Lagunas de Pasión

La pieza que faltaba

“Gracias por la tarde de ayer.”

Fue lo primero que leyó Marta al abrir los ojos. Suspiró despacio. No era exactamente el mensaje que quería encontrar nada más despertar. Le incomodó… y, al mismo tiempo, le hizo sentir culpable.

Durante unos segundos pensó en dejarlo todo. En dejar de engañar a Enrique, en decirle la verdad. En proponerle que arreglara las cosas con Hugo de una vez, que se apartara definitivamente de Jorge y de esa amistad turbia, enfermiza, que los mantenía unidos.

Pero entonces llegó la duda.

¿Hasta qué punto Enrique era realmente su amigo? ¿Podía confiar en él de verdad? ¿O debía hacer caso a todas las advertencias de Hugo?

Otra vez el mismo nudo en el pecho. Otra vez el mismo lío en la cabeza.

—¿Qué plan tenemos para hoy? —preguntó Hugo al entrar en la habitación.

Acababa de ducharse. Llevaba una toalla rodeándole la cintura y otra secándole el cabello. Olía a jabón y a hogar.

—No lo sé… —respondió Marta con sinceridad—. Pero sí sé que quiero ir a ver a mi abuela primero. Y luego… ya veremos qué surge.

—Cuenta conmigo —dijo Hugo sin dudar.

Se acercó a ella, la besó con calidez y añadió en voz baja:

—Gracias por la noche, mi amor.

Marta se sonrojó al instante.

—Hugo… para —murmuró, avergonzada.

Él la miró con una sonrisa pícara y volvió a besarla, lento, provocador. Durante unos segundos se quedaron mirándose, compartiendo un silencio cargado de intimidad. Entonces Marta cambió de tema.

—Oye… —dijo de pronto—. ¿No te parece raro que la policía no me haya vuelto a llamar a declarar?

Hugo la miró mientras escuchaba la pregunta. Pero en cuanto ella terminó de hablar, bajó la mirada.

—No —respondió tras una breve pausa—. Supongo que se habrán dado cuenta de que no tenías nada más que añadir y han decidido dejarte tranquila.

Marta frunció ligeramente el ceño.

—Eso que acabas de decir… no te lo crees ni tú —comentó, entornando los ojos.

—Marta, no le des más vueltas —intentó zanjar Hugo.

—Hugo —insistió ella—. ¿Qué sabes?

—¿A qué te refieres?

—Por favor… —dijo Marta, ya con tensión en la voz—. Sabes perfectamente de qué hablo. Los agentes, el interrogatorio… ¿qué sabes tú de todo eso? ¿Por qué no me han vuelto a llamar?

Hugo volvió a acercarse. Se agachó frente a ella, que aún estaba sentada en la cama, y le habló con voz suave:

—Marta, cariño… te quiero mucho. Y quiero protegerte. Y para eso hay cosas que, ahora mismo, prefiero no contarte.

Ella lo miró, herida.

—¿Otra vez secretos?

—No —corrigió él—. Protección. Son conceptos distintos.

—No dijimos que no nos ocultaríamos nada —replicó Marta—. Dijimos que éramos un equipo. Entonces… ¿por qué ahora decides que hay cosas que no debo saber?

—Te contaré todo —aseguró Hugo—. Todo lo que quieras saber y más. Pero cuando esto termine. Estoy muy cerca de cobrar me de mi plan.

—Hugo… —susurró ella, frustrada.

Él se incorporó y empezó a alejarse hacia la cocina.

—¿Qué te apetece desayunar? —preguntó, claramente intentando cambiar de tema.

—¡Hugo, no cambies de tema! —protestó Marta.

Lo vio desaparecer por el pasillo y soltó un suspiro largo.

—Uf… de verdad —murmuró para sí—. Y luego la terca soy yo.

Le molestaba no saber. Le molestaba sentir que Hugo tenía mucha más información de la que compartía. La curiosidad le quemaba por dentro.

Quiso enfadarse. De verdad que quiso. Pero no pudo.

Porque, en el fondo, sabía una cosa: si Hugo creía que así era mejor… entonces, probablemente, lo era.

Y aunque no le gustara, Marta entendía que quizá saber menos era el precio que tenía que pagar por seguir viviendo —más o menos— en calma.

Después de la visita a Rocío, Marta y Hugo decidieron almorzar en el Lagunas. De camino al bar, Marta le contó cómo había ido la comida con Enrique el día anterior.

—El restaurante era precioso, Hugo —dijo—. Era la primera vez que comía allí.

—Vaya… —respondió él con una media sonrisa—. Se me ha adelantado.

Marta sabía que no había celos en su tono. Solo una broma suave. Le devolvió la sonrisa.

—Qué tonto eres —le dijo con cariño.

—¿Y de qué hablasteis? —preguntó Hugo, mientras conducía hacia el bar.

—De todo un poco… —respondió ella—. Y sobre todo de ti. De él. De esa amistad tan rara que tenéis ahora, que sinceramente… aún no tengo claro si sois amigos o qué sois exactamente.

Hugo suspiró levemente.

—Ya te dije que es más complicado de lo que parece, cielo. No te centres tanto en eso. Le estás dando demasiada importancia.

Marta dudó un segundo antes de hablar.

—Es que cuanto más tiempo paso con Enrique, más me doy cuenta de que me cae bien —admitió—. No es un mal tipo. Y esa tensión que hay entre vosotros… me incomoda. Me hace sentir en medio de algo que no termino de entender.

Hugo la miró de reojo, pensativo.

—Si eso te hace sentir mejor —dijo al cabo—, intentaré quedar con él. Volver a hablar. A ver si aclaramos las cosas de una vez.

Marta se detuvo un instante y lo miró con seriedad.

—No quiero que lo hagas por mí, Hugo. Quiero que lo hagas porque tú quieras hacerlo.

Se miraron en silencio unos segundos. Hugo sostuvo su mirada y, finalmente, asintió.

—Está bien —concluyó—. Luego le llamaré.

Entraron en el Lagunas casi al mismo tiempo que la voz de José Ramón surgía desde la puerta de la cocina.

—Hola, Marta —dijo con su amabilidad de siempre—. ¿Venís a almorzar?

—Sí, José —respondió ella—. ¿Dónde está Mari Carmen?

—Ha salido un momento —explicó—. Su hija se ha dejado las llaves en casa y ha ido a llevarle la copia. Vuelve enseguida.

—¿Quieres que te eche una mano mientras tanto? —se ofreció Marta.

—No, no, tranquila. Ya tiene que volver.

Hugo y Marta se sentaron junto a la ventana, en una esquina del local. La luz de la mañana entraba suave, envolviéndolos. Se miraban con complicidad, con cariño. José Ramón los observó unos segundos desde la barra; la ternura en sus miradas le arrancó una sonrisa discreta.




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