El sonido de la campana, ¡CLANG!, apenas había terminado de vibrar en el aire cuando Gourang desapareció.
No hubo advertencia. El enorme hombre-tigre, que un segundo antes parecía una estatua de calma, se convirtió en un borrón de rayas naranjas y negras. Rury no lo vio moverse con sus ojos, lo sintió con sus instintos de supervivencia gritándole ¡MUÉVETE!
Se lanzó hacia la izquierda en un rodar desesperado. Una fracción de segundo después, el puño de Gourang se estrelló en el lugar exacto donde había estado su cabeza.
¡BOOM!
La tierra estalló hacia arriba. Rury se puso de pie a unos metros de distancia, con el corazón en la garganta, y miró hacia atrás. El puño del Monje estaba enterrado en el suelo hasta la muñeca, habiendo creado un pequeño cráter de impacto. Si me hubiera dado eso... pensó Rury, tragando saliva. No habría quedado nada de mi cara.
Gourang sacó su puño de la tierra con calma, sacudiéndose el polvo. —Lentos reflejos —gruñó—. Pero buen instinto.
Rury no esperó. Sabía que en fuerza física estaba perdida. Necesitaba control. Apretó el baculo. El anillo en su dedo brilló con una luz suave. —¡Crecimiento de Espinas!
Golpeó el suelo con el báculo. Raíces verdes y gruesas, cubiertas de espinas, brotaron de la tierra a los pies de Gourang, buscando enredarlo. Su intención era reducir su aterradora velocidad. Una de las enredaderas logró enrollarse alrededor del tobillo derecho del tigre.
—Trucos de jardín —se burló Gourang. Con un simple tirón de su pierna, la enredadera se rompió como si fuera hilo de coser podrido. Ni siquiera tuvo que usar las manos.
Pero Rury contaba con eso. La enredadera era solo una distracción. Mientras Gourang miraba hacia abajo para romper la planta, Rury ya estaba canalizando su siguiente hechizo. —¡Bola de Fuego!
Una esfera de llamas naranjas salió disparada de la punta de su báculo. No era un meteoro, pero era rápida y brillante. Impactó justo frente al rostro de Gourang antes de que pudiera volver a mirarla.
Una explosión de humo y fuego envolvió la cabeza del Maestro del Gremio. —¡Ahora! —gritó Rury.
El público en las gradas contuvo el aliento. El anillo de Rury cambió de color, de un brillo suave a un ámbar intenso. Estaba subiendo de nivel. Magia intermedia. Rury plantó los pies y canalizó maná hacia la tierra. —¡Manipulación Terrestre: Brazos de Titán!
El suelo detrás de Rury tembló y se abrió. Dos enormes brazos hechos de roca sólida y tierra compactada se alzaron, flotando sobre sus hombros como guardianes. Con un movimiento de su báculo, Rury los lanzó hacia adelante, atravesando la cortina de humo para golpear al tigre cegado.
Los brazos de tierra se precipitaron con una fuerza demoledora. Pero del humo no salió un grito de dolor. Salió un rugido.
—¡HAAA!
Una onda de choque de aire puro disipó el humo al instante. Gourang estaba allí, intacto. Ni una quemadura en su pelaje. Vio los brazos de tierra venir hacia él. No esquivó. Con una velocidad cegadora, lanzó una ráfaga de puñetazos. ¡Bam-bam-bam-bam!
Sus puños, envueltos en un aura blanca tenue (Ki), impactaron contra la magia de Rury. La roca sólida se hizo añicos. En menos de dos segundos, Gourang había reducido los "Brazos de Titán" a una lluvia de guijarros y polvo.
—Fuerza decente —dijo Gourang, sacudiéndose la tierra de los hombros—. Pero te falta enfoque.
Antes de que Rury pudiera reaccionar a la destrucción de su mejor hechizo, Gourang ya estaba sobre ella. Había cerrado la distancia en un salto. El tigre giró sobre su eje y lanzó una patada alta, dirigida a su costado. Era un golpe destinado a romper costillas.
Rury vio venir la pierna masiva. No tenía tiempo para esquivar. Su mente corrió a las páginas del grimorio que había leído en la carreta hace apenas unas horas. "Visualiza la esfera, no la pared..."
Levantó su mano izquierda, la del anillo. —¡Escudo Arcano!
Una barrera translúcida de energía azul se materializó frente a ella justo cuando la espinilla de Gourang impactaba.
¡CRACK!
El sonido fue ensordecedor. La fuerza del impacto levantó a Rury del suelo. Salió disparada hacia atrás como una muñeca de trapo, volando diez metros por el aire hasta estrellarse violentamente contra la pared de madera que delimitaba la arena.
El público gritó. —¡Se acabó! —¡La mató!
El polvo se asentó donde Rury había golpeado la pared. Lentamente, la elfa se puso de pie, sacudiéndose las astillas. Estaba despeinada, pero... ilesa. El Escudo Arcano había absorbido todo el daño físico del impacto, aunque la inercia la había mandado a volar.
—¡Uf! —Rury escupió un poco de polvo—. Gracias, Reha. Ese libro vale oro.
Gourang, desde el centro de la arena, levantó una ceja peluda. —Oh. Una barrera de maná puro. Impresionante reacción para una novata.
Rury no le dio tiempo para halagos. Aprovechando la distancia que su propio vuelo le había dado, levantó su báculo. Gourang estaba lejos. Era el momento de un ataque de precisión a distancia. El anillo brilló azul. —¡Flecha de Agua!
El proyectil líquido, afilado y presurizado, salió disparado hacia el pecho del tigre, silbando en el aire. Iba directo al blanco.
Gourang no se movió. No levantó la guardia. No intentó esquivar. Simplemente, miró el hechizo que se acercaba y, con una voz calmada y autoritaria, pronunció dos palabras.
—Anulación Mágica.
No hubo un rayo de luz, ni una explosión. Simplemente, la realidad pareció obedecerle. A medio metro de su pecho, la Flecha de Agua de Rury... dejó de existir. Se deshizo en una inofensiva neblina de vapor que desapareció antes de tocar su pelaje.