Lamentaciones

Revolución

No pasa un día sin el remordimiento
de haber sido expulsado por los tuyos,
despojado de toda vista,
arrojado al otro lado de sus muros.

Y no pasa un día sin el juramento:
derribarás la piedra,
doblegarás las fuerzas infranqueables
que custodian los límites de tu condición.

Pero no existe noche
en que no regreses derrotado,
cubierto por el polvo de una revolución
sin horizonte, sin sentido, sin mañana.

Nadie viene a contradecirte.
Nadie te concede siquiera
la misericordia de una certeza
contra la cual alzar las manos.

Las puertas se abren solas
y te permiten pasar.

Una tras otra.

Pero detrás de cada puerta
no hay otra habitación.

No hay un país oculto,
ni una escalera que ascienda,
ni una tierra que haya esperado tu llegada.

Avanzas
y no llegas.

Cruzas
y nada queda atrás.

No hay un lugar nuevo
capaz de recibirte,
ni una última frontera
donde tu condena termine.

Entonces comprendes:

el muro no estaba delante de ti.

Nunca lo estuvo.

Puedes destruir ciudades,
partir las puertas de sus goznes,
hacer de cada piedra una ruina
y de cada ruina un camino;

puedes declarar la guerra
a la sangre,
al nombre,
a la carne que te fue impuesta;

pero allá donde vayas
llegará contigo aquello
de lo que intentabas huir.

Y tu rebelión,

tan vasta mientras ardía dentro de ti,
tan absoluta bajo la noche,

no conquista nada.

No funda reino alguno.

No deja bandera sobre ninguna tierra.

Es apenas un golpe
contra una puerta ya abierta,

un ejército marchando
hacia un país que no existe,

una voz que proclama su victoria
en medio de una llanura vacía,

sin enemigo,

sin testigos,

sin ninguna parte
a la cual regresar.




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