El sol del atardecer golpeaba la polvorienta caravana "Colmillo de Hierro" mientras esta se abría paso por el inicio del "Camino de la Muerte Segura". Las seis enormes bestias-lagarto tiraban de las carretas, y los mercaderes se abanicaban, quejándose del calor. Kael, el líder hombre-lobo, trotaba al frente en su propia montura, satisfecho.
Detrás de él, dos comerciantes semi-humanos, un jabalí-hombre y un reptil, charlaban ociosamente.
—¿Viste el alboroto de la otra vez en el Puesto? —dijo el jabalí-hombre, rascándose las cerdas del cuello—. ¡Esa elfa de cabello púrpura! ¡Levantó a Griznik como si fuera un saco de papas! —¡Jaja! ¡Lo vi! —respondió el reptil, su lengua bífida probando el aire—. Y bastante bonita, si te gustan con algo más de carne. Una pena que Kael no la dejara venir. Un rostro así habría hecho el viaje más agradable.
Kael escuchó la conversación y soltó un gruñido despectivo, dándose la vuelta en su montura. —¿"Bonita"? ¿Esa elfa? Bah. —Se rio, un sonido áspero y seco—. No era más que un costal de huesos. No sirven de nada esas aventureras novatas. —Pero, jefe —dijo el jabalí-hombre—, parecía fuerte... —¡Parecía suave! —espetó Kael—. Una boca extra que alimentar. ¿Creen que es bonita? Yo vi una carga. Un berrinche andante que se quejaría de las raciones y atraería problemas. No transporto peso muerto. Tuvimos suerte de dejarla atrás. Con los aventureros que sí tenemos, este viaje será...
—¡¡CONTACTO!!
El grito vino de uno de los escoltas orcos que iba en la retaguardia. —¡Polvo al este! ¡Vienen rápido!
Kael maldijo y se subió a su montura para ver mejor. Una nube de polvo masiva se acercaba a una velocidad antinatural. De ella, emergieron docenas de ojos rojos. —¡Grawlers! —gritó Kael.
La caravana se detuvo. Los comerciantes gritaron, buscando refugio. Los aventureros y guardias contratados desenvainaron sus armas, formando un círculo defensivo alrededor de las carretas. Los dos orcos gigantes, los mismos que Kael le había mostrado a Rury, se pararon al frente, golpeando sus hachas contra sus escudos.
Kael, sin embargo, relajó su postura. Soltó una carcajada. —¿Grawlers? ¿Tanto alboroto por unos Grawlers? ¡Jajaja! ¡Parece que tendremos suerte, muchachos! ¡Una presa fácil y algo de carne extra para la noche! ¡Haganlos pedazos!
Los aventureros vitorearon, envalentonados por la confianza de su líder. Pero los Grawlers, una manada de al menos cincuenta, hicieron algo que no se suponía que debían hacer. A cien metros de distancia, se detuvieron en seco.
No atacaron de inmediato. Se quedaron allí, sus cuerpos del tamaño de caballos tensos, sus seis patas arañando el suelo. —¿Qué están haciendo? —murmuró uno de los aventureros, su confianza flaqueando.
De entre la manada, una criatura emergió. Era un Grawler, pero era diferente. Era el doble de grande que los demás, su pelaje era negro como el carbón y sus ojos brillaban con una inteligencia malévola.
El Grawler líder caminó hacia el frente y se detuvo. Y entonces, su cuerpo cambió.
Hubo un sonido repugnante de huesos rompiéndose y carne desgarrándose. Las seis patas de la bestia se doblaron en ángulos imposibles. Su espalda se arqueó y se partió, y de las heridas abiertas brotaron dos brazos adicionales... y luego dos más. Su cráneo se partió, abriéndose como una flor horrible, y de dentro surgió un nuevo rostro.
La criatura se irguió. Ya no era una bestia de seis patas.
Se alzaba sobre dos poderosas piernas que terminaban en pezuñas de obsidiana. Su piel era de un rojo profundo, cubierta de placas óseas. Cuatro brazos musculosos se flexionaban a sus costados, cada uno con garras como dagas. Era más grande que una casa, una silueta de pesadilla mientras se ocultaba el sol. Un demonio.
El silencio de la caravana fue absoluto.
—¿Qué... qué es eso? —susurró Kael, su arrogancia evaporándose como agua en el desierto.
Los dos escoltas orcos, valientes pero estúpidos, gritaron un grito de guerra y cargaron. —¡Por la Horda!
El demonio no se movió. Simplemente extendió dos de sus cuatro brazos. Agarró a cada orco por la cabeza a mitad de la carrera, levantándolos del suelo. Hubo un sonido horrible, como el de dos sandías gigantes siendo aplastadas. El demonio arrojó los cuerpos sin vida a un lado y soltó un rugido que hizo temblar el suelo. Los Grawlers "normales" aullaron en respuesta.
Kael, el hombre-lobo, estaba paralizado. Su arma se resbaló de sus manos temblorosas. El líder de la caravana, el hombre que se había burlado de la fuerza de Rury, miraba fijamente al demonio que había matado a sus mejores guerreros sin siquiera moverse.
El demonio giró su cabeza masiva. Sus ojos, brasas del infierno, se fijaron directamente en Kael.
El jefe de la caravana "Colmillo de Hierro" no pudo hacer nada más que soltar un gemido aterrorizado.
Una hora después, la escena estaba en silencio. La caravana era un matadero. Las carretas estaban volcadas y en llamas, las mercancías esparcidas por la arena manchada de sangre. Los cuerpos de los aventureros, comerciantes y bestias de carga estaban destrozados.
El demonio, ahora de nuevo en su forma de Grawler líder de seis patas, se paró sobre el cuerpo de Kael. Olfateó el aire. El rastro que había estado siguiendo, el mismo rastro de maná que su manada había detectado desde el bosque, no estaba aquí.
Se giró hacia el oeste. El olor era más fuerte allí.
El Grawler líder soltó un aullido, no de victoria, sino de caza. La manada se reunió. La masacre había terminado; la cacería real acababa de comenzar.