoy en el baño de la editorial.
Colgó el teléfono y se quedó mirando su reflejo en el espejo. No le gustó haberse visto obligada a mentirle a su mejor amiga, pero sabía que era necesario.
Su plan empezaba ahí.
Esther estaba en contacto con Enrique desde que se conocieron en la graduación. Marta lo sabía. Y también sabía que, si volvían a hablar, Esther acabaría contándole —sin mala intención— que ella y Hugo se estaban distanciando.
Eso era justo lo que necesitaba.
Que Enrique creyera que había una grieta. Que Marta estaba más accesible. Que Hugo ya no era un bloque infranqueable. Y, sobre todo, que su lealtad a Jorge empezara a tambalearse.
Si el plan funcionaba, Enrique dejaría de hacer el trabajo sucio para Jorge. Y entonces Hugo tendría el camino despejado para culminar lo que llevaba tiempo preparando.
Marta lo había pensado todo.
Y no quiso ocultárselo a Hugo.
Se lo contó mientras caminaban hacia el cementerio, de camino a visitar a su abuela. Volvieron a hablarlo más tarde, durante la cena. Analizaron cada posibilidad, cada riesgo, cada consecuencia.
Hugo no dijo nada durante un buen rato. La observaba con atención, midiendo no solo el plan, sino a ella.
Al final, asintió despacio.
—Es arriesgado —dijo—. Pero es creíble. Y podría funcionar.
Marta sostuvo su mirada sin titubear.
Hugo suspiró, aceptando lo inevitable.
—De acuerdo —concluyó—. Hagámoslo.
Esa misma noche, Marta recibió una llamada. En la pantalla: Enrique.
Contuvo el aire un segundo, organizó la voz y deslizó el dedo para aceptar.
—Hola —dijo con calma.
—Hola, Marta —respondió Enrique—. ¿Cómo estás?
—Bien, Enrique. Bien. ¿Por qué lo preguntas?
—Hablé con Esther esta tarde —explicó él—. Me dijo que tú y Hugo habíais discutido. Me preocupé. Me preguntaba si estabas bien… ¿te molesta que te haya llamado?
—No —contestó Marta—. Para nada. Gracias por preocuparte. Estoy bien. Es cierto que discutimos, sí… pero nada serio. Lo arreglaremos.
Hubo un breve silencio al otro lado, antes de la siguiente pregunta, más personal.
—¿Estás en casa de Hugo? —preguntó finalmente.
Marta sonrió para sí al escuchar la pregunta.
—Sí. Sigo aquí. Desde lo que pasó en mi casa… todavía no me siento del todo segura para volver. Aunque sé que, si volviera, estaría vigilada —añadió con un toque de humor, suavizando el terreno.
—Joder… es verdad. El micrófono. Se me había olvidado —dijo Enrique—. Si quieres, quedamos un día en tu casa y me lo llevo, no se enteraría nadie.
— Y Jorge?
—Ya se me ocurrirá qué decirle a Jorge.
—No, Enrique. No hace falta. No quiero que tengas problemas por mi culpa.
—Tú nunca podrías darme problemas —respondió él sin dudar.
Marta calló unos segundos, meditando cada palabra. Había cosas que convenía dejar flotar, otras que convenía dirigir.
—Bueno… lo cierto es que sí que me gustaría poder volver a mi casa —dijo por fin—. Necesito coger unas cosas, y ahora mismo… no quiero pedírselo a Hugo. ¿Me entiendes?
—Sí. Te entiendo perfectamente —respondió Enrique—. Si quieres te acompaño. Así podré volver a pedirte disculpas… en persona… por lo que te dije el otro día.
—Enrique… ya te perdoné. De verdad. No hace falta que sigas disculpándote —dijo Marta con suavidad, casi con ternura—. Mira… si te apetece, quedamos mañana. Ven a recogerme a la editorial y vamos directos a mi casa. Tendremos todo el trayecto para hablar de lo que sea. ¿Te parece?
—Me parece muy bien —respondió él con una satisfacción que no intentó disimular—. Estaré encantado de ir a por ti. Hasta mañana, Marta.
—Hasta mañana, Enrique.
Colgó.
Entonces levantó la vista.
Hugo estaba apoyado en el marco del pasillo, brazos cruzados, estudiándola con una mezcla de atención y aprobación.
—Bien hecho, amor —dijo al fin—. Muy convincente.
Y lo decía en serio. Pero lo más inquietante para él no era lo convincente del plan.
Era lo convincente que resultaba ella.
—Hola, Enrique —dijo Marta al sentarse en el coche.
Le dio dos besos, y al apartarse Enrique la observó con atención. Ella sonreía, sí, pero había algo apagado en su gesto, una tristeza mal disimulada.
—¿Estás bien? —preguntó él al arrancar—. Sonríes… pero estás triste.
Marta apoyó la espalda en el asiento y suspiró suavemente.
—Supongo que sí. Estoy intentando arreglar las cosas con Hugo —admitió—. Me gusta mucho. Vivo con él… y no me gusta que estemos así.
—En eso no puedo ayudarte —dijo Enrique tras unos segundos—. Es cosa vuestra. Pero si me permites decirte algo… Hugo es un capullo por dejarte pasarlo mal por una discusión. O dos. No debería tratarte así.
A Marta le ardió el comentario por dentro. Estuvo a punto de responder de inmediato, defenderlo, pero se obligó a respirar. No podía dejarse llevar.
—¿Tú crees? —dijo al fin, midiendo las palabras—. A veces pienso que es rencoroso… o quizá orgulloso. No lo sé. Pero no es un capullo, Enrique.
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Editado: 07.08.2026