Las aventuras de la elfa y el caballero oscuro

Capitulo 12 - La despedida de la heroina

Rury salió de la granja de Throk con una nueva energía. La culpa había sido reemplazada por una necesidad apremiante. El caballero de ébano. La magia humana. Todo apuntaba al sur.

Corrió. No caminó. Corrió por las calles del Puesto Fronterizo, esquivando a los trabajadores que reparaban los daños, ignorando las miradas de asombro que la gente le lanzaba.

Estrelló la puerta del local, que rebotó contra la pared con un golpe. Cyra, que estaba en la barra sirviéndole un trago a Alya, casi deja caer la botella.

—¡Rury! ¿Qué pasa? ¿Estás bien? —preguntó Cyra, su mano yendo instintivamente a donde debería estar su espada.

—¡Estoy bien! —jadeó Rury, acercándose a la barra—. ¡Mejor que bien! ¡Cyra, necesito irme! ¡Ahora! —¿Irte? —Cyra parpadeó, confundida—. ¿A Azmar? —¡No! ¡Al sur! ¡Al pueblo minero! ¡El que Throk me mencionó, el del cruce de caminos! ¡Tengo que salir ya!

Cyra la observó por un largo segundo. Vio la fatiga de Rury, pero también vio esa mirada de determinación de voluntad de hierro, la misma que tuvo antes de lanzar el meteoro. Cyra sabía que no había nada en el mundo que pudiera detenerla. La súcubo no preguntó "por qué". Simplemente asintió.

—De acuerdo. No puedes ir sola, pero el comercio, por cobarde que sea, nunca se detiene. Sígueme.

Cyra se quitó el delantal, lo arrojó sobre la barra y salió por la puerta, con Rury pisándole los talones. La llevó a la zona de carga del oeste, donde la caravana Colmillo de Hierro había partido días antes.

Ahora, el lugar estaba casi vacío, excepto por una pequeña carreta desvencijada siendo cargada por dos lagartos y a un lado un semi-humano muy bajo y corpulento, con la piel grisácea, cerdas ásperas y dos pequeños colmillos que salían de su labio inferior. Era un hombre-jabalí.

—¡Porco! —llamó Cyra.

El hombre-jabalí se sobresaltó, dejando caer una caja de nabos. —¡Ah, Cyra! ¡Me asustaste! ¡Ya casi me voy, te lo juro! —Lo sé, Porco. ¿A dónde te diriges? —¡Lejos! —dijo él, limpiándose el sudor del hocico—. ¡Voy al Puesto del Río a buscar... eh... provisiones! ¡Sí, provisiones! Un viaje largo, muy lejos de... bueno... de aquí.

Rury se adelantó, su voz ansiosa. —¿Vas al sur? ¿Tu ruta pasa por el pueblo minero? ¿El Cruce de Roca?

Porco la miró. Sus pequeños ojos se abrieron de par en par. —¡Tú! ¡Eres tú! ¡La Lanzadora de Meteoros! ¡La que nos salvó! Rury se sonrojó. —Yo... ¿pasas por el Cruce de Roca? —¡Uy, no, señorita! —dijo Porco, negando con la cabeza rápidamente—. ¡Ese lugar está a diez kilómetros al oeste de la carretera principal! ¡Una desviación peligrosa! ¡Yo sigo derecho, todo recto, lo más rápido que puedo! ¡No me desvío por nada!

La cara de Rury se hundió. Era otro callejón sin salida. Pero Porco, viendo la decepción en la heroína del pueblo, añadió apresuradamente: —¡Pero! ¡Pero! ¡Paso justo por la desviación! ¡La carretera principal te lleva hasta el cruce de caminos! ¡Te puedo dejar allí! ¡Con mucho gusto! Te ahorra dos días de caminata por el desierto. ¡Es una caminata fácil de diez kilómetros desde allí!

Una sonrisa se dibujó en el rostro de Rury. —¿Cuándo sales? —¡En tres horas! —dijo Porco, palmeando una caja—. ¡Tengo que cargar estas últimas cajas y asegurar el cargamento! ¡Regresa al mediodía!

----

Rury asintió. En tres horas volvere. Se giró hacia Cyra. "Bien. Tenemos tiempo para..." "Espera", la interrumpió Rury. "Antes de empacar. Hay un lugar más al que debo ir primero. ¿Vienes?" Cyra alzó una ceja, pero asintió.

Volvieron a la tienda de Reha. El brujo estaba tratando de reparar el estante de libros que se destruyo. "¡Señorita Rury!" dijo, sobresaltándose. "¿Qué sucede? ¿El anillo no funciona? ¿El brazalete te pica?"

"Funcionan perfectamente", dijo Rury, con una seriedad que sorprendió a Cyra. "Pero de nada sirven si no sé cómo usarlos. Reha, me diste un seguro, pero no me enseñaste a conducir. El único hechizo de ataque poderoso que sé... casi me mata. Necesito aprender a defenderme. Necesito cantos que pueda usar."

Los ojos de Reha brillaron detrás de sus gafas. "¡Ah! ¡Entiendo! ¡No solo fuerza bruta, sino control! ¡Quieres eficiencia! ¡Me encanta!"

"¿Puedes enseñarme?" preguntó Rury. "Ahora. Antes de irme."

"¿Si puedo?" Reha soltó una carcajada maníaca. "¡Por supuesto que sí! ¡Es un desperdicio criminal tener un cañón arcano y solo saber disparar meteoros! ¡No tenemos tiempo para una lección completa, pero en una hora te enseñaré lo básico! ¡Escudos, flechas de maná, ataduras! ¡Ven, siéntate! ¡El primero se llama 'Escudo Arcano Básico'!"

Dos horas después, Rury y Cyra salieron de la tienda de Reha. El brujo les gritó desde la puerta: "¡Y estudia ese grimorio que te di! ¡Ten un buen viaje! ¡Y trata de no visitarme tan seguido!"

Rury ahora tenía un pequeño libro de hechizos básicos en su mochila, el anillo en su dedo brillando con la promesa de práctica, y una comprensión mucho mejor de sus nuevos artefactos.

Volvieron al local de cyra para la última hora restante. Rury comió un estofado final, ahora con más calma, revisando mentalmente los cantos que acababa de aprender mientras empacaba las raciones y los odres de agua que Cyra le dio.

Cuando el mediodía se acercaba, Rury caminó hacia la puerta sur. Cyra la acompañó. Pero esta vez, no estaban solas. Parecía que la mitad del Puesto Fronterizo estaba allí. Mineros, comerciantes, semi-humanos y orcos, todos con vendas o cubiertos de hollín, la miraban.

Rury vio la carreta de Porco. Pero no estaba solo. —¿Rhen? ¿Brakk?

Los dos guardias estaban allí, equipados para viajar. Brakk tenía su garrote al hombro y Rhen había afilado su lanza. —¡Alya! —Rury levantó la vista cuando un chillido sonó y la semi-humana águila aterrizó en el techo de la carreta.

—¿Qué... qué están haciendo todos aquí? —preguntó Rury, confundida. —¡Jaja! —rugió Brakk—. ¿Creíste que íbamos a dejar que Porco fuera solo a buscar las provisiones para reconstruir el pueblo? —¡Somos la escolta oficial! —graznó Rhen, luciendo orgulloso—. ¡El Puesto nos necesita para traer los suministros de vuelta sanos y salvos! ¡Y tú, señorita Rury, viajarás con la mejor protección que este pueblo puede ofrecer! —¡Además! —chilló Alya— ¡Las ratas del desierto en el Puesto del Río son enormes! ¡Quiero quiero devorarlas!




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.