Las aventuras de la elfa y el caballero oscuro

Capitulo 13 - Primeros lazos

El sol se hundía en el horizonte, pintando el cielo de un naranja polvoriento cuando la carreta de Porco se detuvo. Habían estado viajando hacia el sur durante varias horas, dejando el cráter y el Puesto Fronterizo muy atrás.

—¡Aquí está bien! —anunció Porco, su voz aguda rompiendo el traqueteo de las ruedas—. Hay unas rocas grandes, buen refugio contra el viento... ¡y contra cualquier cosa con dientes!

Alya, que había estado volando en círculos por encima de ellos, aterrizó en la parte superior de la roca más alta, sus ojos de águila escudriñando el desierto que se oscurecía. Brakk y Rhen saltaron de la parte trasera de la carreta, sus huesos crujiendo.

—¡Uf! —gruñó Brakk—. Prefiero que me golpee un Minotauro a estar sentado en esa caja de madera tanto tiempo.

Rury bajó, sintiendo sus propios músculos entumecidos. Mientras Porco desenganchaba a las bestias de tiro, Brakk y Rhen se pusieron a trabajar con una eficiencia sorprendente, iniciando un pequeño fuego de campamento con yesca seca.

Pronto, el olor de la carne seca friéndose y el pan de viaje calentándose llenó el aire. Se sentaron alrededor del fuego. Porco estaba visiblemente nervioso, pero tener a Brakk, Rhen y Alya como escoltas parecía calmarlo un poco.

Brakk fue el primero en romper el silencio, después de darle un gran mordisco a un trozo de carne. —Muy bien, Señorita Meteoro... sin ofender, pero ¿qué rayos?

Rury, que estaba bebiendo de su odre, casi se atraganta. —¿Qué rayos... qué? —¡Brakk! ¡Modales! —lo regañó Rhen. —¡No, no! ¡Es una pregunta justa! —insistió el ogro, señalando a Rury con su carne—. Salvaste el pellejo de todos. Lanzas meteoros. Los duendes te estafan. Los demonios te persiguen. Cyra y Throk te tratan como a una vieja amiga. ¿Cuál es tu historia? ¿Qué hace una elfa como tú, sola, en el Puesto Fronterizo más feo del continente?

Alya bajó de su percha, claramente interesada. —¡Sí! ¡Yo también quiero saber! ¡Toda esa historia, Cyra me conto un poco de tu maldicion!

Rury miró las caras de sus compañeros. No la miraban con miedo, como la gente del pueblo. La miraban con una curiosidad genuina. Estos eran los guardias que habían arriesgado sus vidas para salvarla de los escombros. Se merecían una respuesta.

—Yo... estoy en una aventura, supongo —comenzó Rury, mirando las llamas—. Pero con el proposito de vivir una vida y conocer el mundo. Nací con... una condición. Una maldición.

Explicó lo básico. —Mi cuerpo produce demasiado maná. Más de lo que puede manejar. Es por eso que... bueno, es por eso que me veo así —dijo, la vieja inseguridad regresando por un momento—. Cuando uso magia poderosa, como el meteoro... me sobrecargo. Me hincho. Reha lo llamó un colapso de maná. Casi me mata.

—¡Vaya! —dijo Rhen—. Así que eres literalmente un cañón andante. Y el anillo que te dio Reha es el seguro. —Exacto —dijo Rury—. Mi misión... mi verdadera misión... es ir a Azmar. A la Capital del Rey Demonio. Cyra me dijo que allí, en sus bibliotecas, podría encontrar una cura. Una forma de controlarlo.

Hubo un momento de silencio mientras asimilaban la información. —Eso es... increíblemente valiente, Señorita Rury —dijo Rhen, su voz llena de un nuevo respeto—. Dejar tu hogar para enfrentar algo así, sola...

—Bueno, ¡eso explica por qué vas a Azmar! —dijo Brakk—. ¡Pero no explica esta pequeña excursión!

Rury parpadeó. —¿Qué? —Azmar está al este —dijo Brakk, señalando con el pulgar hacia la oscuridad—. Estamos yendo al sur. Cuando llegaste a Cyra ayer, estabas como poseída. "¡Tengo que ir al pueblo minero! ¡Ahora!" ¿Qué hay en el Cruce de Roca que es tan importante como para desviarte de la cura de tu vida?

Alya se inclinó, sus ojos de pájaro brillando. —¡Sí! ¿Es un tesoro? ¡Me dijeron que las minas de allí están llenas de gemas! —¡Solo hay rocas y mineros gruñones! —chilló Porco desde el fondo, temeroso de que hablaran de tesoros.

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Rury sonrió levemente. Miró el fuego. —No es un tesoro. Es... una historia.

Brakk levantó una ceja. —¿Una historia? —No estaba buscando oro —explicó Rury—. Estaba buscando al caballero.

—Ah... —Rhen asintió con seriedad—. El Caballero de Ébano. —Ese tipo sí que era impresionante —comentó Brakk, asintiendo con su enorme cabeza—. Su armadura... y la forma en que simplemente... cortó a esa cosa.

—Su comportamiento... —dijo Rury, pensativa—. Me recordó a una historia que leí en mi aldea. No teníamos muchos libros del mundo exterior, pero había uno. Un cuento de niños llamado 'El Héroe Escarabajo'.

—¿El Héroe Escarabajo? —rio Brakk—. Es ese cuento famoso. —Exacto ese mismo —explicó Rury, ignorándolo—. Con una armadura que decían parecía el caparazón de un insecto. Nadie sabía quién era. Pero la historia decía que siempre aparecía en el último segundo. Salvaba a los pueblos que estaban a punto de ser destruidos, a los que no tenían esperanza... y luego desaparecía sin decir palabra, sin aceptar pago. Cuando Cyra y Throk me contaron lo que hizo el Caballero de Ébano... y lo que ustedes mismos vieron... cómo nos salvó y se fue... me pareció similar.

Rhen, que estaba masticando un trozo de pan, se detuvo en seco. —Espera un segundo. ¿'El Héroe Escarabajo'? ¿En tu aldea aislada? Señorita Rury... ¡esa es una historia famosa aquí! ¡Es una leyenda muy conocida en todas las tierras fronterizas! ¡Todos los niños crecen con ella! Creíamos que era solo un cuento de fogata para darnos esperanza.

—Pero Throk dijo algo más —continuó Rury—. Dijo que su poder era frío. Que le recordaba... a la magia humana. Rhen dejó caer el pan. —¿Magia humana? ¿Y un acto heroico? Esas dos cosas no van juntas. —¡Exactamente! —dijo Rury—. ¡No tiene sentido! ¡Mis padres dijeron que los humanos son los villanos! Un humano salvaje nos habría matado a todos. ¡Pero este actuó como el Héroe Escarabajo del cuento!

Rhen se inclinó hacia adelante, sus ojos de alce muy abiertos, conectando las piezas. —Señorita Rury... en el cuento. El casco del Héroe. ¡Era exactamente como el suyo! ¡Con los dos cuernos! ¡Uno al frente y otro en la nuca! —¡Como un escarabajo rinoceronte! —exclamó Alya, batiendo sus alas—. ¡Lo conozco! ¡Mi abuela me contaba esa historia!




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