El traqueteo rítmico de la carreta de Porco se había convertido en un sonido casi hipnótico bajo el sol del mediodía. Rury iba sentada en la parte trasera, con las piernas colgando, pero su mente estaba en otro lugar.
Sobre su regazo tenía abierto el pequeño grimorio de cuero desgastado que Reha le había dado. Sus ojos recorrían las páginas llenas de garabatos frenéticos y diagramas de flujo de maná, absorbiendo cada palabra como si fuera agua en el desierto.
—¡Atención atrás! —el grito de Porco la sacó de su concentración.
Rury cerró el libro y miró hacia adelante. El paisaje había cambiado. Las dunas de arena suave habían dado paso a un terreno rocoso y árido. Frente a ellos, el camino principal se dividía. Una ruta ancha seguía hacia el sureste, mientras que un sendero más estrecho y pedregoso se desviaba hacia el oeste, serpenteando hacia unas montañas lejanas.
—¡El Cruce de Roca! —anunció Porco, tirando de las riendas—. Hasta aquí llega mi ruta, señorita Rury.
La carreta se detuvo en medio de la nada, levantando una nube de polvo. Rury saltó al suelo, ajustándose la mochila y asegurando el báculo a su espalda. Brakk, Rhen y Alya bajaron tras ella.
El viento soplaba fuerte en el cruce, levantando arena. Rury miró el sendero que llevaba al Pueblo Minero, y luego miró hacia atrás, en dirección al Puesto Fronterizo. Luego, miró hacia el Este, donde en algún lugar muy lejano, estaba Azmar.
Se dio cuenta de algo importante. Si encontraba lo que buscaba en el Pueblo Minero, o si el caballero ya se había ido... su camino seguiría hacia el este desde allí. Volver al norte, sería retroceder.
—Supongo que... aquí es donde nuestros caminos se separan —dijo Rury, su voz un poco más baja de lo habitual.
—Solo por unos días, ¿no? —preguntó Rhen, apoyándose en su lanza—. Iremos por los suministros y volveremos. Nos veremos en el Puesto cuando regreses.
Rury negó con la cabeza lentamente, con una sonrisa triste. —No, Rhen. No creo que vuelva al Puesto. No pronto. Los tres guardias se quedaron en silencio. —Azmar está lejos —continuó Rury—. Y el tiempo corre. Si encuentro al caballero, o si sigo su rastro... tengo que seguir avanzando. No puedo permitirme retroceder, tengo que quitarme esta curiosidad de encima antes de ir a Azmar, si el caballero resulta ser el verdadero, me gustaria que me ayudara a llegar a azmar.
Brakk se rascó la nuca, visiblemente incómodo con las despedidas. —Vaya. Así que... ¿esto es todo? —Eso parece —dijo Rury. Sintió un nudo en la garganta. Habían pasado poco tiempo juntos, pero le habían salvado la vida, y ella la de ellos. Eran sus primeros amigos de verdad.
—Bueno... —Alya saltó del borde de la carreta y, en un impulso, abrazó a Rury con sus alas emplumadas—. ¡Entonces asegúrate de encontrar esa cura! ¡Y cuando seas una maga famosa y hermosa que no explota, envíanos una carta!
Rury la abrazó de vuelta. —Lo haré.
Brakk se acercó y le tendió su mano gigantesca. Rury la estrechó; su mano desapareció en la de él. —Fuiste una buena compañera de batalla, niña. Tienes agallas. No dejes que ningún humano, caballero o demonio te quite eso. —Gracias, Brakk. Por sacarme de los escombros.
Rhen hizo una reverencia formal, como la que le harían a una noble. —Fue un honor escoltarla, Señorita Rury. Dígale a ese Caballero de Ébano que el Puesto Fronterizo le envía saludos... si es que resulta ser amistoso.
—Por favor —dijo Rury, con los ojos brillantes—, díganle a Cyra... díganle que gracias por darme un lugar cuando nadie más lo hizo.
—Se lo diremos —prometió Porco desde el asiento del conductor, sonándose la nariz con un pañuelo—. ¡Vamos, muchachos! ¡El camino es largo y las despedidas me dan hambre!
Brakk, Rhen y Alya subieron de nuevo a la carreta. Mientras Porco hacía chasquear las riendas y la carreta comenzaba a alejarse por el camino principal, los tres se quedaron en la parte trasera, saludando.
—¡Adiós, Rury! —gritó Alya. —¡Cuídate! —rugió Brakk.
Rury se quedó de pie en el cruce, devolviendo el saludo hasta que la carreta se convirtió en un punto en el horizonte y el polvo se asentó. El silencio del desierto la rodeó de nuevo. Ya no había vuelta atrás. Su red de seguridad, sus amigos, el Puesto... todo quedaba atrás.
Se giró hacia el sendero pedregoso del oeste. Ajustó la correa de su mochila, sintió el peso de su báculo y el frío del anillo en su dedo.
—Adelante —se dijo a sí misma.
Y con un paso firme, Rury comenzó a caminar hacia el Pueblo Minero, sola una vez más, pero mucho más fuerte que cuando salió de su hogar.
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Había pasado media hora de caminata. El sol estaba alto y el sendero serpenteaba entre formaciones rocosas que parecían dedos gigantes apuntando al cielo.
Rury caminaba con el grimorio abierto de nuevo, murmurando para sí misma mientras intentaba memorizar las formas. —"Visualiza la barrera, no la pared..." Bien, el escudo lo entiendo. Pero esto... —Pasó la página, frunciendo el ceño—. "¿Imbuir artefactos mediante escritura rúnica de contacto?"
Se detuvo un momento, mirando los diagramas complejos. —Genial. Simplemente genial. En la academia pasamos tres años aprendiendo a hacer que nuestro cabello brillara con magia de luz, pero nunca nos enseñaron a escribir una maldita runa de fuerza en una espada. "Es trabajo de enanos", decían los profesores. Viejos estirados...
Cerró el libro de golpe y siguió caminando, refunfuñando. —Si voy a ser una guerrera mágica, necesito aprender esto. Tal vez si...
Un sonido de rocas chocando entre sí la detuvo en seco. Frente a ella, bloqueando el estrecho sendero, una pila de piedras rojizas comenzó a moverse. Dos brazos gruesos se formaron, seguidos de una cabeza tosca sin rostro. Un Golem de Roca. No era enorme, apenas un poco más alto que ella, pero era ancho y sólido.
El golem soltó un gruñido que sonó como piedras triturándose y dio un paso pesado hacia ella.