Las aventuras de la elfa y el caballero oscuro

Capitulo 5 - Pajaro enjaulado

Rury se despertó con el sol. El colchón de paja había sido sorprendentemente cómodo, y por primera vez en días, se sentía realmente descansada. Se vistió rápidamente y bajó las escaleras.

El "Ogro Hambriento" estaba más animado que la noche anterior. Brakk y Rhen, los guardias, ocupaban una mesa de la esquina, desayunando algo que olía a carne ahumada. Cyra estaba detrás de la barra, sirviendo una bebida humeante a un enano.

Vio a Rury y le hizo un gesto con la cabeza. —Dormiste bien, niña. Tu cara se ve menos... estresada. —Dormí bien —admitió Rury—. Gracias. —El desayuno está en la casa. Pero tendrás que esperar para nuestro... "recorrido" —dijo Cyra en voz baja—. La hora pico de la mañana es un infierno. Dame dos horas. Cuando termine mi turno, iremos a ver a mi primer contacto.

Rury asintió y se sentó a esperar, comiendo un pan denso y una salchicha de reptil que Cyra le sirvió. Observó al variopinto grupo de clientes: orcos, goblins y semi-humanos, todos haciendo sus negocios matutinos.

Dos horas después, Cyra se quitó el delantal. —Bien. Vamos. Primera parada: la solución mágica.

Cyra la llevó a una tienda oscura en un callejón, que olía a ozono e incienso. Dentro, un hombre lagarto pequeño y nervioso, con túnicas cubiertas de runas y unos lentes tan gruesos como los de Griznik, estaba ordenando cristales brillantes.

—¡Reha! —llamó Cyra. El hombre saltó, dejando caer un cristal. —¡Cyra! ¡Por los nueve infiernos, no asustes así! —Relájate, viejo amigo. Necesito un favor. Ella —dijo, señalando a Rury— necesita un viaje. A Azmar. O lo más cerca que puedas. Reha miró a Rury con ojos llorosos. —Azmar... ¿Azmar? ¡Eso es al otro lado del continente! ¡La carga de maná para un salto así es astronómica! —Ella puede pagar —mintió Cyra.

Reha suspiró y le indicó a Rury que se parara en una plataforma de piedra en el centro de la habitación. —Bien, bien. Esto dolerá, costará una fortuna, y te dejará mareada, pero... Reha comenzó a cantar. Las runas en la plataforma brillaron con una luz azul... que de repente chisporroteó y se volvió de un rojo furioso. El aire se sintió denso, pesado, como antes de una tormenta eléctrica.

¡KRAK!

Una ola de energía pura estalló desde Rury, lanzando a Reha contra la pared trasera de su tienda. Los cristales en los estantes se hicieron añicos.

—¡IMPOSIBLE! —gritó Reha, limpiándose la sangre de la nariz—. ¿¡QUÉ DEMONIOS ERES TÚ, NIÑA!? —¿Qué pasó? —preguntó Rury, conmocionada. —¡Tu maná! —exclamó Reha, poniéndose de pie—. ¡Es un océano! ¡Es un caos! ¡Es como intentar teletransportar una tormenta! ¡Mi hechizo ni siquiera pudo anclarse! ¡Simplemente... se canceló! ¡Anuló mi magia! ¡No puedo teletransportarte! ¡Nadie puede!

Salieron de la tienda, dejando a Reha barriendo cristales rotos. —Bueno —dijo Cyra, con el rostro sombrío—. Si la magia no funciona, lo haremos a la antigua.

—Bueno —dijo Cyra, con el rostro sombrío—. Si la magia no funciona, lo haremos a la antigua.

Su siguiente parada fueron los establos del este, donde un enorme granjero Minotauro llamado Throk estaba herrando a una criatura parecida a un rinoceronte, golpeando el metal con un martillo que Rury dudaba poder levantar.

—¿Alquiler? —rumió Throk, sin dejar de martillar, cuando Cyra le explicó la situación. —Una carreta, o caballos. Lo que sea más rápido para llegar a la ruta este —dijo Rury.

Throk se detuvo. Dejó el martillo y se giró lentamente. Su cabeza masiva se inclinó. —Rento caballos. Pero solo para viajes dentro de la zona segura. —Su voz era un trueno grave—. Si quieres ir al este, más allá del "Camino de la Muerte Segura"... eso no es un alquiler. Es un contrato de escolta. —¿Y cuánto cuesta ese contrato? —preguntó Rury. —Mil quinientas piezas de oro. Por adelantado.

Rury y Cyra se ahogaron. —¿¡Mil quinientas!? —exclamó Rury—. ¡Es un robo!

—Es el precio de mi vida, elfa —dijo el Minotauro con calma, cruzando sus brazos musculosos—. Y el precio de mi equipo. ¿Crees que eres la primera que quiere ir a Azmar?

—Throk, el precio es una locura —intervino Cyra—. ¿Qué ha cambiado? Sigue infestado de Gusanos de Arena y bandidos, ¿no?

—Los bandidos son la menor de mis preocupaciones —gruñó Throk—. ¿Nunca te has preguntado por qué ese camino es tan peligroso, Cyra? ¿Por qué es el único camino?

Rury miró a Cyra, confundida. —Es la política de defensa del Rey Demonio —explicó Cyra en voz baja, con un toque de amargura—. Se previene de los humanos. Para proteger Azmar, que es una ciudad costera, el Rey se asegura de que cualquier invasión por tierra sea un suicidio.

—Exactamente —confirmó Throk—. El Rey soltó cientos de bestias sin control en todas las zonas fronterizas. Gusanos de Arena, Grawlers, Escorpiones de Roca, entre otras cosas desconocidas... los puso allí como un escudo. Un escudo viviente al que no le importa si se come a un soldado humano o a un comerciante enano. —Eso es... horrible —dijo Rury—. ¡Es un daño colateral! ¡Afecta a gente como nosotros!

—¡Claro que lo es! —bramó Throk—. ¿Y sabes por qué solo hay una ruta? Porque el resto de esa tierra está sin explorar al cien por cien. Es un laberinto de cañones y desiertos movedizos. Si tomas "otra ruta", no es que te puedas perder. Es que te vas a perder. Y te va a cazar cualquier cosa que el Rey haya decidido abandonar allí.

—Pero... dijiste que había pueblos en el camino —insistió Rury, recordando la conversación con Cyra. —Los hay —dijo Throk—. Pequeños asentamientos que se aferran a la vida. Y honestamente, no tengo idea de cómo se mantienen vivos. Probablemente pagan tributos a las bestias o tienen algún trato oscuro. No me importa.

El Minotauro se inclinó hacia Rury. —Mi punto es este: mil quinientas piezas de oro es lo que cobro por guiar una carreta blindada a través del zoológico personal del Rey Demonio, rezando para no ser devorado por su política exterior. ¿Lo tomas, o lo dejas?

Cyra suspiró, sabiendo que era una batalla perdida. —Vamos, Throk. Por los viejos tiempos. ¿Ni un descuento? Throk la miró fijamente. —Cyra, por los viejos tiempos, te estoy dando un 'no' gratis en lugar de reírme en tu cara. Mi precio es firme.




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