Lagunas de Pasión

Entre sombras y promesas

—Pásame con el Negro —dijo el agente Gil por teléfono, mientras aplastaba el cigarrillo contra el suelo húmedo de la salida trasera de la comisaría.

El silencio duró apenas un segundo.

—¿Qué quieres? —respondió la voz al otro lado, grave, áspera—. Sabes perfectamente que no puedes llamarme cuando te da la gana. Así que más te vale que sea importante.

Gil respiró hondo. No era la primera vez que hablaban así, pero cada llamada era una prueba de resistencia.

—Ya sabemos quién es ese hombre —dijo al fin—. Se llama Hugo Ferrer. Es de Barcelona. Creció en el Raval. Su padre—

—Ya sé quién es —lo cortó el Negro, sin darle opción a terminar—. Lo sé desde hace casi un mes.

Gil apretó la mandíbula.

—Si quieres, te puedo dar más información que quizás tu no tengas. Tengo acceso a movimientos, a informes—

—Tu información ya no me sirve, perro —soltó el Negro con desprecio—. Estás perdiendo facultades, Gil. Y cuando alguien empieza a fallar… deja de ser útil.

—Javi… —dijo Gil, bajando la voz—. Yo nunca te he fallado. Nunca. Solo intento—

—Solo intentas protegerte —volvió a interrumpirlo—. ¿Eso era todo lo que querías decirme?

Gil dudó un instante, pero se lanzó.

—He pensado que quizá deberíamos volver a llamar a la chica. Presionarla un poco más. Chantajearla. Incluso… —tragó saliva— incluso podríamos colocarle algo. Droga, por ejemplo. Eso la haría hablar.

Hubo una pausa. Demasiado larga.

—La chica ya no me interesa —respondió el Negro finalmente, con una calma inquietante—. Tengo otro plan.

—¿Cuál? —preguntó Gil, incapaz de ocultar la ansiedad.

Al otro lado del teléfono se escuchó una risa baja, burlona.

—¿De verdad crees que voy a contártelo a ti? —dijo—. No es asunto tuyo. Ahora lo único que tienes que hacer es quedarte quieto. En la sombra. Como siempre.

Gil apretó el móvil con fuerza.

—Me harás falta para la limpieza —añadió el Negro—. Cuando llegue el momento. Hasta entonces… no existas.

La voz bajó un tono, casi amable.

—Ah, y dale recuerdos a tu mujer de mi parte.

La llamada se cortó sin despedidas.

Gil se quedó mirando la pantalla negra del teléfono durante varios segundos. Luego apretó los dientes y murmuró, con odio contenido:

—Hijo de puta… algún día llegará tu hora. Y ese día veremos quién acaba siendo el perro de quién.

Al otro lado de la ciudad, lejos de amenazas visibles, el día de Marta y Hugo transcurría con normalidad.

Desayunaron juntos sin prisas: cafés calientes, croissants aún tibios, zumos de naranja recién exprimidos y fruta de temporada compartida entre risas suaves y silencios cómodos. Después salieron a correr, uno al lado del otro, acompasando la respiración, como si ese simple gesto bastara para recordarse lo mucho que se querrían.

Más tarde visitaron a Rocío.

Marta, como hacía siempre, se sentó frente a la tumba de su abuela y le habló de su día, de lo que vendría después, de pequeñas decisiones cotidianas. Pero aquella visita fue distinta. Menos íntima. Hugo estaba a su lado, en silencio, respetuoso. Con tantos frentes abiertos, ambos sabían que separarse ya no era una opción.

Mientras que disfrutaban de la comida, Marta vio el momento perfecto para comentar los cambios que quería añadir a su plan.

—Hugo… —dijo Marta de pronto—. Estoy pensando que, cuando vuelva a ver a Enrique, quizá debería decirle que hemos arreglado las cosas. Que ya estamos bien otra vez.

Hugo la miró de reojo, atento.

—¿Y qué le dirías exactamente?

—No sé… algo sencillo. Algo como: “Hablamos y entendimos que no vale la pena estropear algo tan bonito por una tontería.”

Hugo alzó una ceja.

—¿Y si te pregunta qué tontería?

Marta sonrió, ladeando la cabeza.

—Pues ya improvisaré. Algo se me ocurrirá. Ya sabes que tengo mucho coco para estas cosas.

Hugo no sonrió. Se detuvo un segundo y la miró con seriedad.

—Solo te pido una cosa, Marta —dijo con voz firme, contenida—. Ten mucho cuidado. No me cansaré nunca de repetírtelo. Si te pasara algo… —tragó saliva— no me lo perdonaría jamás. Y mataría a cualquiera que intentara hacerte daño.

En su tono no había dramatismo. Solo verdad. Y cariño.

Marta se acercó un poco más a él y le tomó la mano.

—Tranquilo, mi amor. Tendré cuidado —respondió con suavidad.

Hugo asintió, pero no parecía del todo convencido.

—Enrique es muy astuto —añadió—. Listo como un zorro. No te fíes de él. No bajes nunca la guardia. Y, cuando le cuentes una mentira, recuerda bien cada palabra. Te la sacará más adelante, seguro. Es experto en detectar mentirosos. Y las mentiras… —hizo una pausa— son lo que menos soporta. No las perdona.

Marta lo miró con curiosidad.

—A ti parece que te ha perdonado.

Hugo negó despacio.

—Eso es distinto.

—¿Distinto en qué? —preguntó ella.

—En que, probablemente, me ha perdonado porque le conviene hacerlo.

Marta suspiró, cansada de esa visión siempre alerta del mundo.

—¿Por qué siempre piensas que todo el mundo tiene algún plan, que nada es gratuito? —preguntó—. ¿Por qué no puedes pensar que, a veces, las cosas pasan por afecto… o por destino, sin malas intenciones?

Hugo no dudó.

—Porque pensando así… acierto más veces.

Marta negó con la cabeza, rendida.

—Bueno, lo que tú digas. Pero creo que te equivocas —añadió al fin.

Después de un par de miradas más, Marta miró al reloj y añadió.

—Gracias por encontrar un hueco para comer conmigo —dijo, esbozando una sonrisa sincera—. Pedimos la cuenta. Tengo que volver a la oficina.

—Marta —dijo Hugo justo cuando ella se disponía a bajar del coche frente a la editorial—. Antes de que te vayas… quería comentarte una cosa.

Ella se detuvo, con la mano aún en el tirador.

—Dime —respondió con calma.

Hugo apoyó un brazo en el volante, pensativo.

—Los hombres con los que trabajo… los que me ayudan en mis planes. Ya sabes a qué me refiero.




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