Las aventuras de la elfa y el caballero oscuro

Capitulo 4 - Fuerza bruta ingenua

Rury salió del "Ogro Hambriento" echando humo. La humillación ardía más que el estofado. Atravesó las calles embarradas del Puesto Fronterizo con un único objetivo, ignorando las miradas de los vendedores que apartaban sus carritos ante la pequeña tormenta púrpura que se dirigía directamente al puesto de Griznik.

El goblin cartógrafo estaba contando una pila de monedas cuando Rury llegó, golpeando el mapa basura contra el mostrador con tanta fuerza que hizo saltar los cobres.

—¡Tú! —gritó Rury—. ¡Me vendiste basura!

Griznik la miró por encima de sus gruesas gafas, sin la menor sorpresa. —¿Ah, sí? —¡Este mapa está desactualizado por diez años! ¡La "Ciudad de Viento de Arena" es un cráter! —Ah, detalles técnicos —dijo el goblin, volviendo a sus monedas—. Las ventas son finales. Mira el cartel.

Rury buscó un cartel. Pegada a un lado del puesto, había una pequeña placa de madera con letras microscópicas que decían: "No hay devoluciones. Sin excepciones. Si no te gusta, vete".

—¡Esto es un robo! —exclamó Rury—. ¡Devuélveme mis treinta y cinco cobres, enano verde! —"Enano verde" es un insulto racial, jovencita —graznó Griznik, guardando su dinero—. Y la respuesta sigue siendo no. Ahora, si no vas a comprar nada más...

Esa fue la gota que derramó el vaso. La arrogancia del goblin, combinada con su propia furia, hizo que el entrenamiento de "guerrera" de Rury se activara. En un movimiento fluido, Rury se inclinó sobre el mostrador, agarró a Griznik por el cuello de su túnica y lo levantó.

El goblin era pesado para su tamaño, pero para la fuerza híbrida de Rury, no fue nada. Lo levantó en el aire con un solo brazo, dejándolo pataleando.

—¡¿Qué?! ¡¿Qué haces?! —chilló Griznik, sus pies balanceándose cómicamente sobre el suelo—. ¡Asalto! ¡Asalto!

—¡No voy a preguntar de nuevo! —gruñó Rury, acercando la cara de terror del goblin a la suya.

—¡Eh, eh, eh! ¡Suéltalo!

Una mano gigante y callosa aterrizó en el hombro de Rury. Era Brakk, el guardia ogro. A su lado, Rhen, el hombre-alce, masticaba distraídamente lo que parecía ser un trozo de corteza.

—Vaya, niña —dijo Brakk, con una voz aburrida—. ¿Qué te dije de probar el estofado? No de estofar al cartógrafo.

—¡Me estafó! —se defendió Rury, pero bajó a Griznik, quien cayó al suelo tosiendo y farfullando.

—¡Me asaltó! ¡Quería matarme! —lloriqueó Griznik desde el suelo.

Rhen suspiró, un sonido largo y nasal. Se inclinó y recogió el mapa ofensivo. —Cielos, Griznik. ¿Sigues vendiendo el mapa del 'Cráter del Gusano'? Te dijimos que eso trae problemas. Eres una molestia pública.

Griznik tartamudeó. Rhen le impuso una multa de diez cobres a Griznik por "vender artículos defectuosos que alteran la paz". Rury estaba indignada.

—¿Diez cobres? ¡A mí me estafó treinta y cinco! —Y tú casi le arrancas la cabeza —dijo Rhen—. Estamos en paz. Ahora, Griznik, dale diez cobres al Puesto. Y tú —le dijo a Rury—, lárgate. No recuperaste tu dinero, pero él tiene una multa. Es la justicia de la frontera.

Rury estaba a punto de protestar de nuevo, pero Rhen se compadeció de su frustración. —Mira, elfa —dijo en voz baja, mientras Brakk cobraba la multa a Griznik—. Veo que eres unas aventurera novata. Si vas a Azmar, no te sirve de nada un mapa de papel. Necesitas una caravana que sepa dónde sí ir. —¿Una caravana? —Veo que tampoco tienes idea de que es. Ve al establo oeste. Pregunta por la caravana "Colmillo de Hierro". Son un grupo de mercaderes orcos y hombres-bestia. Salen en tres días hacia el este. Son rudos, pero no te estafarán. Ahora, vete.

Rury se fue, furiosa por la injusticia, pero con una nueva pista.

Los establos del oeste apestaban. Olían a grandes bestias de carga, no a caballos. Rury encontró la zona de "Colmillo de Hierro" fácilmente; era la más ruidosa. Vio a varios orcos de piel verde y a semi-humanos con rasgos de jabalí cargando cajas en criaturas que parecían lagartos gigantes de seis patas.

Un semi-humano alto, con rasgos de lobo o perro de caza, orejas alertas y un hocico gris, supervisaba todo con una tabla de madera. Parecía el líder. Rury se acercó.

—Busco al líder de la "Colmillo de Hierro". El hombre-lobo la miró de arriba abajo, sin interés. —Soy yo. Kael. ¿Qué quieres? —Quiero unirme a su caravana. Voy a Azmar. Kael dejó de escribir y la miró fijamente. —¿"Unirte"? —Sí. Puedo ser escolta. Soy una guerrera. Y una maga. Kael soltó un resoplido, que sonó casi como un gruñido. —¿Una qué? Mira, niña elfa, no sé qué te crees, pero esto no es un crucero de placer.

Señaló la pila de mercancías. —Uno: solo permitimos comerciantes. Tienes que tener mercancía que registrar. ¿Tienes mercancía? Rury negó con la cabeza. —Dos: ya tengo suficientes escoltas. —Señaló a dos orcos enormes afilando sus hachas—. Y son más intimidantes que tú, con tu cabello bonito. —¡Soy fuerte! —protestó Rury. —Y tres, y lo más importante: la comida está contada. Llevamos raciones exactas para tres meses de viaje. No tengo comida para una pasajera extra.

Rury se quedó sin palabras. Había sido rechazada tan rápida y completamente que no supo qué responder. —Pero... —Pero nada. Buena suerte llegando a Azmar, niña. Tengo trabajo que hacer. —Kael le dio la espalda, gritándole a un jabalí-hombre que estaba cargando mal una caja.

Rury se quedó allí, en medio del olor a estiércol y lagartos, sintiéndose completamente estúpida. Fue su primer fracaso real. Se dio la vuelta, con la cara ardiendo, y caminó de regreso al único lugar que conocía.

Cuando volvió a entrar al "Ogro Hambriento", el sol estaba empezando a bajar. El local estaba vacío. Cyra estaba detrás de la barra, limpiando la misma que había roto antes.

—Volviste pronto —dijo Cyra sin levantar la vista—. Los chismes vuelan rápido en el Puesto, niña. ¿Así que es verdad que levantaste a Griznik con un solo brazo?

Rury no respondió. Se sentó en un taburete de la barra, su mochila cayendo al suelo con un golpe sordo. —No me regresó el dinero. —Claro que no lo hizo —dijo Cyra, sonriendo—. Pero te ganaste una reputación. ¿Qué te doy? ¿Otro estofado? —Una habitación —dijo Rury en voz baja. Cyra dejó de limpiar. —¿Una habitación? —Sí. ¿Rentabas hospedaje, verdad? Necesito un lugar dónde quedarme. —Arriba. Tres cobres la noche. Pago por adelantado.




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