Lagunas de Pasión

A un paso de lo que no debió pasar

Cuando Hugo se marchó, Marta permaneció unos segundos inmóvil, como si el eco de su presencia aún flotara en el aire. Necesitó ese instante para ordenar sus pensamientos, para recordarse que estaba trabajando, que estaba a salvo… que todo estaba bajo control.

O al menos quería creerlo.

Al girarse, encontró a Enrique observándola con una mezcla difícil de descifrar: tensión, culpa… y algo que se parecía demasiado al arrepentimiento.

—Marta… ¿tendrías un momento? Me gustaría hablar contigo —dijo él con cautela.

Ella sostuvo su mirada apenas un segundo antes de apartarla. —¿Hablar de qué? Estoy ocupada. Ya ha empezado mi turno, así que… —Por favor —insistió Enrique, más bajo—. Solo unos minutos.

Desde la barra, Mari Carmen los observaba sin disimulo. No escuchaba lo que decían, pero la rigidez en los hombros de Marta hablaba por sí sola.

Algo no iba bien.

Y cuando dos personas necesitan hablar así, lo peor es tener público.

—Anda, Marta —intervino con suavidad—. Ve un momento. Yo me ocupo de todo. Mira a ver qué quiere decirte tu amigo.

Enrique le dedicó una sonrisa agradecida.

Marta no respondió. Solo murmuró entre dientes:

—Enseguida vuelvo.

Salieron del Lagunas. El aire nocturno era más fresco de lo esperado y arrastraba el olor lejano de la lluvia sobre el asfalto.

—Si quieres, nos sentamos en mi coche —propuso Enrique—. Estaremos más tranquilos.

Marta negó sin mirarlo.

—Prefiero quedarme aquí. Cerca de la puerta.

No era solo por el ruido.

Era por la distancia.

—Bueno… tú dirás —añadió, cruzándose de brazos, evitando sus ojos.

Enrique la observó en silencio.

Y por primera vez sintió miedo.

Miedo real.

No al rechazo momentáneo… sino a que aquella distancia significara un adiós definitivo.

Respiró hondo.

—Marta… me siento fatal por lo que hice. No debí hacerlo. No sé ni cómo explicarlo.

—Ya es la segunda vez que te disculpas —respondió ella con frialdad.

—Lo sé… —admitió, pasándose una mano por el cabello—. No sé en qué estaba pensando.

Marta lo miró entonces, directa.

—Enrique, no solo me ofendió que me besaras sin mi permiso. Me ofendió que lo hicieras a espaldas de tu amigo.

La palabra amigo quedó suspendida entre ambos.

—Desear a la mujer de tu amigo… no habla muy bien de esa amistad.

Enrique apretó la mandíbula.

—No somos tan amigos.

Marta soltó una risa breve, incrédula.

—Muy bien, Enrique. Muy bien. Lo estás arreglando.

Él bajó la mirada un instante.

—Te digo de corazón que lo siento. No pretendía faltarte al respeto… Es solo que estábamos hablando, tan cerca… y pensé que…

—¿Que pensé qué? —lo interrumpió ella—. ¿Qué me gustabas? ¿Qué te estaba dando señales?

El silencio se tensó.

—Pues no era eso —continuó Marta, firme—. Yo estaba hablando con un amigo. Nada más.

Dio un paso hacia él, lo justo para que sus palabras no admitieran duda.

—Quiero a Hugo, Enrique. Acéptalo.

Aquellas palabras cayeron como una verdad imposible de esquivar.

Enrique la sostuvo con la mirada. Durante un segundo pareció debatirse entre decir algo… o tragárselo para siempre.

—Lo sé —murmuró finalmente—. Y quizá ese es el problema.

Marta frunció el ceño.

—No. El problema es que no supiste respetar un límite.

El viento movió suavemente el cabello de Marta. Enrique tuvo el impulso absurdo de apartárselo del rostro… pero no se atrevió.

Ya no tenía ese derecho.

—No quiero perderte —dijo al fin, con una honestidad que casi dolía—. Aunque solo sea como amiga.

Marta lo observó en silencio.

Buscó mentira, manipulación, estrategia.

No encontró nada claro.

Solo a un hombre que había cruzado una línea… y ahora parecía no saber cómo regresar.

Su voz se suavizó apenas.

—Eso depende de ti, Enrique. Las amistades también se cuidan.

Una pausa.

Luego añadió, más despacio:

—Y se respetan.

Enrique asintió.

No prometió nada.

Pero en su mirada había algo nuevo: la conciencia de que estaba, realmente, a un paso de perderla. Y quizá también… a un paso de algo que nunca debió pasar.

—¿Tienes algo más que decir, Enrique? Tengo que volver al trabajo — dijo Marta.

Su tono no era duro, pero sí definitivo.

Enrique la miró con desconcierto. No estaba acostumbrado al rechazo. Siempre había sido de los que entraban en una habitación y sabían que las miradas acabarían posándose en él. Seducir no era un esfuerzo; era casi una costumbre.

Pero Marta no funcionaba así.

Y eso, más que frustrarlo… lo inquietaba.

La observó en silencio, buscando algo en su expresión, algún titubeo que le permitiera intentarlo de nuevo. No lo encontró.

—No… no tengo nada más que decir —respondió al fin.

Era mentira.

Su mente ya estaba pensando en otro momento, otro lugar, otra forma de acercarse sin que ella levantara esa muralla invisible.

Quizá —se dijo— sería más fácil sin Hugo.

—Solo te pido que pienses con calma en lo que te he dicho —añadió—. Me gustaría que aceptaras mis disculpas.

Marta sostuvo su mirada unos segundos. Luego asintió apenas.

—Me lo pensaré.

Se giró hacia la puerta del Lagunas, pero antes de entrar añadió, con naturalidad.

—Yo también debería disculparme Enrique, aún que reconozco que mi intención, al principio era puro interés por abrir el camino hacia Jorge, quizás sí podría ser que quería utilizarte, pero ese acercamiento se convirtió en una amistad sincera, por lo menos por mi parte, te veía como un amigo de verdad, eso dio paso a intentar separarte de Jorge, pero para protegerte, porque me importabas.

Marta miró a Enrique cuando terminó de hablar, pero sus miradas no se cruzaron, él miraba al suelo, pensativo o perdido, Marta no supo descifrarlo. Entendió que no cabía posibilidad de añadir nada más, ambos necesitaban tiempo.




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