Las aventuras de la elfa y el caballero oscuro

Capitulo 1 - Dejando el nido

Es un día cálido y brillante en el Pueblo de Rolf, la aldea oculta de los elfos. El aire vibra con una energía suave, pero para Rury, vibra con nerviosismo. Hoy es su graduación de la academia de magia.

Mientras camina por el sendero hacia la escuela, su madre, Elih, camina a su lado. El parecido entre ellas es notable en los rasgos finos y las orejas puntiagudas, pero ahí terminan las similitudes. Elih es esbelta y elegante; Rury, aunque hermosa, tiene una figura visiblemente más robusta y redondeada. Su túnica de graduación, hecha a medida, se siente incómodamente ajustada.

—Hija, en verdad estoy tan feliz —comenzó Elih, con la voz llena de un orgullo que Rury rara vez oía—. Ver que has logrado llegar a ser una Maga de Rango Espíritu Mayor... eres mi orgullo y el de este pueblo.

—Muchas gracias madre, pero... —Rury apartó la mirada, observando a otros elfos que les saludaban desde lejos—. Es demasiado decir que soy el orgullo de todo el pueblo. Ya sabes, mi apariencia no es como la de todos ustedes.

—Vamos, no te pongas así —Elih la detuvo suavemente, poniendo una mano en su hombro—. Es cierto que tu... "condición" te hace diferente. Pero sigues siendo hermosa. Es solo cuestión de que tengas más confianza en ti.

—Rury resopló, adoptando un tono arrogante para ocultar su vergüenza—. Es cierto. No hay por qué ponerse triste. Una vez que logre encontrar la cura para esta maldición, seré igual de hermosa que tú. Inclusive podré casarme con un hombre apuesto.

—Así se habla, mi pequeña —sonrio Elih, aunque una sombra de preocupación imperceptible cruzó sus ojos.

La ceremonia fue larga. Discursos, conferencias, y las miradas de reojo de sus compañeros. Rury las ignoró. Ella era más fuerte que todos ellos juntos. Sabía que la mayor parte de su "apariencia" se debía a la increíble cantidad de maná que su cuerpo almacenaba por la fuerza; era un poder que ninguno de ellos podía empezar a comprender.

Esa noche, la familia se reunió en su hogar. El ambiente era festivo, o al menos lo intentaba. Paul, el padre de Rury, un elfo con una complexión sorprendentemente musculosa y una cicatriz que le cruzaba una ceja, la levantó en un abrazo de oso.

—¡Felicidades, hija! —exclamó con una sonrisa de oreja a oreja—. ¡Es impresionante que yo haya engendrado a una guerrera de tu clase! ¡Una doble maestra en espada y espíritu! Estoy muy orgulloso de ti.

—Muy bien, basta de halagos —interrumpió Elih, poniendo una jarra de sidra en la mesa—. Tenemos que ver algo más importante.

Paul puso los ojos en blanco, y su expresión se tornó burlona. —Bueno, me duele admitirlo, pero estoy de acuerdo con esta vieja bruja. Dime, Rury, ¿ya puedes utilizar magia antigua de sellado permanente? Digo, es solo para mantenerla joven.

Paul hizo un ataque verbal muy fuerte. Elih lo miró con una expresión sombría y de rabia pura, antes de contraatacar con su misma técnica. —Bueno cariño, ¿recuerdas que tengo en mi poder todos tus artefactos de alto nivel antiguos? Supongo que me están pidiendo a gritos que los venda a un precio donde el más avaro (tú) querrá morirse antes de ver a sus "preciosas" ser vendidas... ¡Perro maldito!

Paul se quedó pálido, en un shock fingido. Se lo merece, pensó Rury, esa es su extraña forma de quererse.

Entre risas, Rury decidió que era el momento. —Hay, ustedes sí que son tal para cual —dijo, cortando la tensión. Su sonrisa se desvaneció, y su voz se volvió seria—. Pero dejando eso a un lado...

Se levantó. Puso sus manos sobre la mesa de manera ruda, un gesto que aprendió más de su padre que de su madre. —¿Creen que sea apta para aventurarme a las afueras de la aldea?

El silencio que cayó sobre la habitación fue absoluto. La risa de Paul se borró de su rostro. La mano de Elih, que iba a tomar la jarra, se detuvo en el aire. Se miraron el uno al otro, una conversación de mil palabras en una sola mirada que Rury no pudo descifrar. Vio un escalofrío recorrer la espalda de ambos.

Rury se preparó para el "No".

Finalmente, fue Elih quien habló, con la voz apenas en un susurro. —¿Aventurarte... a dónde?

—No lo sé —admitió Rury—. A donde sea necesario. A la capital, si hace falta. Quiero encontrar una cura. Para esto. —Se señaló a sí misma, no con vergüenza, sino con determinación—. No puedo ser la única. Alguien debe saber cómo revertir esta maldición.

Paul y Elih se miraron de nuevo. Había dolor en esa mirada. Desesperación. Y una resignación que heló a Rury.

—Por supuesto —dijo Paul, y su voz, normalmente un trueno, sonaba grave y cansada.

—Pero —añadió Elih, poniéndose de pie—. Si vas a ir, tienes que escuchar. No vamos a mentirte, Rury. El mundo exterior no es la academia. Es un lugar que nos odia. Y tu condición... la hace mil veces más peligrosa.

Paul asintió, adoptando su postura de general. —Bien. Recomendaciones. Escucha atentamente, porque tu vida depende de esto. Primero: Tu poder es un faro. —Dijo, señalando el pecho de Rury—. La maldición almacena tu maná, pero se filtra. Es inestable. Las bestias mágicas pueden olerlo a kilómetros. —Recomendación uno: —continuó Elih— No puedes acampar cerca de pueblos. No puedes quedarte en una posada más de una noche. Si lo haces, atraerás monstruos y masacrarán a todos. Estarás sola, ¿entiendes? Siempre en movimiento.

Rury asintió, asimilando la dura verdad.

—Segundo: —Tomó la palabra Paul— Eres una guerrera primero, maga después. —Pero... —protestó Rury— ¡Soy una Maga de Espíritu Mayor! —¡Y esa es la trampa! —golpeó Paul la mesa—. Tu cuerpo ya está sobrecargado. Cada vez que usas un hechizo de alto nivel, esa cosa dentro de ti... se agita. Vimos lo que pasó cuando eras niña. Te desmayaste por una semana. —Recomendación dos: —dijo Elih, con una suavidad letal— Tu espada es tu primera línea de defensa. Tu magia es tu último recurso. Un hechizo para escapar, uno para terminar la pelea. Nunca para empezarla. ¿Prometes que lo recordarás?




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