Lagunas de Pasión

El encanto de lo que no toca

—Cariño, ¿me ayudas a bajar esa maleta? —dijo Marta, señalando el altillo de la casa de su abuela.

—¿Qué maleta, cielo? —preguntó Hugo, alzando la vista.

—Aquella… la gris. ¿La ves?

Hugo subió con cuidado, la tomó entre sus manos y la bajó despacio. Al apoyarla en el suelo, pasó la palma por la tapa, levantando una fina capa de polvo. Se quedó unos segundos en silencio, abstraído, como si el simple gesto hubiera despertado algo más profundo.

—¿Qué pasa, vida? —preguntó Marta, observándolo—. ¿En qué piensas?

Hugo suspiró antes de responder.

—No sé por qué quieres ir hoy a comer con Enrique —dijo al fin—. No estoy tranquilo, Marta. Solo pensar que vas a estar sola con él… se me eriza el vello.

Ella sonrió con paciencia y se acercó un poco más.

—Hugo, tranquilo. No exageres —dijo con suavidad—. Solo voy a comer con él. Creo que puede convertirse en mi amigo, de verdad. Y también creo —y quiero— que tú y él podríais volver a ser amigos otra vez. Ya hablasteis de lo que pasó en el pasado… ¿por qué no hacer las paces de una vez? Ahora tenéis una relación rara, incómoda y yo siento que estoy en el medio, esta situación para mi es muy incómoda, agotadora.

Hugo negó despacio con la cabeza.

—Ya te dije que es mucho más complicado de lo que parece. Para que volvamos a ser amigos tendrían que pasar muchas cosas. Y, sobre todo, necesito estar seguro de que su acercamiento es sincero. Ahora mismo lo único que veo es que está cerca de mí porque tú le gustas.

—No digas tonterías —protestó Marta.

—¿Tonterías? —repitió Hugo, sorprendido—. No lo son. He visto cómo te mira. Cómo te habla. Enrique es un guaperas de mucho cuidado.

Marta rompió a reír, divertida. Hugo la observó unos segundos y terminó sonriendo también, aunque en sus ojos seguía habiendo una sombra de inquietud.

—Bueno —dijo él, cambiando de tema—, ya está limpia la maleta. ¿Qué vas a meter aquí?

—Tengo ropa encima de la cama. Esa es la que me llevaré.

Hugo dudó un instante antes de hablar de nuevo.

—Marta… ¿por qué no mando a Héctor para que organice la mudanza? —propuso—. Me encantaría que vinieras a vivir conmigo definitivamente.

Ella lo miró con ternura, pero negó despacio.

—Amor, te agradezco el gesto —respondió—, pero no estoy preparada para dejar la casa de mi abuela. Aquí están todos mis recuerdos. La echo muchísimo de menos. Estar aquí me hace sentir que nunca se ha ido… esta casa todavía huele a su perfume.

Hugo la escuchaba en silencio, sin interrumpirla.

—Además —continuó Marta—, llevamos poco tiempo juntos. Creo que es un poco precipitado para una convivencia definitiva. Es más, aquí pasamos menos noches que en tu casa, no tienes de que quejarte. Quizá más adelante sí, podremos pensar en vivir juntos. Pero ahora necesito un poco más de tiempo.

Hugo levantó la mano y le acarició la mejilla con dulzura.

—Te entiendo —dijo con sinceridad—. Vale. Tomate tu tiempo, no quiero que te sientas presionada.

Marta sonrió, aliviada.

—Gracias, amor. Eso es muy importante para mí.

Hugo apoyó la frente en la de ella, cerrando los ojos un segundo, como si aceptara no solo su decisión, sino también el ritmo que Marta necesitaba para seguir adelante.

Ya eran casi las dos de la tarde cuando Marta terminó de arreglarse. Se dio un último vistazo al espejo, respiró hondo y se colocó un mechón de pelo detrás de la oreja.

—Vas muy guapa, amor —dijo Hugo desde la puerta del dormitorio, observándola sin disimular.

—Gracias, cariño —respondió Marta con una sonrisa—. Comemos y luego me vuelvo a casa, ¿vale?

Hugo se encogió de hombros, tranquilo.

—No te preocupes. Si después de comer te apetece tomar algo o dar un paseo, me parece bien. No tienes que darme explicaciones.

Marta se acercó y le dio un beso suave, breve, pero lleno de intención.

—Está bien. Te avisaré cuando termine.

Cuando salió del piso, el sol caía con fuerza sobre la calle. Enrique la esperaba dentro de su coche, aparcado justo enfrente. Al verla, bajó la ventanilla.

—¡Marta! —la llamó.

Ella se acercó con paso seguro y una sonrisa amable. Enrique la observó mientras avanzaba hacia él. Esa sonrisa… cálida, luminosa, de esas que se quedan grabadas en la memoria. Cada vez que la veía, entendía un poco mejor a Hugo.

«¿Quién podría resistirse a una mujer así?», pensó. Enigmática. Serena. Magnética. «Esa suerte no la tiene cualquiera».

—Hola, guapetón —dijo Marta al sentarse en el coche, abrochándose el cinturón—. ¿A dónde vamos?

—He reservado mesa en el Zíngara —respondió Enrique, arrancando—. ¿Qué te parece?

—Es un sitio precioso —admitió Marta—. Aunque… ¿no íbamos a ir a un italiano?

Enrique sonrió de medio lado.

—Podemos dejarlo para la próxima vez, si te apetece.

Marta lo miró de reojo, divertida.

—Así que habrá una próxima vez…

Sus miradas se cruzaron un segundo más de lo necesario. Fue una sonrisa limpia, sincera, compartida sin palabras.

—Vamos entonces —dijo Marta, rompiendo el momento—. Tengo hambre.

Enrique rio suavemente y puso el intermitente.

—¿Qué hacía una chica como tú ayer en el Mudo? —preguntó Enrique de pronto, apoyando los cubiertos sobre el plato.

Marta acababa de llevarse a la boca un trozo del pescado. Masticó despacio, demasiado consciente de cada segundo que ganaba antes de responder. Tragó con calma, bebió un sorbo de agua y alzó la vista.

—Hugo quería presentarme a su gente —dijo al fin, midiendo el tono.

—Muy inteligente por su parte —comentó Enrique, sin apartar la mirada.

—¿Inteligente por qué? —preguntó Marta, notando cómo algo se tensaba en el ambiente.

Enrique se inclinó ligeramente hacia delante.

—Porque así, si algún día le pasara algo… tú sabrías en quién confiar. Quién podría protegerte. Yo haría lo mismo, si estuviera en su lugar.




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