Lagunas de Pasión

Hugo...

Eran las ocho de la mañana y el sol entraba de puntillas por la ventana del dormitorio, derramándose sobre las sábanas revueltas como un recordatorio apasionado de la noche que habían compartido.

Hugo y Marta dormían aún abrazados, desnudos, encajados el uno en el otro con la naturalidad de quienes han aprendido a descansar en el cuerpo ajeno. La habitación conservaba el calor de la pasión, el eco de los gemidos, la calma que solo llega después de haberse amado sin reservas.

Hugo abrió los ojos primero.

No se movió.

Se quedó observándola.

El rostro de Marta, relajado por el sueño, tenía una dulzura casi infantil. Un mechón de cabello descansaba sobre su mejilla y su respiración lenta parecía marcar el ritmo de la mañana.

Sonrió sin darse cuenta.

En ese instante, Marta abrió los ojos. Tardó un segundo en enfocar la mirada y, cuando lo hizo, lo encontró allí, contemplándola como si no existiera nada más en el mundo.

—¿Qué pasa, amor? —murmuró, aún adormilada.

—Nada… —respondió Hugo en voz baja—. Solo pensaba en lo afortunado que soy por tenerte en mi vida.

Marta sostuvo su mirada y su expresión se suavizó todavía más.

—Me alegra oír eso… porque yo también te quiero muchísimo.

Se acercó apenas unos centímetros y rozó sus labios en un beso perezoso, de esos que saben a hogar.

—¿Tienes hambre? —preguntó Hugo—. ¿Desayunamos?

Marta asintió, aunque enseguida frunció un poco el ceño.

—Sí… me vendría bien. Siento una ligera angustia en el estómago. Será porque ayer no cené… ahora lo tengo retorcido.

Hugo se incorporó al instante.

—Pues no digas nada más. Voy a prepararte algo ahora mismo.

—Pero ligerito, por favor —pidió ella—. Mi estómago aún no sabe si quiere despertarse.

Hugo rio por lo bajo y se dirigió a la cocina.

Minutos después, el aroma del café recién hecho comenzó a llenar la casa.

Desayunaron frente a frente, en una tranquilidad doméstica que parecía ajena al caos que los rodeaba. Marta observaba a Hugo en silencio: la forma en que sostenía la taza, su mirada algo distante, esa tensión apenas perceptible en la mandíbula.

Estaba allí… pero no del todo.

—Un euro por cada uno de tus pensamientos —dijo Marta de pronto.

Hugo alzó la vista y esbozó una media sonrisa.

—Entonces me arruinarías.

—Habla —insistió ella con suavidad.

Hugo dejó la taza sobre la mesa.

—Estoy pensando en nuestro amigo.

No hacía falta decir el nombre.

Marta lo sostuvo con la mirada unos segundos antes de responder:

—Llámalo. Dile que venga a casa y hablad con calma. Os vendrá bien.

Hizo una pausa breve y añadió:

—Además, no os molestaré. He quedado con Esther para ver una peli. Desde que rompió con Alejandro no he estado tan pendiente de ella como debería… y hoy quiero estarlo.

Hugo asintió despacio, pero no parecía convencido.

—Marta… yo solo te pido…

Ella lo interrumpió con una pequeña sonrisa.

—Sí, lo sé. Tendré cuidado.

Se inclinó hacia él y apoyó la mano sobre la suya.

—Acércame a su casa. Cuando quiera irme te llamo y me recoges.

Hugo la observó con detenimiento.

—¿No te importa?

—No —respondió con serenidad—. Lo entiendo. Ahora más que nunca… cualquier cosa podría pasar.

Terminaron de vestirse casi sin darse cuenta de cómo había pasado la mañana. El reloj rozaba ya el mediodía.

Marta llevaba su uniforme de trabajo doblado dentro de una bolsa. No sabía cuánto se alargaría la visita a casa de Esther y prefería estar preparada por si Hugo tenía que llevarla directamente al Lagunas después.

En el coche, el silencio no era incómodo; era de esos silencios tranquilos que solo existen cuando dos personas se sienten en casa incluso en movimiento.

Fue Marta quien habló primero.

—Hugo… estaba pensando en algo.

Él apartó un segundo la vista de la carretera para mirarla.

—Dime, cariño.

Marta jugueteó con la cremallera del bolso antes de continuar, como si necesitara ordenar bien la idea antes de soltarla.

—Creo que lo mejor sería mudarme definitivamente contigo —dijo al fin —. Terminar de llevarme todo. Al fin y al cabo, casi todas mis cosas ya están en tu casa… y, tal como están las cosas, creo que es mejor que estemos juntos y en tu casa creo que estaríamos más seguros.

Hugo no respondió de inmediato.

Su expresión cambió despacio, como cuando una emoción crece desde dentro y tarda un instante en llegar al rostro.

—No hay nada que desee más que eso —contestó finalmente, con una calidez que no intentó disimular—. Que te mudes a mi casa… a nuestra casa.

La miró un segundo más.

—No te imaginas lo que significa para mí despertarme contigo cada mañana. Si de verdad estás preparada, llamo a Héctor y organizamos la mudanza.

Marta sonrió. No era una sonrisa impulsiva; era la de alguien que ha tomado una decisión después de pensarla mucho.

—De acuerdo. Si quieres, podemos hacerlo este fin de semana.

Hugo arqueó una ceja, divertido.

—O sea… mañana.

Marta abrió los ojos.

—¿Mañana ya es sábado? —preguntó, sorprendida—. Joder… cómo pasan los días. Ni siquiera sé en qué día vivo.

Hugo soltó una risa baja.

—Eso es porque últimamente estamos viviendo demasiado rápido.

Marta miraba al frente, seria, absorta en sus pensamientos. La luz del mediodía entraba a ráfagas por el parabrisas, dibujando sombras cambiantes sobre su rostro.

Hugo la observó de reojo.

—¿En qué piensas, vida?

Marta tardó unos segundos en responder, como si regresara desde muy lejos.

—En todo… y en nada —dijo al fin—. Tengo tantas ganas de que todo esto termine, Hugo… de que no tengamos que vivir con esta tensión constante, pensando que en cualquier momento puede pasar algo terrible. Que alguien dispare. Que te pase algo… o que me pase a mí.

Tragó saliva.




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