Lagunas de Pasión

Solo quería protegerte

Tras los últimos acontecimientos, Marta permanecía en silencio, con la mirada fija en la carretera. No decía nada, pero ese mutismo era lo que más inquietaba a Hugo.

Conducía sin rumbo claro, sin saber si ella quería volver a su casa, a la de su abuela o al Lagunas, ese bar al que Marta se refería con cariño como su lugar de alegría. El motor avanzaba, pero el ambiente dentro del coche estaba detenido, en tensión.

Después de un silencio que se le hizo eterno, Hugo no pudo aguantar más.

—Marta... háblame, por favor —dijo al fin—. Este silencio me está matando.

Ella no lo miró. No de inmediato.

—Enrique me ha besado —dijo, simplemente.

Hugo giró la cabeza hacia ella por un instante. Su expresión cambió de inmediato: de la preocupación a la furia contenida.

—¿Le respondiste? —preguntó, con la voz tensa.

—No —contestó Marta con firmeza—. Le respondí con una bofetada. No me lo esperaba. Creo que interpretó mi cercanía como deseo... o interés... o no sé qué coño se le pasó por la cabeza. Pero está equivocado. No me interesa más allá de la amistad.

Hizo una pausa, respirando hondo.

—Ahora me siento rara. En deuda. Me ha vuelto a salvar la vida... o al menos a sacarme de un apuro. Aunque no creo que Jorge tuviera intención de matarme.

—Lo entiendo —dijo Hugo.

Parecía que iba a añadir algo más, pero se quedó callado.

—Joder, Hugo... qué mierda todo esto —soltó Marta al final—. Estoy tan harta...

—¿De qué? —preguntó él con cuidado.

—De todo lo que está pasando últimamente.

Hubo otro silencio. Esta vez distinto. Más frágil.

—Marta... —dijo Hugo al fin—. ¿Puedo preguntarte una cosa?

Ella asintió levemente.

—¿Te arrepientes de haberme conocido?

Marta giró por fin la cabeza y lo miró.

—Eso es lo único de lo que no me arrepiento —respondió—.

—Hablaré con Enrique —dijo Hugo al fin. Su voz estaba cargada de rabia contenida; apretó con más fuerza el volante.

—No —respondió Marta sin dudar—. Eso lo tengo que hacer yo.

—Marta, tú... —empezó Hugo.

—¿Yo qué, Hugo? —lo interrumpió ella, girándose hacia él—. ¿No puedo? ¿No debo? ¿Vas a decirme otra vez que no me meta, que me mantenga al margen?

Su voz estaba tensa, quebrada por algo más que el enfado.

—¿Por qué te pones así? —preguntó Hugo, desconcertado.

—Porque si no me ocultaras cosas, quizá nada de esto habría pasado —respondió Marta, ya sin contenerse—. Yo no me habría enfadado. No habría decidido irme a mi casa. Y Jorge no me habría cogido.

Hizo una breve pausa, respirando hondo.

—Lo único bueno de todo esto —añadió, con amargura— es que Jorge ya no está. Y sí, me alegro. Es un problema menos que tienes.

Hugo la miró unos segundos. Luego volvió la vista al frente. Pensó. Mucho más de lo que parecía.

Finalmente habló.

—No volveré a ocultarte nada, Marta —dijo con voz firme—. Nada más. Si eso te sirve de consuelo... y si aún no es tarde para que esto no cambie lo nuestro.

Apretó la mandíbula.

—No me perdonaría perderte por mi culpa. Solo quería protegerte. Nunca pensé que hacer eso... te pondría en más peligro.

Marta lo miró. Dejó la mirada fija en él unos segundos y, poco a poco, se relajó. Perder a Hugo era lo único que no quería que ocurriera jamás.

—Vamos a casa, Hugo —dijo al fin—. Necesito una ducha. Relajarme unos minutos antes de ir a trabajar.

—Si quieres, me acerco al Lagunas y hablo con Mari —sugirió él—, para que hoy descanses.

—No, cariño, gracias —respondió Marta con suavidad—. No puedo dejar a Mari Carmen sola. Las tardes suelen ser más cargadas.

Las últimas palabras de Marta hicieron suspirar a Hugo.

—¿Por qué suspiras? —preguntó ella, con un hilo de voz cansado.

—Porque me preocupaba haberla cagado tanto... —confesó él— que no volvería a escucharte llamarme cariño.

Marta volvió la vista hacia la carretera. Durante unos segundos no dijo nada. Luego, cerrando aquella conversación sin dramatismo, murmuró:

—Te quiero, amor.

Hugo no respondió. No hizo falta.

Sonrió en silencio y condujo el coche hasta casa.

Marta entró primero. Se detuvo un instante en la entrada, mirando de frente el pasillo corto que, más que un pasillo, era una antesala acogedora que conducía al salón. Aquel espacio le devolvió una sensación que había creído perdida durante horas: estaba en casa. Por fin. A salvo.

Se giró y vio a Hugo cerrando la puerta tras ella.

—Echa el pestillo —dijo Marta, en voz baja.

—Cariño, tranquila… aquí no va a entrar nadie —respondió Hugo con suavidad, intentando calmarla.

—Te creo —insistió ella—, pero quiero que eches el pestillo. Por favor.

Hugo no protestó. No intentó tranquilizarla más. Sabía que Marta había vivido demasiado en un solo día, y que el miedo ahora no era exageración, sino consecuencia. Giró la llave con un gesto firme y seguro.

Marta soltó el aire que llevaba reteniendo.

—Me voy a duchar —dijo entonces—. Si quieres… vente conmigo.

—¿Quieres que te acompañe? —preguntó Hugo, acercándose.

Le dio un beso suave en la frente. Marta apoyó el rostro en su pecho, buscando refugio en su calor, en su olor, en la certeza de que estaba allí.

—Me encantaría —susurró al final.

El vapor de la ducha había borrado los contornos del baño, creando un pequeño universo suspendido donde solo existían ellos dos. El agua descendía lenta por sus cuerpos, dibujando caminos brillantes sobre la piel.

Marta cerró los ojos un instante. Sentía cómo el calor le aflojaba la tensión acumulada, cómo el miedo empezaba a disolverse entre aquellas paredes de cristal empañado.

Hugo se acercó despacio, como si cada centímetro que los separaba mereciera ser recorrido con respeto.

Apartó el cabello húmedo del cuello de Marta y dejó un beso allí, apenas un roce.

—Déjame cuidarte —susurró—. Hoy debería ser yo quien cargue con todo.




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