“En un día como aquel, cualquiera habría preferido no salir de casa. Lo pensé al cerrar los ojos, un instante antes del disparo. Pero esta historia no empieza ahí. Empieza mucho antes, antes de que la bala encontrara su camino.”
Después de la conversación con Enrique, Hugo y Marta se quedaron a solas. El ambiente estaba cargado, denso, con una tensión acumulada. Marta intentó, una vez más, hacerle hablar: saber quién más la estaba siguiendo, entender por qué Hugo seguía ocultándole cosas. Pero él se mantuvo firme en su postura, decidido a protegerla incluso de la verdad.
—¿No crees que ya es tarde para mantenerme al margen? —dijo Marta al fin, conteniendo la frustración—. Enrique tiene razón. Tengo derecho a saberlo todo, Hugo. A saber, quién más me sigue. Es mejor que lo sepa… así podré estar más alerta si pasa algo.
Hugo negó despacio con la cabeza.
—No tienes que preocuparte por eso, Marta —respondió con voz serena—. Porque yo siempre estaré a tu lado. Y mientras esté contigo, no te pasará nada. No lo permitiré.
Marta lo miró fijamente, sin apartar los ojos.
—¿Y el día que no puedas estar a mi lado? —preguntó—. ¿Qué pasará entonces?
Hugo frunció el ceño, inquieto.
—¿A qué te refieres?
—Me refiero a la vida real, Hugo —explicó ella, con un suspiro—. A cuando esté de prácticas, trabajando, cuando salga con Esther o haga cualquier cosa por mi cuenta. No podemos estar veinticuatro horas pegados el uno al otro. En algún momento cada uno tendrá que seguir con lo suyo.
Hugo la observó unos segundos, en silencio.
—Parece que te agobia mi compañía —dijo finalmente.
Marta abrió los ojos, incrédula.
—Hugo, por favor… hablo en serio. No tergiverses las cosas —respondió, ya cansada—. ¿Por qué siempre haces eso?
—¿Eso qué? —preguntó él, a la defensiva.
—Ser negativo. Estar siempre a la defensiva. Desconfiar de todo y de todos —enumeró Marta—. Es agotador, Hugo. Yo te quiero. Soy feliz contigo. Pero tienes que confiar en mí. Y eso empieza por no ocultarme cosas… y termina por creer que soy capaz de cuidarme también.
Su voz sonó cansada, desgastada por demasiadas conversaciones parecidas. Hugo apartó la mirada. Sus ojos se perdieron en algún punto lejano, como si estuviera atrapado en pensamientos que no quería compartir.
Marta lo observó unos segundos más, hasta que tomó una decisión.
—¿Sabes qué? —dijo al fin—. Esta conversación no va por buen camino y no me apetece que acabe mal. Será mejor que me vaya a mi casa. Tengo cosas que hacer allí… y así aprovecho para recoger el correo.
Hugo la miró con preocupación.
—Marta, te acompaño —dijo de inmediato—. Espera.
Ella negó suavemente con la cabeza.
—No. Quédate aquí. Quiero estar un rato sola. Necesito aire. ¿Me entiendes?
Tras un breve silencio, Hugo asintió.
Marta se acercó, lo besó con ternura y le susurró un te quiero. Luego salió por la puerta sin mirar atrás, dejando a Hugo solo con sus pensamientos… y con el miedo de estar perdiéndola justo por intentar protegerla.
—Hola, Enrique —dijo Marta al escuchar un dime al otro lado del teléfono—. Oye… estoy en mi casa. ¿Podríamos vernos?
—Para ti siempre hay tiempo, Marta —respondió él sin dudar.
Ella entornó los ojos un instante, incómoda con esa frase, pero no la discutió.
—Vale… sí. Te espero aquí. Necesito hablar contigo.
Colgó y dejó el móvil sobre la mesa con un suspiro. Si Hugo no quería contarle toda la verdad, tendría que sacarla de otro sitio. Y ese sitio, le gustara o no, era Enrique.
Cuando llamó al timbre, Marta abrió casi de inmediato.
—Hola. Gracias por venir tan rápido. Pasa.
Enrique entró despacio, observando la casa con atención.
—¿Estamos solos? —preguntó, sin disimular la curiosidad.
—Sí. ¿Por qué? —respondió ella, cerrando la puerta.
—Por nada —dijo él con una sonrisa ladeada—. Me sorprende que Hugo no esté aquí contigo. Con tanto loco suelto por las calles… —añadió, con ironía—. ¿Te ha dejado venir sola?
Marta lo miró fijamente.
—Hablando de locos —dijo, sin rodeos—. Quiero que me cuentes todo lo que sabes sobre la gente que me sigue. Todo. No solo lo de Naim.
La tensión se instaló en la habitación.
—¿Qué pasa? —preguntó Enrique—. ¿Hugo sigue sin decirte nada?
—No —respondió Marta con franqueza—. No me cuenta nada. Y además… hemos discutido un poco. No creo que vaya a hacerlo pronto. Por eso te pregunto a ti. Hizo una pausa breve y añadió: —Los amigos se cuentan las cosas, ¿no?
Enrique la observó unos segundos en silencio, calibrándola.
—¿Puedo preguntarte por qué discutisteis?
Marta dudó, pero al final habló.
—No sé si llamarlo discusión —admitió—. Hugo es muy terco. Entiendo que quiera protegerme, de verdad. Pero le digo que sería mejor para mí saberlo todo… y se niega. Le digo que le quiero y parece que duda de si de verdad le quiero. Tiene cambios de humor que me ponen nerviosa y… —negó con la cabeza—. No sé.
—Dime —dijo Enrique con voz más suave—. Te escucho. La miró con intensidad—. ¿Crees que quizá no estáis destinados el uno al otro? ¿Es eso?
Marta bajó la mirada unos segundos. Luego la alzó de nuevo.
—No lo sé, Enrique —respondió con sinceridad—. Ahora mismo estoy enfadada, nerviosa, confusa… pero no creo que sea eso. Creo que Hugo necesita más tiempo para creer en esta relación. Mucho más que yo.
Enrique suspiró despacio.
—No quiero agobiarte —dijo—. Solo quiero que sepas algo: me tendrás a tu lado para lo que necesites. Se acercó un poco más—. Hugo está siendo un tonto haciéndote pasar por esto. Yo, si fuera él, haría las cosas muy distintas.
Le rozó la mejilla con el dorso de la mano, despacio.
—Eres preciosa, Marta. Y te mereces lo mejor.
Ella no se apartó, pero tampoco se acercó.
—Gracias, Enrique —dijo con una leve sonrisa cansada—. Eres un buen amigo. Tengo que reconocer que, aunque hace no tanto me caías fatal… ahora me caes bien.
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Editado: 07.08.2026