El sendero pedregoso finalmente se niveló. Rury se detuvo, limpiándose el sudor de la frente, esperando ver las chimeneas humildes de un "pueblo minero" tal como lo había descrito Throk.
Lo que vio la dejó con la boca abierta.
No era un pueblo. Ni siquiera estaba cerca. Frente a ella, incrustada en la base de la montaña misma, se alzaba una fortaleza de metal y piedra negra. Murallas de veinte metros de altura, reforzadas con placas de acero, rodeaban una urbe que escupía humo blanco y gris desde cientos de chimeneas industriales. El sonido de martillos hidráulicos y el silbido del vapor se escuchaban incluso desde donde ella estaba.
Sobre la inmensa puerta de acero, un letrero grabado en bronce proclamaba como Ciudad Minera, El Baluarte del Crisol.
—¿Pueblo? —murmuró Rury, incrédula—. Throk y Cyra realmente necesitan actualizar sus mapas mentales. Esto es una metrópolis.
Los guardias en la puerta, armados con ballestas pesadas, apenas la miraron cuando pasó. Parecía que el tráfico de comerciantes era constante. Al entrar, Rury se sintió pequeña. No era la elegancia natural de la aldea de los elfos, ni el caos orgánico del Puesto Fronterizo. Esto era ingeniería bruta. Edificios de tres y cuatro pisos hechos de ladrillo rojo y tuberías de cobre se alzaban sobre calles pavimentadas. Engranajes gigantes giraban en las esquinas, movidos por vapor subterráneo. Era una maravilla de la tecnología que Rury no sabía que existía.
Mientras caminaba, esquivando carros llenos de mineral, su mente pragmática se activó. Si esto es una ciudad real, debe tener burocracia real. Recordó las palabras de Cyra sobre los permisos de viaje. Si quería llegar a Azmar sin ser detenida en cada frontera humana o demoníaca, necesitaba un salvoconducto. Un estatus que fuera respetado universalmente. Un Gremio de Aventureros. Si conseguía una licencia de rango, sería su pasaporte para el mundo.
Pero primero, necesitaba acero. Su cintura seguía vacía, y el recuerdo del Golem casi aplastándola estaba fresco.
El sonido rítmico de un martillo contra el metal la guio. Se detuvo frente a un local abierto que irradiaba calor. El letrero decía "Hierro y Fuego". Entró. El interior estaba lleno de armas colgadas: hachas, martillos, espadas y escudos, todos de una calidad robusta.
Detrás del mostrador, un enano de espaldas anchas y barba trenzada de color gris estaba puliendo un casco. Al escuchar la campana de la puerta, se giró con una sonrisa comercial. —¡Bienvenido a...!
Su sonrisa desapareció en el momento en que vio las orejas de Rury y su cabello púrpura. El enano frunció el ceño, sus cejas pobladas juntándose. —Una elfa. —Escupió la palabra como si fuera vinagre—. No solemos ver a los de tu tipo por aquí. Si buscas flores o arcos de madera endeble, te equivocaste de tienda, orejas largas. La florería está en el otro barrio.
Rury sintió el aguijón del racismo habitual, pero recordó su entrenamiento mental. Enojarse no le conseguiría una espada. Además, podía sentir el calor del horno y ver la calidad del acero en las paredes. Este hombre sabía lo que hacía.
Rury se inclinó en una reverencia respetuosa, ignorando el insulto. —No busco flores, maestro herrero. Busco acero. Y por lo que veo en sus paredes, no hay mejor lugar en esta ciudad para encontrarlo. Sus forjados tienen un equilibrio excelente.
El enano parpadeó, sorprendido. Esperaba una respuesta arrogante, típica de los elfos. El halago técnico lo desarmó. —Hmpf. —Gruñó, pero su postura se relajó un poco—. Tienes buen ojo, supongo. Soy gundar. ¿Qué busca una elfa en mi forja?
—Una espada —dijo Rury—. Perdí la mía en... un incidente de viaje. —Ya veo. —Gundar señaló un estante—. Esas son de aleación estándar. Buenas, duraderas.
Rury se acercó. Eran hermosas, pero cuando vio las etiquetas de precio, casi se atraganta. —Quinientas monedas de oro... Setecientas... Eran demasiado caras. Sus ahorros y lo que le dieron en el Puesto no cubrían ni la mitad de una de esas bellezas.
—¿Tiene algo más... básico? —preguntó Rury, un poco avergonzada. Gundar resopló. —Tengo acero simple al fondo. Cincuenta monedas. Cortan y no se rompen fácil, pero no esperes que corten escamas de dragón.
Rury asintió, resignada. Mientras examinaba una espada sencilla, recordó su grimorio y la lección fallida con el Golem. —Maestro Gundar... —dijo, pasando el dedo por la hoja—. Estas espadas son lisas. ¿Usted sabe... sabe cómo trabajar con runas? ¿Imbuir magia en el metal?
El enano se detuvo en seco. La miró con una nueva intensidad. —¿Runas? —Soltó una risa amarga—. Niña, estás hablando de un arte antiguo. Se limpió las manos en su delantal de cuero. —Claro que sé. Mi abuelo me enseñó. Pero nadie pide eso hoy en día. Los novatos quieren "Aleación de Titanio" o espadas hechas de colmillo de bestia. Son materiales fáciles, rápidos de forjar.
Gundar tomó un martillo y lo miró con nostalgia. —Las armas rúnicas... ah, eso es otra cosa. Son difíciles. Tardadas. Necesitas materiales conductores raros, polvo de mitril, sangre de bestia mágica... y un herrero que se deje el alma en el grabado. Pero el resultado... una espada rúnica bien hecha no se mella, y golpea con la fuerza de un hechizo. Son superiores. Pero el arte se está perdiendo por la conveniencia.
Los ojos de Rury brillaron. —Yo quiero una —dijo sin dudarlo—. Una espada rúnica. Que pueda canalizar mi magia. Gundar la miró, evaluándola. —Tienes ambición, elfa. Me gusta. Pero una personalizada así... te costará. No solo dinero. Necesitaré materiales que no tengo aquí.
Rury bajó la mirada a su bolsa de monedas casi vacía. —Entiendo. No tengo el dinero ahora.
Gundar cruzó los brazos. —Entonces haz lo que hacen todos los que llegan a "El Baluarte". Ve al Gremio. —¿El Gremio de Aventureros? —Sí. Está en el centro de la ciudad, el edificio con el escudo del dragón y el pico. Ve, regístrate. Haz tu evaluación. No te tomará más de medio día. El enano sonrió por primera vez, una sonrisa torcida bajo su barba. —Si demuestras que vales la pena y consigues los fondos... vuelve. Tal vez saque mis viejos cinceles de runas para ti, elfa.