Rury salió del Ogro Hambriento y respiró hondo por primera vez en cuatro días. El sol de la mañana era brillante, casi doloroso. El aire del Puesto Fronterizo ya no olía a especias y polvo; ahora olía a madera quemada, a serrín y a una débil pestilencia a azufre que venía del cráter lejano.
El asentamiento no estaba en silencio. Estaba lleno de ruido. El sonido de martillos golpeando clavos, de sierras cortando madera nueva. Vio a un grupo de orcos y semi-humanos trabajando para despejar los escombros de un edificio derrumbado. Eran los ladrillos donde ella se había estrellado.
Mientras caminaba, la gente la miraba. No con la curiosidad o la burla del primer día. La miraban con asombro, y con un poco de miedo. Le abrían paso.
Supongo que crear un cráter gigante te da esa reputación, pensó Rury, sintiéndose incómoda. Se dirigía a la tienda de Reha, como Cyra le había instruido, cuando oyó que la llamaban.
—¡Señorita Rury!
Se dio la vuelta. Brakk y Rhen corrían hacia ella, o más bien, Brakk cojeaba rápidamente y Rhen trotaba a su lado.
—¡Señorita Rury, está de pie! —exclamó Brakk, su rostro de ogro iluminado con una sonrisa genuina. —¡Qué alivio! —graznó Rhen, su voz nasal llena de emoción—. ¿Cómo se encuentra? ¡Oímos que estuvo durmiendo cuatro días seguidos! ¡Estábamos preocupados!
Rury no pudo evitar sonreír. Eran tan diferentes de los guardias indiferentes que la habían recibido en la puerta. —Estoy... adolorida —admitió—. Pero viva. Gracias a ustedes. Si no me hubieran sacado de esos escombros...
—¡Ah, no fue nada! —dijo Brakk, agitando su mano buena—. ¡Teníamos que hacerlo! —¿Por qué? —preguntó Rury—. Estaban rodeados. Era peligroso. Brakk y Rhen intercambiaron una mirada, y por primera vez, Rury vio que el hombre-alce se sonrojaba.
—Bueno, verá, señorita —comenzó Rhen, rascándose el cuello—. Cuando vimos a esa... cosa... reaparecer. Y luego... cuando la vimos a usted...
—¡Pensamos que estaba loca! —interrumpió Brakk, riendo—. ¡Totalmente loca! ¡Disculpe el lenguaje, señorita, pero cargar contra un demonio de cuatro brazos con esa espadita! ¡Fue el peor movimiento táctico que he visto en mi vida!
El rostro de Rury se enrojeció de vergüenza. —Yo... yo solo vi que tenía a Cyra... —¡Exactamente! —dijo Rhen—. ¡No lo pensó! Brakk y yo estábamos... bueno, para ser honestos, estábamos listos para correr. Muertos de miedo. Habíamos visto lo que esa cosa le hizo a Throk, ¡y Throk es Throk!
—Pero entonces la vimos a usted —continuó Brakk, su voz volviéndose seria—. Una niña elfa, cubierta de polvo, que acababa de ser lanzada contra un edificio. Y aun así, se levantó y cargó para salvar a su amiga. Y Rhen y yo nos miramos y dijimos... "Si esa niña tiene las agallas para hacer eso, no podemos dejar que muera enterrada en ladrillos".
—¡Su determinación, señorita Rury! —concluyó Rhen—. ¡Nos dio valor! ¡Nos hizo recordar que éramos guardias! ¡Por eso fuimos a salvarla!
Rury se quedó atónita. Su acto más estúpido e impulsivo... ¿había sido su inspiración? —Así que... ¿mi estupidez los inspiró? —¡Jaja! ¡Exactamente! —rugió Brakk—. ¡Fue la estupidez más valiente que hemos visto!
Mientras hablaban, habían llegado a la calle principal. Rury vio la tienda de Reha, que milagrosamente seguía en pie. —Debo ir a ver a Reha —dijo Rury—. Cyra dijo que tenía algo para mí. —¡Ah, el brujo! ¡Buena idea! —dijo Rhen—. La escoltaremos hasta la puerta. Es lo menos que podemos hacer.
Caminaron el resto del trayecto, con Brakk y Rhen actuando como una guardia de honor improvisada, haciendo que Rury se sintiera, por primera vez, no como una marginada, sino como parte de algo.
Rury se despidió de Brakk y Rhen en la puerta de la tienda de Reha, agradeciéndoles de nuevo por la escolta. Ellos le hicieron un saludo torpe pero respetuoso y volvieron a sus deberes de reconstrucción.
Ella empujó la puerta de la tienda, que chirrió. El interior era un desastre, peor que antes. La explosión del teletransporte original había destrozado la mayoría de los cristales, pero ahora, el estante de libros principal se encontraba destruido, probablemente por el temblor del meteoro.
—¿Reha? ¿Estás aquí? —llamó Rury.
—¡Ahí! ¡Detrás del grimorio! ¡No te muevas, pisa con cuidado!
Reha salió de detrás de una pila de libros caídos, tosiendo polvo. Llevaba las mismas túnicas, ahora manchadas de hollín, y sus gafas estaban torcidas.
—¡Señorita Rury! ¡Estás viva! ¡Maravilloso! ¡Simplemente maravilloso! —exclamó, con una energía frenética. —Reha, yo... —comenzó Rury—. Quería darte las gracias. Por la Maldición del Umbral. Y por... salvarme la vida después. Cyra me lo contó todo.
Reha agitó la mano, desestimándolo. —¡Ah, no fue nada! ¡Bah! ¡El Umbral fue un fracaso de mi parte, aunque admito que el resultado fue espectacular! ¡La forma en que tu magia pura simplemente anuló la suya! ¡Y el meteoro! ¡Ay, el meteoro! —sus ojos brillaron con locura científica—. ¡Sublime! ¡Una catástrofe sublime! ¡La resonancia arcana fue palpable!
El brujo comenzó a caminar en círculos, olvidándose de que Rury estaba allí, perdido en sus propios pensamientos. —Estuve pensando, ¿sabes? ¡Cuatro días sin dormir! ¿Por qué un demonio de esa clase, un 'Devorador Alfa', estaría tan lejos de los yermos del este? ¿Por qué aquí? ¿Qué lo atrajo?
Rury se quedó callada, dejando que el brujo se disociara.
—¡Mi conclusión! —dijo, deteniéndose en seco—. Esas bestias, no son cazadores normales. Se vuelven más fuertes al consumir oponentes poderosos. ¡Throk en modo Avanzado, Cyra! ¡Y luego tú! ¡Fue una escalera de poder! ¡Quería consumirlos a todos! Pero, ¿qué lo atrajo aquí en primer lugar?
Reha se giró y señaló a Rury con un dedo tembloroso. —¡Tú! ¡Fuiste tú! —¿Yo? —se sorprendió Rury—. ¿Por el meteoro? —¡No, no, no! ¡Antes de eso! —dijo Reha, cada vez más agitado—. ¡La explosión! ¡Aquí! ¡Cuando intenté teletransportarte! ¡Eso no fue una simple explosión, niña! ¡Fue una liberación de maná puro! ¡Una onda de pulso que, según mis cálculos, abarcó más de mil kilómetros a la redonda! ¡Fue un faro! ¡Gritaste 'CENA GRATIS' a todo ser en este continente capaz de sentir el poder! ¡Esa bestia vino a devorarte!