En el umbral de toda la existencia, cuando el vacío aún no había aprendido a soñar, floreció un jardín primordial.
No era un mero vergel de tierra y rocío: era el Jardín de los Inicios, un tapiz vivo de luz y sombra donde cada pétalo latía con el pulso de universos por nacer.
Su dueña era Laankea, la Señora de las Semillas Eternas, una figura envuelta en velos de nebulosa y corona de constelaciones. Sus ojos contenían el primer amanecer y el último ocaso. A su lado, siempre fiel y callada, trabajaba Tania, la Jardinera Primordial, cuyas manos —hechas de polvo de estrellas y savia de cometas— cuidaban con devoción cada brote como si acunara el destino mismo.
Y un día, del corazón del Jardín brotó la primera flor cósmica.
Era una rosa negra y dorada, de pétalos tan vastos que su sombra cubría galaxias enteras aún sin nombre. En su centro, erguido como un cetro de fuego antiguo, se abrió el pistilo sagrado. De él surgió, con un trueno silencioso que hizo vibrar el tejido de la nada, Sagitario A*: un vórtice devorador de luz, guardián rugiente del centro de todo.
A su lado, como hermanas nacidas del mismo aliento, se desplegaron Andrómeda, majestuosa y azulada, con sus brazos espirales danzando como velos de una diosa guerrera, y la Galaxia del Triángulo, delicada y feroz, tejiendo su luz en patrones que solo los dioses podían leer.
Desde aquel instante, el Jardín se convirtió en la cuna de todas las galaxias. Cada flor que Tania regaba con lágrimas de Laankea y que Laankea bendecía con su aliento se convertía en una nueva espiral de estrellas. Sus pistilos estallaban en supernovas silenciosas, liberando billones de soles, planetas y misterios. Las galaxias no eran fruto del azar ni del frío vacío… eran hijas del jardín, semillas vivientes plantadas con amor y magia en el suelo mismo de la creación.
Y así comenzó la gran sinfonía del cosmos: un canto eterno nacido entre pétalos y raíces, donde cada estrella
En el umbral de toda la existencia, cuando el vacío aún no había aprendido a soñar, floreció un jardín primordial. No era un mero vergel de tierra y rocío: era el Jardín de los Inicios, un tapiz vivo de luz y sombra donde cada pétalo latía con el pulso de universos por nacer. Su dueña era Laankea, la Señora de las Semillas Eternas, una figura envuelta en velos de nebulosa y corona de constelaciones. Sus ojos contenían el primer amanecer y el último ocaso. A su lado, siempre fiel y callada, trabajaba Tania, la Jardinera Primordial, cuyas manos —hechas de polvo de estrellas y savia de cometas— cuidaban con devoción cada brote como si acunara el destino mismo. Y un día, del corazón del Jardín brotó la primera flor cósmica. Era una rosa negra y dorada, de pétalos tan vastos que su sombra cubría galaxias enteras aún sin nombre. En su centro, erguido como un cetro de fuego antiguo, se abrió el pistilo sagrado. De él surgió, con un trueno silencioso que hizo vibrar el tejido de la nada, Sagitario A*: un vórtice devorador de luz, guardián rugiente del centro de todo. A su lado, como hermanas nacidas del mismo aliento, se desplegaron Andrómeda, majestuosa y azulada, con sus brazos espirales danzando como velos de una diosa guerrera, y la Galaxia del Triángulo, delicada y feroz, tejiendo su luz en patrones que solo los dioses podían leer. Desde aquel instante, el Jardín se convirtió en la cuna de todas las galaxias. Cada flor que Tania regaba con lágrimas de Laankea y que Laankea bendecía con su aliento se convertía en una nueva espiral de estrellas. Sus pistilos estallaban en supernovas silenciosas, liberando billones de soles, planetas y misterios. Las galaxias no eran fruto del azar ni del frío vacío… eran hijas del jardín, semillas vivientes plantadas con amor y magia en el suelo mismo de la creación. Y así comenzó la gran sinfonía del cosmos: un canto eterno nacido entre pétalos y raíces, donde cada estrella lleva aún el perfume del Jardín de los Inicios.
Pero incluso en aquel jardín perfecto, donde la creación fluía como un susurro eterno, surgió una inquietud que ni Laankea había previsto.
Entre los pliegues más profundos del Jardín —allí donde la luz no llegaba del todo y las semillas dormían más tiempo del debido— apareció una grieta. No era una herida visible, sino una ausencia: un silencio dentro de la música, un espacio donde ninguna flor lograba abrirse.
Tania fue la primera en notarlo.
Mientras recorría los senderos de polvo estelar, sintió que una de las semillas no respondía a sus cuidados. La sostuvo entre sus manos, esperando el pulso familiar… pero no latía. Era fría, opaca, ajena al canto del Jardín.
—Mi Señora —susurró, llevando la semilla ante Laankea—, hay algo que no desea nacer.
Laankea la observó con sus ojos de eternidades superpuestas. Y por primera vez desde el alba de todo, dudó.
—No es que no desee —respondió con voz que parecía venir de antes del tiempo—. Es que no pertenece.
Al pronunciar aquellas palabras, la grieta creció.
Del vacío contenido en la semilla surgió una forma que no era flor ni estrella, ni sombra ni luz. Era algo distinto: una voluntad sin raíz, un eco sin origen. Donde pasaba, el Jardín no moría… pero olvidaba cómo florecer.
Las galaxias cercanas comenzaron a desvanecerse lentamente, como si alguien borrara sus trazos del lienzo cósmico. Sagitario A* rugió con una furia nueva, intentando devorar aquella anomalía, pero ni siquiera su hambre infinita logró tocarla.
—Esto es lo que existe fuera de nosotros —murmuró Laankea—. Lo que no fue sembrado.
Tania, apretando la semilla inerte, sintió por primera vez algo desconocido: miedo.
—¿Puede detenerse?
Laankea no respondió de inmediato. En cambio, se inclinó hacia el Jardín y apoyó su mano sobre la tierra de creación. De sus dedos brotaron nuevas raíces, más profundas que las anteriores, buscando abrazar incluso aquello que no debía existir.
—No podemos destruirlo —dijo al fin—. Pero quizá… podamos enseñarle a florecer.