El campo de entrenamiento de la Universidad de Magia de Rolf estaba en silencio absoluto. Todos los ojos estaban fijos en el centro de la arena.
Allí estaba Rury. En ese momento, era la imagen de la perfección élfica. Su cabello púrpura ondeaba suavemente con la brisa matutina, y sus ojos violetas brillaban con una concentración letal. Su figura era esbelta, ágil, sin un solo defecto visible. Los murmullos de admiración de los estudiantes de grados inferiores llenaban las gradas; todos querían ser como ella.
Rury inhaló profundamente. Sabía que esta era la prueba definitiva. No solo para aprobar, sino para demostrar que merecía saltarse el último año.
—¡Vórtice de Fuego! —gritó, liberando el sello en su interior.
No fue una simple llamarada. Fue una explosión controlada. Una columna de fuego rugiente, teñida de un extraño color violeta por la pureza de su maná, ascendió hacia el cielo, girando con la fuerza de un huracán. El calor fue tan intenso que los maestros en el estrado tuvieron que cubrirse los rostros.
Cuando las llamas se disiparon, Rury seguía de pie, respirando agitadamente.
—Impresionante —murmuró el Decano, ajustándose las gafas y anotando en su pergamino—. El control es absoluto. La potencia... excesiva, pero efectiva. Rury, por decisión unánime, te otorgamos el título de Maga y la graduación anticipada. Felicidades.
Los aplausos estallaron. Rury sonrió, triunfante. Pero mientras saludaba, sintió ese cosquilleo familiar y temido bajo la piel. Un calor que no venía del fuego, sino de sus propias células. No ahora, rogó mentalmente. Solo espera un poco más.
Pero su cuerpo nunca escuchaba.
Una hora después, en su habitación, el triunfo se sentía muy lejano.
—Mamá... —la voz de Rury sonó ahogada, teñida de frustración—. Podrías ayudarme a... a cerrar esto, por favor.
Rury estaba frente al espejo de cuerpo entero, pero la elfa esbelta de la arena había desaparecido. En su lugar, la figura que le devolvía la mirada era visiblemente más robusta, con los brazos y el abdomen hinchados, reteniendo el residuo del maná como si fuera líquido bajo la piel. Su rostro, antes afilado, ahora se veía redondeado y suave.
La túnica de graduación, que había sido confeccionada con las medidas de esa mañana, ahora se negaba obstinadamente a cerrar en la espalda.
Elih, su madre, se acercó rápidamente. Sus dedos ágiles intentaron unir la tela, pero el ajuste era demasiado severo.
—Ay, hija... —suspiró Elih, y su voz cargaba una culpa que hizo que a Rury se le encogiera el corazón—. Debimos prever este incidente. Sabíamos que usar un hechizo de nivel intermedio tendría este efecto. Cómo se me fue a pasar... debí haber pedido una talla extra con encantamiento de elasticidad.
Elih se mordió el labio, mirando el reflejo de su hija con ojos tristes. No por la apariencia, sino por saber lo que Rury estaba sintiendo.
Rury forzó una sonrisa, apartando la mirada del espejo. Se irguió, tratando de recuperar la dignidad que sentía haber perdido en esa última hora.
—No te sientas mal, mamá. Estoy perfectamente bien —mintió, aunque sentía la piel estirada y dolorida—. Es solo mi hinchazón habitual. Ya sabes, el precio de ser una genio. En un par de horas bajaré de peso de nuevo.
Antes de que Elih pudiera responder, la puerta de la habitación se abrió de golpe.
Paul entró con la energía de un vendaval, sus pasos pesados haciendo vibrar las tablas del suelo. Su rostro, marcado por cicatrices de viejas batallas, estaba iluminado por una sonrisa que le llegaba de oreja a oreja.
—¡¿Dónde está?! —bramó, ignorando por completo la tensión en el aire—. ¡Al fin mi pequeña se va a graduar! ¡Y un año antes que todos esos debiluchos! —Paul se acercó y puso sus grandes manos sobre los hombros de Rury, sin importarle que la túnica estuviera a medio cerrar—. Estoy tan orgulloso de ti, hija. Una verdadera guerrera mágica.
Rury sintió el peso reconfortante de las manos de su padre. Por un segundo, bajo su mirada, no se sintió hinchada ni deforme. Se sintió poderosa.
—Gracias, papá —susurró.
—Bien, bien —Paul miró a Elih—. ¿Por qué esas caras largas? ¡Es un día de fiesta! ¡Terminen de vestirse, el pueblo entero espera ver a la prodigio!
Rury intercambió una mirada con su madre. El pueblo entero, pensó Rury, y el nudo en su estómago se apretó. Espero que solo vean a la prodigio y no a la otra Rury.
La ceremonia fue una tortura lenta. Discursos interminables sobre la "pureza élfica", la "armonía con la naturaleza" y la "belleza del espíritu". Puro bla, bla, bla vacío que Rury había escuchado mil veces. Ella se mantuvo sentada, con la espalda recta, sintiendo cómo las costuras de su túnica se clavaban en su piel hinchada con cada respiración.
Finalmente, llegó el momento.
—Maga de Rango Espíritu Mayor: Rury —anunció el maestro de ceremonias.
Al ponerse de pie, el sonido de la multitud cambió. Los aplausos educados que habían recibido los otros estudiantes se transformaron en un silencio incómodo, seguido inmediatamente por un zumbido de murmullos.
Rury caminó hacia el podio. Para ella, el pasillo se sentía kilométrico. A los costados, podía escuchar fragmentos de las conversaciones susurradas sin disimulo:
—¿Esa es la prodigio? Por los dioses, mira su tamaño... —Es una ofensa visual. ¿Cómo permitieron que subiera así? —Dicen que su magia la deforma. Es grotesco.
En la sociedad de Rolf, donde la delgadez y la gracia etérea eran sinónimos de virtud, la figura robusta y redondeada de Rury no era vista como una condición médica, sino como un fracaso moral. Una mancha en su lienzo perfecto.
Rury apretó los puños, clavándose las uñas en las palmas. No los escuches, se ordenó. Eres mejor que ellos. Tienes más poder en un dedo que ellos en todo su cuerpo.
Levantó la barbilla, negándose a mirar al suelo, y subió los escalones con paso firme.