El departamento tenía esa luz de mañana que Nicolás odiaba: entraba por la persiana rota del cuarto con una precisión quirúrgica, siempre en el mismo ángulo, siempre directo a los ojos. Lo había prometido arreglarla al menos doce veces en los últimos dos meses. Lo seguía prometiendo.
Estaba en ese punto exacto entre el sueño y el estar despierto —ese limbo donde todavía no pesa nada— cuando escuchó los pasos. Los conocía de memoria. Tres rápidos en el pasillo, una pausa, siempre esa misma pausa, como si cambiara de idea y después se arrepintiera, y después la puerta de su cuarto abriéndose sin golpear, porque Isabella nunca golpeaba. Porque Isabella sabía que Nicolás no cerraba con llave desde que eran chicos y ese detalle nunca había cambiado entre ellos.
Sintió el peso en el colchón primero. Después el calor.
Isabella se dejó caer sobre su espalda con esa ligereza calculada que tenía para las cosas físicas, como si su cuerpo supiera exactamente cuánto espacio ocupaba en el mundo. Su cara quedó a la altura del cuello de Nicolás, y Nicolás sintió el roce del cabello contra su piel, ese mechón suelto que Isabella siempre se dejaba caer sobre la frente y que nunca terminaba de acomodarse del todo.
Después vinieron los dedos.
Lentos, como siempre. Buscando los rulos en la nuca con esa costumbre que se había instalado entre ellos antes de que ninguno de los dos pudiera recordar cuándo había empezado exactamente. Era de cuando eran chicos, de las noches en la villa donde el calor no dejaba dormir y se quedaban despiertos sobre el colchón que compartían en el piso, hablando de cualquier cosa, e Isabella le acariciaba la cabeza hasta que Nicolás se dormía. Nadie se lo había enseñado. Nadie lo había pedido. Simplemente había pasado.
Seguía pasando.
—Son las ocho y veinte —dijo Isabella. Su voz tenía esa textura particular de cuando acababa de levantarse, un poco ronca, un poco más suave que en el resto del día—. Si no te levantás en diez minutos llegamos tarde a Métodos y Sánchez nos va a mirar con esa cara.
—Sánchez nos mira con esa cara aunque lleguemos a tiempo.
—Cierto. Pero al menos yo llego con la conciencia tranquila.
Nicolás no contestó. Cerró los ojos otra vez. Los dedos de Isabella seguían moviéndose despacio entre sus rulos, y había algo en eso —en ese gesto tan cotidiano, tan de siempre— que lo dejaba quieto de una forma que no podía explicarle a nadie sin que sonara raro. Sin que sonara a demasiado.
Era así desde hacía años. Ese peso familiar en su espalda, esa presencia que no necesitaba anunciarse. Habían pasado de la villa al departamento de cuarenta metros cuadrados en el barrio de Flores con dos camas individuales, una cocina donde apenas cabían los dos parados al mismo tiempo y una ventana que daba a un paredón con un grafiti a medio terminar. Era poco. Era exactamente lo que necesitaban.
—¿En qué estás pensando? —preguntó Isabella.
—En que la persiana sigue rota.
—La persiana lleva rota desde octubre.
—Ya sé.
—Nico.
—Ya sé, Isa.
Silencio. Los dedos no pararon.
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El baño era el primer campo de batalla del día. Siempre. No por nada grave —nunca era por nada grave entre ellos— sino porque el calefón tardaba exactamente siete minutos en calentar el agua y los dos tenían clase a las nueve, lo que hacía que el tiempo fuera un recurso que administraban con una seriedad casi ridícula.
—Primero yo —dijo Isabella desde el pasillo.
—Primero yo, salvo que vayas a tardar menos de cinco minutos.
Isabella asomó la cabeza por la puerta del cuarto con una expresión que mezclaba ofensa y diversión en proporciones iguales.
—Nunca tardo más de quince.
—Ese es exactamente el problema.
Isabella desapareció hacia el baño riéndose. Nicolás escuchó el golpe de la puerta, el ruido del agua fría primero —Isabella siempre probaba el agua fría antes de esperar el caliente, otra costumbre sin origen rastreable— y después el vapor que empezaba a colarse por la rendija debajo de la puerta.
Se levantó. Puso la pava. Encontró dos tazas en la pileta —las mismas de ayer, las había dejado ahí prometiéndose lavarlas antes de dormir— y las enjuagó con resignación. El mate lo armó en automático, con esa economía de movimientos de quien ha repetido algo tantas veces que el cuerpo lo hace solo mientras la cabeza está en otra parte. La cabeza de Nicolás estaba procesando en segundo plano el código que tenía que terminar para el jueves.
Tenía un bug en la función de búsqueda que no encontraba desde el martes. Lo había soñado. Literalmente lo había soñado: líneas de código desfilando en un fondo oscuro mientras una voz —que en el sueño tenía el timbre de su tío— le decía que el error estaba justo donde él no estaba mirando.
Estaba pensando en eso cuando Isabella salió del baño envuelta en vapor y olor a su shampoo, el de manzanilla, el que usaba desde siempre porque decía que el resto le irritaba el cuero cabelludo. Llevaba el pelo húmedo suelto y la remera vieja que usaba para estar en casa, la celeste con el cuello gastado, y Nicolás levantó la vista del mate justo cuando Isabella estiraba los brazos por encima de la cabeza con un bostezo que sonó en todo el departamento.
—Hay mate —dijo Nicolás.
—Bien. —Isabella se sentó en la silla de la cocina, la que crujía de una pata y llevaban seis meses prometiendo arreglar con el mismo nivel de urgencia con que prometían la persiana—. ¿Dormiste algo?
—Lo suficiente.
—Eso es un no.
—Es un 'lo suficiente'.
Isabella lo miró con esa forma que tenía cuando sabía que Nicolás estaba mintiendo a medias pero decidía no presionar. Era una mirada que Nicolás había aprendido a leer a los once años y que todavía, quince años después, lo dejaba con la sensación de que Isabella podía ver demasiado.
—El bug del jueves —dijo Isabella. No era una pregunta.
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Editado: 17.03.2026