El interior del Puesto Fronterizo era un asalto a los sentidos. Rury nunca había visto tanta vida caótica en un solo lugar. La aldea de Rolf era tranquila, ordenada, verde y olía a pino. Esto... esto olía a sudor, a metal caliente, a especias desconocidas y a estiércol.
Decenas de vendedores ambulantes gritaban sus mercancías en las calles embarradas. Puestos de lona ofrecían de todo: brochetas de carne de reptil que chisporroteaban sobre brasas, pociones de colores dudosos, y armaduras hechas de caparazones de insectos gigantes. Rury vio a un hombre-lagarto regateando con un enano por un puñado de gemas. Vio a un goblin afilando cuchillos con una velocidad hipnótica.
Se sentía completamente fuera de lugar, pero también extrañamente aliviada. Los guardias tenían razón: nadie aquí le prestaba la más mínima atención a su figura. Todos estaban demasiado ocupados en sus propios asuntos. Mantuvo su capucha puesta, pero su paranoia sobre su apariencia fue reemplazada por una nueva paranoia sobre su ingenuidad.
Su primer objetivo era práctico. Se acercó a un puesto cubierto de pergaminos y mapas, dirigido por un viejo goblin con unas gafas de aumento tan gruesas que sus ojos parecían huevos cocidos.
—Busco un mapa —dijo Rury, intentando sonar más segura de lo que se sentía.
—Mapas tengo de sobra —graznó él—. ¿Mapa de qué? ¿De las minas locales? ¿Del bolsillo del alcalde? —De la región —dijo Rury—. Y... uno del continente entero, si tiene.
El goblin la miró con ojo crítico, luego sacó dos pergaminos enrollados. —Mapa regional. Te muestra el Puesto Fronterizo, las primeras ciudades humanas al oeste y los primeros pueblos demoníacos al este. Cincuenta cobres. Rury frunció el ceño. Rhen y Brakk me cobraron dos cobres por entrar... me está estafando. —Te doy treinta —replicó Rury, con la voz fría de su padre.
El goblin sonrió, mostrando dientes afilados. —Treinta y cinco. —Hecho. ¿Y el del continente? —Cien. No es negociable. Es piel de draco.
Rury pagó. Era una fortuna, pero lo necesitaba. Guardó los mapas y se dirigió a su segundo objetivo, siguiendo el olor del estofado que Brakk le había recomendado: "El Ogro Hambriento".
El local era un edificio de piedra sólida, pero por dentro estaba sorprendentemente limpio. Y vacío. Aparte de un enano solitario que roncaba en una esquina, no había nadie.
Detrás de la barra de madera pulida, una mujer limpiaba un tarro con un trapo.
Rury se detuvo. La mujer era, sin duda, la criatura más hermosa que había visto en su vida. Tenía el cabello de un color rojo fuego intenso, recogido en una trenza. Dos pequeños cuernos negros y curvados nacían en su frente, y de sus caderas surgían dos grandes alas de murciélago, elegantemente plegadas. Era una súcubo.
La súcubo levantó la vista, y su sonrisa profesional se congeló por una fracción de segundo.
El tarro que sostenía se resbaló de sus manos y se estrelló contra el suelo de madera, haciéndose añicos.
—¡Mil demonios! —maldijo ella, agachándose de inmediato para recoger los trozos. —¿Estás bien? —preguntó Rury, acercándose. —Sí, sí, yo... —La súcubo se levantó, sin mirar directamente a Rury. Su rostro estaba pálido—. Se me resbaló, eso es todo. Bienvenida al Ogro. ¿Mesa para una?
Rury asintió, sintiendo que algo extraño había pasado. Se quitó la capucha, revelando su cabello púrpura, y se sentó en la mesa más alejada.
La súcubo (cuyo delantal decía "Cyra") se acercó, ya recompuesta. Pero sus ojos no dejaban de analizar a Rury. No miraba su figura, sino su cabello, sus ojos, sus orejas... como si buscara algo.¿Qué le pasa?, pensó Rury. Es incluso peor que los guardias.
—¿Qué te sirvo, cariño? —preguntó Cyra, su voz ahora dulce como la miel. —El estofado que recomiendan los guardias. —El especial de Brakk. Buena elección. Vuelve uno fuerte —rió ella, y se fue a la cocina.
Regresó minutos después con un cuenco humeante. El estofado era espeso, oscuro y olía increíblemente bien. Rury dio un bocado y sus ojos se abrieron de par en par. Era delicioso.Mientras comía, Rury sacó el mapa regional que acababa de comprar y lo extendió sobre la mesa.
Cyra se acercó, rellenando su jarra de agua. —¿Planeando un viaje? —Algo así —murmuró Rury—. Intento llegar a la capital. Cyra soltó una risita seca. —¿La capital humana? ¿Por qué querrías ir a esa pila de rocas pretenciosa? —Me dijeron... me dijeron que es un lugar neutral. Donde todas las especies pueden... bueno, estar. —"Estar" no es lo mismo que "vivir" —dijo Cyra, su tono volviéndose serio. Se sentó en la silla de enfrente, apoyando la barbilla en la mano—. Fui aventurera durante veinte años. Conozco cada rincón de este continente. La Capital Humana es "neutral" solo de nombre. Es su territorio. Te dejarán entrar, sí. Pero te registrarán, te vigilarán, y al primer elfo, orco o demonio que cause "problemas", lo meterán en un calabozo del que no saldrá. Es una jaula de oro, niña.
Rury se quedó helada. Esto contradecía todo lo que había asumido. —Pero... entonces, ¿a dónde voy? Necesito encontrar... información. Sobre mi... condición. Cyra la miró, y por un segundo, su rostro se llenó de una tristeza que Rury no comprendió.
—Miras hacia el lado equivocado del mapa —dijo Cyra. Señaló el pergamino—. Estás aquí. —Marcó el Puesto Fronterizo—. La Capital Humana está al oeste. Es un viaje peligroso a través de tierras humanas hostiles.
Su dedo se deslizó hacia el este, atravesando cadenas montañosas y ríos dibujados. —Si buscas un lugar donde realmente no importe quién eres, o cómo te ves, vas por el camino equivocado.